Reflexiones sobre la presencia de la
Iglesia en Tierra Santa
"Centinelas,
¿qué hay de la noche?" (Is. 21, 11)
Introducción
- Cristianos en Tierra
Santa, Israel, Palestina y Jordania, nosotros compartimos las esperanzas y
las aspiraciones de nuestros pueblos que vive en medio de la violencia y
de la desesperación. Aquí, estamos llamados a reflexionar como creyentes
sobre las realidades concretas que nos toca vivir. Juntos, tenemos la
responsabilidad de ser, por la palabra y la acción, testigos de la Buena Noticia;
tenemos que ayudarnos a llevar nuestra vida cotidiana como los discípulos
de Cristo a fin de llegar a ser un signo más visible de unidad, de paz y de caridad, en esta tierra desgarrada
por la guerra y el odio.
- Yo os presento hoy,
hermanos y hermanas, este documento, fruto de una reflexión común llevada
a cabo con miembros de la Comisión Teológica Diocesana, diocesanos y
religiosos, sobre cuestiones que atañen tanto a nuestra Iglesia local como
a la Iglesia universal, vista la significación de la Iglesia de Jerusalén
y de todos los acontecimientos que allí suceden hoy en día. Nuestra
reflexión parte naturalmente de la enseñanza de la Iglesia católica sobre
cuestiones propias que vivimos cotidianamente; y es a la luz de esta
enseñanza y de nuestro contexto específico en Tierra Santa, que os
dirigimos este documento, con el fin de ayudaros a discernir mejor en las
dificultades de vuestra vida cotidiana. Nos hemos limitado a tratar tres
puntos mayores: la violencia y el terrorismo, las relaciones con el pueblo
judío en Tierra Santa, y las relaciones con los musulmanes.
- Estas cuestiones pueden
interesar igualmente a nuestros hermanos y hermanas en las diversas
Iglesias del mundo. Queremos compartir esta reflexión con todos y rogar
juntos, pues vivimos a diario situaciones difíciles y complejas, a fin de
encontrar en esta reflexión y en esta oración común la valentía de
permanecer fieles a nuestra vocación en esta tierra del Señor. Como
miembros de nuestras sociedades y de nuestras Iglesias, corremos constantemente
el riesgo de la simplificación y de la generalización. Una oración sincera
y nuestra presencia, juntos, delante de Dios, nos ayudará a tomar mejor
conciencia de las perspectivas diferentes, y al mismo tiempo de la verdad
para descubrir día a día en la complejidad de nuestras situaciones.
Violencia y
Terrorismo
Condenación del terrorismo
- Nosotros hemos siempre
condenado y condenamos todo acto de violencia contra los individuos y la
sociedad.
Nosotros hemos condenado y condenamos sobre todo el terrorismo, violencia
extrema y organizada, que tiene como propósito el herir y matar a
inocentes con el fin de suscitar por este medio un sostén a su propia
causa. En un documento precedente nosotros lo hemos dicho claramente:
"El terrorismo es ilógico, irracional e inaceptable como medio para
resolver un conflicto";
más aun, es inmoral y es un pecado.
Un contexto de desesperanza
- Nos damos cuenta, sin
embargo, con gran pena y sufrimiento, de las injusticias, de las heridas
humanas, y del clima que llevan a estos actos de violencia, especialmente
la ocupación. Lo hemos dicho: "En caso de terrorismo hay dos
culpables: en primer lugar aquellos que ejecutan los actos, aquellos que
los inspiran y apoyan, y en segundo lugar, aquellos que mantienen las
situaciones de injusticia que provocan el terrorismo".
