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Meditación de Mons. Pizzaballa: III Domingo del tiempo ordinario, Año A

Published: January 22 Wed, 2020

26 de enero 2020

III Domingo del tiempo ordinario, Año A

Para entrar en el pasaje del Evangelio que la liturgia nos propone, partimos de un versículo de la primera lectura. El Evangelio de hecho, inicia con una citación del libro de Isaías que nos lleva por completo a la primera lectura: Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano, como en el día de Madián.” (Is 9,3)

Se trata de un oráculo escrito para un momento extremadamente duro y dramático de la historia bíblica, cuando el Reino del Norte acabó bajo la cruda dominación Asiria. El pasaje de Isaías por su parte, hace referencia a otro momento difícil de la historia bíblica que se recuerda en el capítulo 6 de los Jueces, en el tiempo de Madián, opresor de la tribu de Israel en aquel periodo.

El evangelista nos lleva a aquellos episodios bíblicos de opresión particulares del Antiguo Testamento, para subrayar que el tiempo en el que Jesús inicia a obrar la salvación es también un tiempo de opresión, como ya se habían presentado en otros tiempos: nada nuevo. La historia del hombre parece no ser capaz de generar otra cosa distinta a esta: crímenes y violencia de generación en generación.

La llamada de Madián, puede sr útil para entender cómo Jesús entra en este tiempo difícil. El capítulo 6 del libro de los jueces narra la historia de Gedeón, llamado por Dios a salvar a su pueblo no obstante sea el más pequeño de la casa de su padre y no obstante su familia sea la más pobre de Manasés (“Gedeón le respondió: Perdón, Señor, pero ¿cómo voy a salvar yo a Israel, si mi clan es el más humilde de Manasés y yo soy el más joven en la casa de mi padre?.” Jc 6, 15). La historia continua con la narración del enfrentamiento entre los israelitas y Madián (Jc 7) donde está claro que es Dios quien salva y da la victoria y no los israelitas con la propia fuerza.

Y bien, en el pasaje del Evangelio de hoy, podemos encontrar la misma dinámica. Antes que nada Jesús inicia su ministerio con una invitación que va entendido a la luz de cuanto se ha dicho: “conviértanse” (Mt 4,17). Lo que salva de la opresión y de la violencia es la posibilidad del hombre de convertirse, de cambiar mentalidad. Y la mentalidad cambia exactamente como le fue concedido a Gedeón, llamado a convertirse de la idea de que Dios salva a través de la fuerza. Y no es así.

Dios salva a través de la pequeñez, haciéndose cercano, haciéndose prójimo, asumiendo el límite, poniéndose en la vía de la obediencia y de la mansedumbre. No con la fuerza, no respondiendo a la violencia con violencia, sino escogiendo otras vías. Por ello, Jesús puede anunciar que el Reino de Dios está cerca (Mt 4, 17).

Además, como al tiempo de Madián, Dios salva escogiendo a un hombre y escogiéndolo entre los pobres, y así es el inicio de este tiempo de salvación que Jesús viene a inaugurar.

Pasando por la orilla del lago de Galilea, Jesús ve dos parejas de hermanos atentos en su trabajo y los llama a seguirlos (Mt 4, 18-22)

La salvación de cumple así, a través del seguimiento, a través de aquella experiencia en la cual uno deja de ser el centro y el centro de gravedad de la propia vida, y deja a Otro guiar la propia existencia.

Es una cuestión de amor y de confianza.

Y así sucede para el primer pequeño grupo de pobres que aceptan esta nueva aventura, forman un primer bosquejo de una comunidad distinta, de una fraternidad nueva en la cual se está unidos no porque se han escogido mutuamente en virtud de afinidad, sino porque todos han sido elegidos por el Señor que pasó por la vida de cada uno.

Una última nota: a la invitación al seguimiento de parte de Jesús sigue una promesa.

No la promesa de una recompensa, no la promesa de una vida sin problemas.

Los haré pescadores de hombres” (Mt 4,19)

La promesa subyacente a cada llamada es que la vida del llamado se cumpla en la misión. Una vita que no se agota dentro de los horizontes estrechos de la propia historia, sino que asume horizontes universales, se casa con la historia de los hombres del propio tiempo.

Es esta la promesa a la cual Dios permanece fiel.

+Pierbattista