Reflexiones sobre la presencia de la Iglesia en Tierra Santa

 

"Centinelas, ¿qué hay de la noche?" (Is. 21, 11)

 

Introducción

 

  1. Cristianos en Tierra Santa, Israel, Palestina y Jordania, nosotros compartimos las esperanzas y las aspiraciones de nuestros pueblos que vive en medio de la violencia y de la desesperación. Aquí, estamos llamados a reflexionar como creyentes sobre las realidades concretas que nos toca vivir. Juntos, tenemos la responsabilidad de ser, por la palabra y la acción, testigos de la Buena Noticia; tenemos que ayudarnos a llevar nuestra vida cotidiana como los discípulos de Cristo a fin de llegar a ser un signo más visible de unidad, de paz y de caridad, en esta tierra desgarrada por la guerra y el odio.

 

  1. Yo os presento hoy, hermanos y hermanas, este documento, fruto de una reflexión común llevada a cabo con miembros de la Comisión Teológica Diocesana, diocesanos y religiosos, sobre cuestiones que atañen tanto a nuestra Iglesia local como a la Iglesia universal, vista la significación de la Iglesia de Jerusalén y de todos los acontecimientos que allí suceden hoy en día. Nuestra reflexión parte naturalmente de la enseñanza de la Iglesia católica sobre cuestiones propias que vivimos cotidianamente; y es a la luz de esta enseñanza y de nuestro contexto específico en Tierra Santa, que os dirigimos este documento, con el fin de ayudaros a discernir mejor en las dificultades de vuestra vida cotidiana. Nos hemos limitado a tratar tres puntos mayores: la violencia y el terrorismo, las relaciones con el pueblo judío en Tierra Santa, y las relaciones con los musulmanes.

 

  1. Estas cuestiones pueden interesar igualmente a nuestros hermanos y hermanas en las diversas Iglesias del mundo. Queremos compartir esta reflexión con todos y rogar juntos, pues vivimos a diario situaciones difíciles y complejas, a fin de encontrar en esta reflexión y en esta oración común la valentía de permanecer fieles a nuestra vocación en esta tierra del Señor. Como miembros de nuestras sociedades y de nuestras Iglesias, corremos constantemente el riesgo de la simplificación y de la generalización. Una oración sincera y nuestra presencia, juntos, delante de Dios, nos ayudará a tomar mejor conciencia de las perspectivas diferentes, y al mismo tiempo de la verdad para descubrir día a día en la complejidad de nuestras situaciones.

 

Violencia y Terrorismo

 

Condenación del terrorismo

  1. Nosotros hemos siempre condenado y condenamos todo acto de violencia contra los individuos y la sociedad[1]. Nosotros hemos condenado y condenamos sobre todo el terrorismo, violencia extrema y organizada, que tiene como propósito el herir y matar a inocentes con el fin de suscitar por este medio un sostén a su propia causa. En un documento precedente nosotros lo hemos dicho claramente: "El terrorismo es ilógico, irracional e inaceptable como medio para resolver un conflicto"[2]; más aun, es inmoral y es un pecado.

 

Un contexto de desesperanza

  1. Nos damos cuenta, sin embargo, con gran pena y sufrimiento, de las injusticias, de las heridas humanas, y del clima que llevan a estos actos de violencia, especialmente la ocupación. Lo hemos dicho: "En caso de terrorismo hay dos culpables: en primer lugar aquellos que ejecutan los actos, aquellos que los inspiran y apoyan, y en segundo lugar, aquellos que mantienen las situaciones de injusticia que provocan el terrorismo"[3]. Este clima de violencia no conoce límites; él no distingue entre israelí o palestino. En el seno de los dos pueblos, el sentimiento de impotencia, la frustración y la desesperanza segregan cólera y venganza y llevan a un círculo de violencia sin fin. La legítima defensa se hace ilegítima por el recurso a medios desproporcionados y esencialmente malos, bajo pretexto de procurar la seguridad y la libertad, como por ejemplo el castigo colectivo o el sostenimiento de la ocupación. La esperanza real de una paz verdadera – por la justicia, el perdón y el amor – es considerada como ilusión y optimismo fácil. Ella es reemplazada por la parálisis de un fatalismo cínico. Se erigen muros, entonces, en el país y en los corazones. Y la esperanza se encuentra reducida a un puro deseo de sobrevivir día a día. Algunos declaran que la Tierra Santa ha llegado a ser una tierra profanada.

