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Meditación de Mons. Pizzaballa para el III Domingo de Adviento, año A

Published: December 12 Thu, 2019

15 diciembre 2019

III Domingo de Adviento, año A

En el Evangelio de este Domingo de Adviento (M t 11, 1-11) reencontramos la figura de Juan Bautista, esta vez no ya en el desierto donde invitaba a todos a la conversión y a la espera de Aquel que debía venir, sino en la cárcel, preso y forzado al silencio de Herodes Antipas (cfr. Mt 14, 3-4).

En la cárcel, Juan de entera de las obras de Jesús y se siente confundido: había anunciado la venida del Mesías que tendría que haber hecho limpieza (Mt 4,2), un Mesías de fuego que habría puesto las cosas en orden, un Mesías que todos esperaban. Pero las noticias que tiene de él no corresponden a esta imagen.

De aquí surge la pregunta que Juan manda a Jesús a través de algunos de sus discípulos: “Eres tú el que debía de venir o tenemos que esperar a otro” (Mt 11, 3). Es una pregunta vital para el Bautista. Ha gastado la vida en aquel Jesús. Probablemente sabe que de la cárcel no saldrá vivo. Con esa pregunta es como si se preguntara: ¿Eres tu aquel por el cual he gastado la vida y por el cual moriré? ¿Por qué no sucede lo que he anunciado de ti? ¿Me equivoqué en todo?

Hay algo extraño en las palabras de Jesús, que no responde directamente a la pregunta. Jesús responde a Juan lo que simplemente ya sabe y que está sucediendo a los ojos de todos: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos sanan… es la referencia clara de distintos oráculos mesiánicos de Isaías.

Tomemos como referencia el versículo 4: “Vayan y digan a Juan aquello que escuchan y ven”.

Para decir que no solo se trata de ver, sino de escuchar, es decir, comprender que aquello que está sucediendo es exactamente el cumplimiento de la Palabra que Israel escuchaba desde siglos, se trataba de comprender que finalmente las dos cosas coincidían, que aquello que los ojos veían era también aquello que los oídos habían escuchado. La promesa de Dios, su Palabra, se estaba cumpliendo.

Y esto para nosotros hoy, significa que no se ve si antes no se ha escuchado, que el ver y escuchar van siempre de la mano. Si se miran los eventos de la vida sin la Palabra que resuene en el corazón, no se entiende el sentido de lo que está aconteciendo.

Hay sin embargo una novedad en las palabras de Jesús en el citar los oráculos mesiánicos. Jesús hace una selección: toma algunas citas y deja otras, no cita los pasajes completos. Deja atrás todo aquello que habla de venganza, de castigo, mientras subraya su preferencia por los pobres, los últimos a quienes les anunciada la buena noticia. Cita por ejemplo: Is 61, 1 que habla de la liberación de los prisioneros: “a proclamar… la liberación de los prisioneros”, pero salta la segunda parte de la misma frase que habla del “día de la venganza de nuestro Dios” Is 61,2.

Esto es exactamente aquel riesgo que puede confundir, desilusionar o inclusive escandalizar a Juan. Por esto Jesús agrega al final: “Dichoso que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11,6).

Juan, como todos, debe dar  grandes pasos para recibir esta novedad. Después de haber invitado a todos a convertirse en el desierto, ahora en la cárcel lo debe hacer él. Y es la conversión más difícil, pues no se trata de confesar los pecados, cuanto de cambiar la imagen que se tiene de Dios, de recibir a un Dios distinto al que se esperaba.

Es muy fuerte el término que Jesús usa al final de su respuesta, haciendo referencia a la posibilidad de escandalizarse de él (Mt 11,6). Podemos decir que su regreso, necesariamente nos debe en algún modo escandalizar.

Existen dos tipos de escándalo.

Está el escándalo bueno de quien se sorprende por un Dios así, que se hace pequeño y pobre para llegar a los pequeños y a los pobres; un Dios que renuncia a la venganza y al poder y escoge amar a todos. Y está el escándalo de quien se cierra a esta novedad, de quien no puede aceptar a un Dios así.

Entre estos dos tipos de escándalo está el espacio de la conversión, a la cual estamos todavía hoy llamados y que abarca toda nuestra vida.

En este sentido quizás, deberían leerse nuevamente las palabras de Jesús al final del texto, cuando dice que Juan es un hombre grande, pero quien pertenece al Reino lo es mucho más (Mt 11,11). Para decir que, quien por gracia recibe el escándalo de la novedad de Cristo y se deja transformar la vida, renace a una vida nueva: no más la vida de quien simplemente ha nacido de mujer, sino la misma vida de Dios en nosotros.

+ Pierbattista