Este clima de violencia no conoce límites; él no distingue entre israelí o
palestino. En el seno de los dos pueblos, el sentimiento de impotencia, la
frustración y la desesperanza segregan cólera y venganza y llevan a un
círculo de violencia sin fin. La legítima defensa se hace ilegítima por el
recurso a medios desproporcionados y esencialmente malos, bajo pretexto de
procurar la seguridad y la libertad, como por ejemplo el castigo colectivo
o el sostenimiento de la ocupación. La esperanza real de una paz verdadera
– por la justicia, el perdón y el amor – es considerada como ilusión y
optimismo fácil. Ella es reemplazada por la parálisis de un fatalismo
cínico. Se erigen muros, entonces, en el país y en los corazones. Y la
esperanza se encuentra reducida a un puro deseo de sobrevivir día a día.
Algunos declaran que la Tierra Santa ha llegado a ser una tierra
profanada.
Nuestra razón para esperar
- En esta misma Tierra, Dios
dona a la humanidad Su Hijo, el Cristo, que ha derramado su sangre en el
acto violento de la crucifixión. El nos ha reconciliado con Dios y ha roto
los muros de hostilidad que nos separaban. Su resurrección ha vencido el
odio, la violencia y la muerte. "Él es nuestra paz, el que de los dos
pueblos hizo uno" (cf. Ef. 2, 13-16, Rm. 5, 10-11).
Pedagogía de la no-violencia
- Dios llama siempre a los
discípulos de Jesucristo a ser una comunidad de reconciliación.
Instruidos por el Espíritu Santo, somos llamados a ser los portadores
proféticos de la Buena Noticia de la paz a aquellos que están lejos y a
aquellos que están cerca (cf. II Cor 13, 13; Ef. 2, 17; Is. 57,19), no
por medio de actos violentos, sino por gestos concretos de paz, que se
opongan a la cultura de la muerte y contribuyan a una cultura de la vida.
Esta difícil vocación confiada por Dios a la Iglesia y a sus miembros
requiere una pedagogía específica, una
enseñanza progresiva de un Evangelio de no-violencia activo y creativo en
nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestras acciones. Hacer la
paz no es una táctica sino una manera de vivir.
Judíos, Judaísmo y
Estado de Israel
Enseñanza de la Iglesia
- Hacemos nuestra la
enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana concerniente los judíos y
el judaísmo. Con toda la Iglesia, nosotros meditamos sobre las raíces de
nuestra fe: en el Antiguo Testamento que nosotros compartimos con el
pueblo judío, y en el Nuevo Testamento que está escrito en gran parte por
judíos sobre Jesús de Nazareth.
Con toda la Iglesia, lamentamos las actitudes de menosprecio, los
conflictos y la hostilidad que han marcado la historia de las relaciones
judeo-cristianas.
Nuestro contexto
- Nosotros buscamos vivir la
enseñanza de la Iglesia Católica en el mundo y a aplicarla a nuestro
contexto particular.
A diferencia de nuestros hermanos y hermanas en Europa, nuestra historia
como cristianos, en Tierra Santa, fue la historia de una comunidad
minoritaria (situación compartida por los judíos de Medio Oriente) en el
seno de una sociedad de predominancia musulmana. Durante muchos siglos, nosotros no hemos sido una
mayoría dominante en relación al pueblo judío, como fue el caso en
Occidente.
- Nuestro contexto
contemporáneo es único: somos la única Iglesia local en encontrar el
pueblo judío en un Estado definido como judío y en el que los judíos son
la mayoría dominante, una realidad que dura desde 1948. Además, el
conflicto que continúa entre el Estado de Israel y el mundo árabe, y en
particular entre los israelíes y los palestinos, significa que la
identidad nacional de la gran mayoría de nuestros fieles es puesta en
conflicto con la identidad nacional de la gran mayoría de los judíos.
- Nosotros estamos llamados
a la unidad, a la reconciliación y al amor, al interior mismo de nuestra
Iglesia local. En el seno de nuestra Iglesia, y miembros plenos de esta
Iglesia, hay cristianos de expresión hebraica que son judíos o que han
elegido vivir en el seno del pueblo judío.
Para esta comunidad, el Santo Padre acaba de nombrar un obispo auxiliar.