 

Nuestra razón para esperar

  1. En esta misma Tierra, Dios dona a la humanidad Su Hijo, el Cristo, que ha derramado su sangre en el acto violento de la crucifixión. El nos ha reconciliado con Dios y ha roto los muros de hostilidad que nos separaban. Su resurrección ha vencido el odio, la violencia y la muerte. "Él es nuestra paz, el que de los dos pueblos hizo uno" (cf. Ef. 2, 13-16, Rm. 5, 10-11).

 

Pedagogía de la no-violencia

  1. Dios llama siempre a los discípulos de Jesucristo a ser una comunidad de reconciliación[4]. Instruidos por el Espíritu Santo, somos llamados a ser los portadores proféticos de la Buena Noticia de la paz a aquellos que están lejos y a aquellos que están cerca (cf. II Cor 13, 13; Ef. 2, 17; Is. 57,19), no por medio de actos violentos, sino por gestos concretos de paz, que se opongan a la cultura de la muerte y contribuyan a una cultura de la vida. Esta difícil vocación confiada por Dios a la Iglesia y a sus miembros requiere una pedagogía específica, una enseñanza progresiva de un Evangelio de no-violencia activo y creativo en nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestras acciones. Hacer la paz no es una táctica sino una manera de vivir.

 

Judíos, Judaísmo y Estado de Israel

 

Enseñanza de la Iglesia

  1. Hacemos nuestra la enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana concerniente los judíos y el judaísmo. Con toda la Iglesia, nosotros meditamos sobre las raíces de nuestra fe: en el Antiguo Testamento que nosotros compartimos con el pueblo judío, y en el Nuevo Testamento que está escrito en gran parte por judíos sobre Jesús de Nazareth[5]. Con toda la Iglesia, lamentamos las actitudes de menosprecio, los conflictos y la hostilidad que han marcado la historia de las relaciones judeo-cristianas.

 

Nuestro contexto

  1. Nosotros buscamos vivir la enseñanza de la Iglesia Católica en el mundo y a aplicarla a nuestro contexto particular[6]. A diferencia de nuestros hermanos y hermanas en Europa, nuestra historia como cristianos, en Tierra Santa, fue la historia de una comunidad minoritaria (situación compartida por los judíos de Medio Oriente) en el seno de una sociedad de predominancia musulmana.  Durante muchos siglos, nosotros no hemos sido una mayoría dominante en relación al pueblo judío, como fue el caso en Occidente.

 

  1. Nuestro contexto contemporáneo es único: somos la única Iglesia local en encontrar el pueblo judío en un Estado definido como judío y en el que los judíos son la mayoría dominante, una realidad que dura desde 1948. Además, el conflicto que continúa entre el Estado de Israel y el mundo árabe, y en particular entre los israelíes y los palestinos, significa que la identidad nacional de la gran mayoría de nuestros fieles es puesta en conflicto con la identidad nacional de la gran mayoría de los judíos.

 

  1. Nosotros estamos llamados a la unidad, a la reconciliación y al amor, al interior mismo de nuestra Iglesia local. En el seno de nuestra Iglesia, y miembros plenos de esta Iglesia, hay cristianos de expresión hebraica que son judíos o que han elegido vivir en el seno del pueblo judío[7]. Para esta comunidad, el Santo Padre acaba de nombrar un obispo auxiliar. Añadiéndose a la riqueza de la Iglesia de Jerusalén, hay también numerosos católicos de diversos países que han elegido Tierra Santa para habitar. Deseando vivir en comunión con árabes, judíos y con aquellos que han venido de las naciones, la Iglesia de Jerusalén enseña a ser un signo visible de unidad para toda la humanidad. En nuestra búsqueda constante para el diálogo con los hermanos y las hermanas judíos, nosotros debemos tener plenamente conciencia de este contexto particular.

 

La realidad

  1.  Como Iglesia, somos testimonios de la continua ocupación militar israelí de los Territorios Palestinos, y de la violencia sanguinaria entre los dos pueblos. Juntos, con todos los hombres y mujeres de paz y de buena voluntad, incluidos numerosos israelíes y palestinos, judíos, cristianos y musulmanes, estamos llamados a ser, a la vez, la voz de la verdad y una presencia que sane las heridas. La Iglesia católica por todo el mundo enseña que el diálogo con el pueblo judío es distinto de las opciones políticas del Estado de Israel. Además, "la existencia del Estado de Israel y sus opciones políticas deben ser afrontadas en una perspectiva no religiosa sino en referencia a los principios comunes de la ley internacional"[8]. La Iglesia está llamada a ser un testigo profético en nuestro contexto particular, un testigo que osa imaginar un futuro diferente, de libertad, de justicia, de seguridad, de paz y de prosperidad para los habitantes de la Tierra Santa, que es ante todo la tierra del Señor[9].

