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Meditación de Mons. Pierbattista Pizzaballa del IV Domingo de Adviento

Published: December 19 Thu, 2019

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Meditación de Mons. Pierbattista Pizzaballa del IV Domingo de Adviento

22 de diciembre del 2019

Hemos visto el domingo pasado encontrando la figura del Bautista, que recibir al Señor pasa necesariamente por un momento difícil, una crisis. Y esto es porque para acogerlo, es necesario abrirse a una radical novedad y es necesario abrirse espacio a un Dios va más allá de nuestras expectativas, y las cumple en un modo que no coincide con lo que habríamos pensado.

La misma cosa la vemos hoy con otro personaje que guía nuestros pasos en este tiempo de Adviento: José.

También José se encuentra en una situación difícil, en la aparente imposibilidad de unir lo que está sucediendo: su amor por María por una parte, por otra, el hecho de su embarazo, además de la ley que mandaba que la adúltera debía ser condenada a muerte.

El texto expone bien este drama: por una parte José era justo (Mt 1,19) y como tal no podía estar a un lado de una mujer adúltera, pero por otra parte amaba a María y por ello no quería acusarla públicamente (Mt 1,19). Mientras José está meditando estas cosas (Mt 1,20) en sueños se aparece un ángel que le habla.

La primera cosa que parece importante notar es que José en este momento dramático hace una experiencia profunda de ser conocido, el ángel le revela sus mismos pensamientos, le muestra que su drama, dolor y fatiga son conocidos por Dios. “Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa” (Mt 1,20). Dios se ocupa antes que nada de José y de su sufrimiento, se preocupa por disolver el nudo que tiene en el corazón: “José, no temas”. Hace experiencia  de no haber sido abandonado por Dios. Sin este primer paso, no serían posibles los pasos siguientes.

La segunda cosa importante que hace el ángel es la de restituir a José como esposa a María: no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa (Mt 1,20). María no es una adúltera, es una mujer especial. María es “tu esposa” y lo es por voluntad misma de Dios, él la llama así.

José es llamado por Dios a entrar a esta historia, a asumir esta responsabilidad, esta paternidad. Ningún hombre justo lo habría hecho sin haber sido llamado por Dios. Se trata de hecho de cumplir una obra no propia, sino divina, que él dona personalmente, y lo puede hacer sólo si se es llamado.

Hay un tercer paso: el ángel revela a José  el misterio que ha envuelto a María, la obra del Espíritu Santo ha generado en él. Y así cambia radicalmente la situación, cambia la mirada de José: aquel mismo hecho que antes lo obligaba a repudiar a María (aunque fuera en secreto) ahora lo llama a recibirla, a tomarla consigo. Aquello que antes lo dividía, ahora lo une más íntimamente a ella.

A este punto José como María y el Bautista, debe tomar una decisión. Ha escuchado un mensaje asombroso, algo que supera la inteligencia y sus fuerzas, pero como es un hombre justo, escoge confiar en Dios más de lo que confía en sí mismo, en sus pensamientos y temores.

Por ello, a penas despierta, José obedece a todo lo que ha escuchado y hace posible así el cumplimiento de la obra de Dios, Su deseo por la salvación del hombre.

+ Pierbattista