Añadiéndose a la riqueza de la Iglesia de Jerusalén, hay también numerosos
católicos de diversos países que han elegido Tierra Santa para habitar.
Deseando vivir en comunión con árabes, judíos y con aquellos que han
venido de las naciones, la Iglesia de Jerusalén enseña a ser un signo
visible de unidad para toda la humanidad. En nuestra búsqueda constante
para el diálogo con los hermanos y las hermanas judíos, nosotros debemos tener plenamente conciencia de este
contexto particular.
La realidad
- Como Iglesia, somos testimonios de la continua ocupación
militar israelí de los Territorios Palestinos, y de la violencia
sanguinaria entre los dos pueblos. Juntos, con todos los hombres y mujeres
de paz y de buena voluntad, incluidos numerosos israelíes y palestinos,
judíos, cristianos y musulmanes, estamos llamados a ser, a la vez, la voz
de la verdad y una presencia que sane las heridas. La Iglesia católica por
todo el mundo enseña que el diálogo con el pueblo judío es distinto de las
opciones políticas del Estado de Israel. Además, "la existencia del
Estado de Israel y sus opciones políticas deben ser afrontadas en una
perspectiva no religiosa sino en referencia a los principios comunes de la
ley internacional".
La Iglesia está llamada a ser un testigo profético en nuestro contexto
particular, un testigo que osa imaginar un futuro diferente, de libertad,
de justicia, de seguridad, de paz y de prosperidad para los habitantes de
la Tierra Santa, que es ante todo la tierra del Señor.
Perspectivas
- De frente a esta pesada
responsabilidad y a este trabajo difícil, la Iglesia de Jerusalén lucha,
informa, despliega sus esfuerzos y cuenta con todos sus fieles, árabes,
judíos y fieles venidos de todas las naciones, a fin de ayudarlos a
discernir la Voluntad de Dios y la vía verdadera de los discípulos de
Cristo. Nosotros ya estamos comprometidos con hermanos y hermanas judíos
en un diálogo basado sobre nuestro propio contexto, aquel de una tierra
desgarrada por la guerra y la violencia. Nuestros fieles en Israel viven
en un diálogo permanente, continuo, con sus vecinos judíos, un diálogo de
vida y amistad. En los Territorios Palestinos, nuestras instituciones
católicas (el seminario diocesano, la Universidad Católica de Belén, etc.)
dan cursos sobre el Judaísmo y su herencia. Nuestra comisión diocesana
para las relaciones con el pueblo judío es activa y nos ayuda a escuchar y
a aprender más sobre los judíos y el judaísmo. Como Iglesia, nosotros
osamos esperar que nuestra oración y nuestro testimonio animen y promuevan
la justicia, el perdón, la reconciliación y la paz; ellos contribuyen
también al diálogo fraternal que puede y debe desarrollarse entre judíos y
cristianos en Tierra Santa, en su contexto específico.
Musulmanes, Islam y
sociedad árabe
Nuestro contexto
- Somos realistas de frente
a posibilidades de diálogo y de colaboración con nuestros hermanos y
hermanas musulmanes y de frente a las dificultades de tal proyecto. La
realidad concreta de la sociedad árabe cambia de país en país: aquí,
hablamos de nuestra experiencia en Tierra Santa, donde, cristianos y musulmanes,
hemos vivido juntos durante 1400 años. Nuestra sociedad ha conocido días
fáciles y días difíciles y ella hace frente, hoy en día, a muchos desafíos
importantes en una búsqueda de equilibrio, de frente a la modernidad, al
pluralismo, a la democracia y a la búsqueda de la paz y de la justicia.
Por otra parte, nuestra actitud, se enraíza en las enseñanzas de la
Iglesia en el Concilio Vaticano II concerniente a los musulmanes.