 

Perspectivas

  1. De frente a esta pesada responsabilidad y a este trabajo difícil, la Iglesia de Jerusalén lucha, informa, despliega sus esfuerzos y cuenta con todos sus fieles, árabes, judíos y fieles venidos de todas las naciones, a fin de ayudarlos a discernir la Voluntad de Dios y la vía verdadera de los discípulos de Cristo. Nosotros ya estamos comprometidos con hermanos y hermanas judíos en un diálogo basado sobre nuestro propio contexto, aquel de una tierra desgarrada por la guerra y la violencia. Nuestros fieles en Israel viven en un diálogo permanente, continuo, con sus vecinos judíos, un diálogo de vida y amistad. En los Territorios Palestinos, nuestras instituciones católicas (el seminario diocesano, la Universidad Católica de Belén, etc.) dan cursos sobre el Judaísmo y su herencia. Nuestra comisión diocesana para las relaciones con el pueblo judío es activa y nos ayuda a escuchar y a aprender más sobre los judíos y el judaísmo. Como Iglesia, nosotros osamos esperar que nuestra oración y nuestro testimonio animen y promuevan la justicia, el perdón, la reconciliación y la paz; ellos contribuyen también al diálogo fraternal que puede y debe desarrollarse entre judíos y cristianos en Tierra Santa, en su contexto específico.

 

 

Musulmanes, Islam y sociedad árabe

 

Nuestro contexto

  1. Somos realistas de frente a posibilidades de diálogo y de colaboración con nuestros hermanos y hermanas musulmanes y de frente a las dificultades de tal proyecto. La realidad concreta de la sociedad árabe cambia de país en país: aquí, hablamos de nuestra experiencia en Tierra Santa, donde, cristianos y musulmanes, hemos vivido juntos durante 1400 años. Nuestra sociedad ha conocido días fáciles y días difíciles y ella hace frente, hoy en día, a muchos desafíos importantes en una búsqueda de equilibrio, de frente a la modernidad, al pluralismo, a la democracia y a la búsqueda de la paz y de la justicia. Por otra parte, nuestra actitud, se enraíza en las enseñanzas de la Iglesia en el Concilio Vaticano II concerniente a los musulmanes[10].

 

Dos principios

  1. Dos principios regulan nuestras relaciones entre musulmanes y cristianos árabes en Tierra Santa[11]: en primer lugar, todos, cristianos y musulmanes, pertenecemos a un solo pueblo; compartimos la misma historia, la lengua, la cultura y la sociedad. En segundo lugar, cristianos árabes, nosotros somos llamados a ser los testigos de Jesucristo en nuestra sociedad árabe y musulmana, como también en la sociedad israelí judía.

 

La realidad

  1. En la vida cotidiana, no obstante que las relaciones entre cristianos y musulmanes sean en general buenas, somos plenamente conscientes de las dificultades y de los desafíos a los cuales somos confrontados: ignorancia y prejuicios recíprocos, un vacío de autoridad que produce inseguridad, una discriminación que tiende hacia la islamización de ciertos movimientos políticos, amenazando así no solamente a los cristianos sino también a numerosos musulmanes deseosos de una sociedad abierta[12]. Cuando la islamización constituye una violación de la libertad de los cristianos, nosotros tenemos que insistir sobre la necesidad de respetar nuestra identidad y nuestra libertad religiosa. Esta complejidad es a veces aprovechada con fines políticos para dividir la sociedad. Entre tanto por el diálogo y por otras iniciativas, cristianas y musulmanas, nosotros estamos llamados a colaborar para la construcción de una sociedad común basada sobre el respeto mutuo y las responsabilidades recíprocas.

 

Una pedagogía

  1. En esta situación, buscamos ayudar a nuestros fieles árabes que son la mayoría de nuestro rebaño, a integrar y a vivir la complejidad de su identidad como cristianos, como árabes y como ciudadanos, en Jordania, Palestina e Israel. El hecho que los cristianos sean poco numerosos no significa que ellos no tengan importancia y que deban dejarse llevar por el desaliento. Nosotros alentamos a todos nuestros fieles a tomar su lugar en la vida pública y a contribuir en todo ámbito a la construcción de la sociedad[13].

