Beta Version

Meditación de Mons. Pizzaballa: II Domingo de Cuaresma, año A, 2020

Published: March 04 Wed, 2020

Meditación de Mons. Pizzaballa: II Domingo de Cuaresma, año A, 2020 Available in the following languages:

8 de marzo 2020

II Domingo de Cuaresma

 

La segunda etapa del camino de cuaresma nos lleva, como de ordinario, hacia un monte alto (Mt 17, 1) que la tradición identifica con el monte Tabor, donde Jesús sube junto a Juan, Santiago y Pedro.

La cima de los montes evoca inmediatamente un lugar de encuentro con Dios, lugar donde él se revela.

Y también aquí en este episodio, efectivamente Dios se revela. En este caso lo hace en un modo absolutamente nuevo. Este lugar donde Dios se revela, no es en las fuerzas de la naturaleza, no con toda su potencia,  sino en el hombre, en Jesús.

Después del pecado, el hombre no fue capaz de reflejar ni de revelar la gloria de Dios: encerrado en sí mismo, el hombre solo fue capaz de reflejarse a él mismo, sus propias obras, sus límites. Por el contrario, Jesus, participa plenamente de la vida del Padre, está lleno de Su amor, como hemos visto en el Bautismo, y es plenamente obediente a él, como lo escuchamos el domingo pasado. Jesús no tiene nada suyo, nada que no esté en relación con el Padre. Por lo que toda su humanidad está en grado de manifestar la gloria del Padre, su belleza, su vida, sin conservar nada para sí.

El Evangelista Mateo, buscando describir el aspecto de Jesús al momento de la transfiguración, indica dos elementos: el rostro y su vestimenta (Mt 17,2): podemos decir que dentro, en lo profundo de sí, Jesús posee una luz que después irradia hacia afuera, iluminando todo lo demás, Jesús posee en sí la vida, esta vida es luz (Jn 1,4).

Nos detenemos en dos aspectos.

I. El primero tiene que ver con la pregunta de Pedro, que al ver la belleza de este rostro, de estas vestiduras, desea evidentemente alargar este momento lo más posible. Y propone hacer tres tiendas, deteniéndose ahí (Mt 17,4). A estas palabras parece responder la voz del Padre: el modo de permanecer con Jesús es escuchando su voz, no tanto construyendo las tiendas, sino permaneciendo en escucha de él (Mt 17, 5)

La invitación de esta voz evoca al bautismo, donde la voz del Padre ya se había escuchado. Ahí en el Jordán, el Padre dirigió en Jesús una palabra de amor (“Este es mi Hijo muy amado, en él he puesto mis complacencias) Mt 3,17. Esta palabra había nutrido la vida del Hijo, primero, en los largos días del desierto, y después, en su recorrido misionero entre los hombres.

Ahora esta vida resplandece en el Tabor, y el Padre invita a todos a escuchar a su Hijo, que lleva en su sangre una Palabra de amor que él mismo el primer lugar ha escuchado: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo” (Mt 17,5).

El domingo pasado, en el episodio de las tentaciones, esta palabra fue sometida a prueba: el diablo había propuesto a Jesús no creer, no vivir como Hijo. Pero Jesús a diferencia de Adán, no cedió a la tentación, y permaneció en escucha de la Palabra del bautismo.

II. El segundo aspecto, tiene que ver con un episodio de Mateo puesto antes de la narración de la transfiguración. Después del primer anuncio de la pasión, Pedro reacciona en modo muy fuerte: toma a Jesús aparte (“lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».) Mt 16,22, precisamente como aparte, Jesús llevó a Santiago, Juan y a él mismo, y lo reprende por aquello que ha dicho: (¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo) Mt 16, 23. Llamando satanás a Pedro, Jesús lee en sus palabras, una tentación análoga a aquella que había tenido en el desierto, y reconoce que la voz del apóstol son palabras no según Dios, sino según los hombres.

Sobre el monte, Pedro y los apóstoles están invitados directamente por el Padre, a ponerse de nuevo en la vía del discípulo, que escucha la voz del Señor.

Y la escucha, a pesar de que esta Palabra se vuelva dura, hablando de sufrimiento, de muerte, de cruz; y la escucha teniendo delante de su mirada, el rostro y la vestimenta blancas de aquel que, donando la vida, revela en plenitud la gloria de su Padre.

+Pierbattista