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News from the Latin Patriarchate

Su Eminencia Cardenal John Patrick Foley, Gran Maestro del Orden del Santo Sepulcro
Su Excelencia Mons. Antonio Franco, Nuncio y Delegado apostólico,   
Excelencias Reverendísimas, muy queridos Mons. Selim Sayegh y Mons. Giacinto-Boulos Marcuzzo, obispos auxiliares,   
Muy Reverendo Padre Pierbattista Pizzaballa, OFM, Custodio de Tierra Santa,   
Reverendos Sacerdotes, Religiosos y Religiosas,   
Queridos Hermanos y Hermanas,   
Queridos amigos,   
   
“Mi corazón está listo” (Sal 57 (56), 8)

Estamos en esta mañana delante de la Tumba que los dos discípulos han visitado antes que nosotros la mañana de la Resurrección. Encontramos la catedral del Santo Sepulcro repleta de peregrinos, llena de incienso y de oración, pero nosotros encontramos el Sepulcro vacío, vacío del Cuerpo del Cristo resucitado, de Aquel que ha triunfado sobre la muerte, sobre la injusticia y el mal. Como el ángel lo dice a las mujeres: “No está aquí, pues ha resucitado como Él os lo había dicho. (...) Id a decirles a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y os precede a Galilea” (Mt 28, 5-7).

Con Él y por Su gracia, también nosotros resucitaremos.
Con Él y por Su gracia, nos ponemos de nuevo en marcha: cada día de la vida de esta Iglesia es una nueva partida. No nos detenemos en la debilidad, la marginación y las rupturas que vivimos, así como no nos contentamos con el nivel de madurez, de caridad, de respeto recíproco y de comunión eclesial que nuestras Iglesias ya han alcanzado, por la gloria de Dios.

En esta continua renovación reside nuestra fuerza.
Y nosotros somos fuertes. Nuestra fuerza viene directamente de Él, como nos lo ha prometido: “Vais a recibir una fuerza de lo alto” (Hechos 1, 8,).
Nuestra fuerza viene de Su presencia entre nosotros en la Eucaristía.
Nuestra fuerza viene de Su cruz vivificante y de Su Resurrección.   
Nuestra fuerza viene de Su promesa: “No tengáis miedo. Yo estoy con vosotros”, Soy Yo que he tomado la iniciativa (cf. Mt 28, 20).   
“No tengáis miedo, no os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18).
“No tengáis miedo, tened confianza, Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
Queridos hermanos, nosotros corremos el riesgo de ser crucificados con Cristo y por Cristo; pero con Él y en Él, somos la imagen radiante de la Iglesia de mañana. Cristo es la Cabeza de nuestra diócesis de Jerusalén. Hoy, el corazón de todos los cristianos del mundo mira hacia el Sepulcro vacío de donde ha surgido la Salvación. Nosotros somos los hijos de esta tierra, somos los hijos del Vía Crucis y del Gólgota, pero somos al mismo tiempo los hijos de la luz, de la alegría y de la Resurrección. Seremos la voz que anuncia la felicidad y la paz venideras; la voz que denuncia y combate la injusticia, el odio y la intriga; y la voz que empuja el grito de liberación, como eco de aquel de los Apóstoles en la mañana de Pascua: “¡El Señor ha resucitado realmente, y Él se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 43).

“Mi Dios, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, a pesar de mi pobreza” (cf. Jn 21, 17).

Somos pobres y necesitamos de Tu amor, de Tu misericordia y de Tu paciencia.   
Somos pobres y nos reconocemos como tales. También necesitamos de toda ayuda, de todo consejo, de cada ruego y de la condivisión de las responsabilidades que nos son confiadas. Señor, danos la sabiduría que le has concedido al rey Salomón, de modo que ninguna decisión importante sea tomada antes de haber escuchado a nuestros hermanos y en vistas del bien común. Señor, Tú eres nuestro sostén, en Ti somos ricos.

- Somos ricos gracias a la presencia de nuestros hermanos los obispos auxiliares, de los miembros de la Asamblea de los Ordinarios católicos de Tierra Santa, del Consejo de los Patriarcas católicos de Oriente y de los jefes religiosos de todas las otras confesiones cristianas.

- Seremos ricos si nos revestimos de la humildad y de la dulzura del Divino Niño del Pesebre, si evitamos toda búsqueda de popularidad que halagaría nuestro amor propio y si evitamos el orgullo de los escribas y la hipocresía de los fariseos.

- Seremos ricos si imitamos el silencio de Jesús en el Pesebre, Su grandeza de alma delante de aquéllos que lo acusan y lo insultan, y Su gran perdón sobre la cruz.

Señor, por la intercesión de Tu Madre, Patrona de Palestina, danos la gracia:    
- de amar como Tu amas, sin límites;    
- de perdonar como tu perdonas;    
- de servir y de dar como Tu sirves y das, y de superar así por nuestra generosidad todas las barreras sociales, políticas y confesionales para llegar a ser, por Tu gracia y con Tu sabiduría, instrumentos de cambio hacia lo mejor.
 
Concédenos que no nos olvidemos de vivir a lo largo de toda nuestra vida lo que nos has encomendado: “Amaos los unos a los otros” (Jn 15, 9) y “Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9,).

Queridos Hermanos y Hermanas, desde esta ciudad de Paz, deseamos que “la paz de Dios custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil 4, 7).   
   
+ Fouad Twal   
Patriarca Latino de Jerusalén

Santo Sepulcro, Lunes 23 de junio de 2008

 

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