 

 

Conclusión

Con los musulmanes y los judíos: una vocación

 

  1. Tenemos plena conciencia de la vocación de nuestra Iglesia de Jerusalén de ser una presencia cristiana en medio de la sociedad, musulmana árabe o judía israelí. Creemos que somos llamados a ser una levadura, contribuyendo a la solución positiva de las crisis que atravesamos. Somos una voz que se eleva al interior de nuestras sociedades de las cuales compartimos la historia, el lenguaje y la cultura. Buscamos ser una presencia que promueva la reconciliación, invitando nuestros pueblos al diálogo que ayuda a la comprensión mutua y que llevará finalmente a la paz en esta tierra. "Si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos"[14].

 

  1. En la cercanía de la Navidad, os dirigimos, hermanos y hermanas, nuestros mejores deseos, a fin que esta fiesta sea un manantial de paz en vuestros corazones y en vuestros espíritus. ¡Feliz fiesta de Navidad! Durante estas fiestas, elevemos una oración a Cristo, el Mesías, el Príncipe de la paz, a fin que él haga de cada uno de nosotros un artífice de paz, que viva y comunique la paz cantada por los ángeles en el cielo de nuestra tierra. Dios es nuestro Creador y nuestro Redentor, y en el misterio de esta filiación divina que el ha realizado en nosotros, somos todos, hermanos y hermanas, llamados a practicar la justicia y a gozar de la paz verdadera que Dios da a aquellos que la buscan.

 

Jerusalén, 3 de diciembre 2003

 

 

Firmado por

            + S.B. Michel Sabbah, Patriarca Latino de Jerusalén

 

y por miembros de la Comisión Teológica Diocesana:

            + Mons. Boulos Marcuzzo, obispo auxiliar

            Frans Bouwen pb

                        Gianni Caputa sdb

                        Peter Du Brul sj

                        D. Jamal Khader

                        D. Maroun Lahham

                        Frédéric Manns ofm

                        David Neuhaus sj

                        Jean-Michel Poffet op

                        Thomas Stransky csp

 

 

 

 

 

 



[1] Cf. Sabbah, Michel (Patriarche Latin de Jerusalem), Recherche la paix et poursuis-la. Questions et réponses sur la justice et la paix en notre Terre Sainte (Septembre 1998) n. 14-19. Cf. También el discurso pronunciado por el Patriarca el 11 de septiembre 2002 en la Hebrew Union College, Jérusalem, en ocasión del premier aniversario del 11 de septiembre, Jerusalem, Bulletin du Patriarcat Latin, 4-5/8 (2002), 151-152.

[2] Demande la paix et poursuis-la, n. 15. ; la traducción de todos los textos de los documentos en francés es nuestra.

[3] Op. cit., n. 15.

[4] Cf. op. cit., Section 6 “La réconciliation, le pardon et l’amour des ennemis” n. 28-37.

[5] Cf. Sabbah, Michel (Patriarche Latin de Jérusalem), Lire et vivre la Bible aujourd’hui au pays de la Bible,  Novembre 1993.

[6] Cf. Assemblée des Ordinaires Catholiques de Terre Sainte, “Les relations avec les Juifs” dans “Relations avec les croyants des autres Religions”, Synode Diocésain des Eglises Catholiques: Plan Pastoral  Général (Février 2000), 153-157.

[7] Cf. “Nos Relations avec les Juifs,” 156.

[8] Commission du saint-siège pour les relations avec le judaîsme, Notes pour une correcte présentation des juifs et du judaïsme dans la prédication et la catéchèse de l’Eglise catholique, n. 25 (La Documentation Catholique, n. 14 – 21 juillet 1985).

[9] Cf. Sabbah, Michel (Patriarche Latin de Jérusalem), Recherche la Paix et poursuis-la: Questions et réponses sur la Justice et la Paix en notre Terre Sainte (Septembre 1998).

[10] Cf. Concile Vatican II, « Nostra Aetate – Déclaration sur la relation entre l’Eglise et les religions non-chrétiennes », n. 3.

[11] Cf. Assemblee des Ordinaires Catholiques de Terre Sainte, “Nos relations avec les Musulmans” dans  “Relations avec les croyants des autres religions”, Synode Diocésain des Eglises Catholiques: Le Plan Pastoral Général (Février  2000), 148-152.

[12] Cf. Sabbah, Michel (Patriarche Latin de Jerusalem), Priez pour la Paix de Jérusalem (Pentecôte 1990), n. 58.

[13] Cf. Assemblee des Ordinaires Catholiques de Terre Sainte, « La présence des chrétiens dans la vie publique », Synode diocésain des Eglises catholiques : Plan pastoral général (février 2000),. pp. 150-169.

[14] Pape Jean-Paul II, Exhortation apostolique post-synodale « Pastores Gregis » sur l’évêque serviteur de l’Evangile (16.10.2003), n. 67.