Dos principios
- Dos principios regulan
nuestras relaciones entre musulmanes y cristianos árabes en Tierra Santa:
en primer lugar, todos, cristianos y musulmanes, pertenecemos a un solo
pueblo; compartimos la misma historia, la lengua, la cultura y la
sociedad. En segundo lugar, cristianos árabes, nosotros somos llamados a
ser los testigos de Jesucristo en nuestra sociedad árabe y musulmana, como
también en la sociedad israelí judía.
La realidad
- En la vida cotidiana, no
obstante que las relaciones entre cristianos y musulmanes sean en general
buenas, somos plenamente conscientes de las dificultades y de los desafíos
a los cuales somos confrontados: ignorancia y prejuicios recíprocos, un
vacío de autoridad que produce inseguridad, una discriminación que tiende
hacia la islamización de ciertos movimientos políticos, amenazando así no
solamente a los cristianos sino también a numerosos musulmanes deseosos de
una sociedad abierta.
Cuando la islamización constituye una violación de la libertad de los
cristianos, nosotros tenemos que insistir sobre la necesidad de respetar
nuestra identidad y nuestra libertad religiosa. Esta complejidad es a
veces aprovechada con fines políticos para dividir la sociedad. Entre
tanto por el diálogo y por otras iniciativas, cristianas y musulmanas,
nosotros estamos llamados a colaborar para la construcción de una sociedad
común basada sobre el respeto mutuo y las responsabilidades recíprocas.
Una pedagogía
- En esta situación,
buscamos ayudar a nuestros fieles árabes que son la mayoría de nuestro
rebaño, a integrar y a vivir la complejidad de su identidad como
cristianos, como árabes y como ciudadanos, en Jordania, Palestina e
Israel. El hecho que los cristianos sean poco numerosos no significa que
ellos no tengan importancia y que deban dejarse llevar por el desaliento.
Nosotros alentamos a todos nuestros fieles a tomar su lugar en la vida
pública y a contribuir en todo ámbito a la construcción de la sociedad.
Conclusión
Con los musulmanes y
los judíos: una vocación
- Tenemos plena conciencia
de la vocación de nuestra Iglesia de Jerusalén de ser una presencia
cristiana en medio de la sociedad, musulmana árabe o judía israelí.
Creemos que somos llamados a ser una levadura, contribuyendo a la solución
positiva de las crisis que atravesamos. Somos una voz que se eleva al
interior de nuestras sociedades de las cuales compartimos la historia, el
lenguaje y la cultura. Buscamos ser una presencia que promueva la
reconciliación, invitando nuestros pueblos al diálogo que ayuda a la
comprensión mutua y que llevará finalmente a la paz en esta tierra.
"Si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni
siquiera para los llamados ricos".
- En la cercanía de la
Navidad, os dirigimos, hermanos y hermanas, nuestros mejores deseos, a fin
que esta fiesta sea un manantial de paz en vuestros corazones y en vuestros
espíritus. ¡Feliz fiesta de Navidad! Durante estas fiestas, elevemos una
oración a Cristo, el Mesías, el Príncipe de la paz, a fin que él haga de
cada uno de nosotros un artífice de paz, que viva y comunique la paz
cantada por los ángeles en el cielo de nuestra tierra. Dios es nuestro
Creador y nuestro Redentor, y en el misterio de esta filiación divina que
el ha realizado en nosotros, somos todos, hermanos y hermanas, llamados a practicar la justicia y a gozar de la paz
verdadera que Dios da a aquellos que la buscan.
Jerusalén, 3 de diciembre
2003
Firmado por
+ S.B. Michel
Sabbah, Patriarca Latino de Jerusalén
y por miembros de la Comisión Teológica
Diocesana:
+ Mons. Boulos
Marcuzzo, obispo auxiliar
Frans Bouwen pb
Gianni
Caputa sdb
Peter
Du Brul sj
D.
Jamal Khader
D.
Maroun Lahham
Frédéric Manns ofm
David
Neuhaus sj
Jean-Michel Poffet op
Thomas
Stransky csp