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Mensaje de Cuaresma 2007

Queridos hermanos y hermanas
La gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo estén con vosotros.   
Comenzamos la Cuaresma. Con Jesús vamos al desierto de Jericó, que nos dice hoy dos cosas: en primer lugar, el desierto que rodea Jericó es todavía el mismo donde Jesús ha querido ayunar y rezar antes de llevar su misión al mundo; en segundo lugar, Jericó es una pequeña ciudad-prisión, como todas las ciudades palestinas, símbolo de la situación de conflicto que se ha convertido en nuestro medio de vida, de generación en generación y día tras día. Por una parte, en esta Cuaresma, queremos rezar y encontrar a Dios en la soledad, y por otra, queremos encontrar a los hombres, para superar el conflicto y ver la faz de Dios en todos.

En el desierto, nos libramos, por un tiempo, del peso de las preocupaciones de nuestra vida privada o pública para poder gozar de un momento de libertad interior que nos permite: ver a Dios y ver, en las profundidades de nosotros mismos, el bien o el mal que llevamos, para poder purificarnos y conocer mejor la vocación a la cual Dios nos llama en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad.

La Iglesia nos invita durante la Cuaresma a abstenernos de la comida, no con el objetivo de abstenernos de cierta comida o de toda comida, sino como medio por el cual nos ejercitamos para abstenernos de una cosa para llegar a otra mejor; y como medio para hallar nuestra libertad. Nos libramos de las presiones del cuerpo y de la materia, y de los sentimientos que nos empujan a odiar y a demoler, para poder reanimar la fuerza del espíritu que está en nosotros y que nos ayuda a vivir la vida abundante que Jesús ha venido a darnos. Vida de pruebas, es verdad, “quien quiera seguirme que lleve su cruz y me siga” (Mc 8,34), pero también, vida de un amor que la vuelve abundante: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia. Como yo os he amado, amaos los unos a los otros” (Jn 10,10; Jn 13,35).

Ayunamos para llegar a ser capaces de reconciliarnos con Dios, como nos lo dice san Pablo: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20). Y la reconciliación con Dios no puede realizarse sin la reconciliación con todos los hijos de Dios, nuestros hermanos y hermanas, amigos o enemigos.

Ayunamos para renovar la aceptación de nuestra fe con toda su fuerza liberadora y sus exigencias. Porque tener la vocación de la levadura, de la sal y de la luz, es una vocación a una vida difícil. Pero Jesús también nos dice: Si tenéis fe, podéis transportar las montañas (cf. Mt 21,21). La fe auténtica, plenamente aceptada y vivida, compensa el pequeño número, aparta el miedo, y hace al creyente, aunque esté solo en su sociedad, capaz de contribuir a la construcción común. La vocación de ser levadura en la masa en la tierra misma de Jesús, nos pide el quedarnos en esta tierra, aunque la vida en otras tierras pueda ser más cómoda. La vocación de la levadura es la vocación a vivir el mandamiento de la Caridad, a fin de perdonar, aunque reclamando todos los derechos perdidos, y de hacer de la vida un compartir de bienes y sacrificios que nos hace a todos, con todas nuestras diferencias de religión o nacionalidad, verdaderos constructores de la nueva sociedad que debe nacer en Tierra Santa para todos: judíos, drusos, musulmanes y cristianos.

Somos llamados a una vida difícil en el conflicto que dura siempre en Palestina y que tiene sus repercusiones en otros países de nuestra diócesis, Israel y Jordania: la ocupación y todo aquello que se sigue de ella, la limitación de la libertad, el muro, las barreras militares, las privaciones, los militares israelíes que, en todo momento, entran en las ciudades palestinas matando personas, llevándose prisioneros, arrancando árboles, y demoliendo casas…. Añadir a eso, la falta de visión dentro de la sociedad palestina y la falta de seguridad, explotada por algunos que se permiten violar las leyes y oprimir a sus hermanos, sobre todo aquellos que portan armas y que las emplean para oprimir y robar el dinero de los otros. Y las luchas intestinas que dudan en desaparecer… A esto se suma la no respuesta o la incapacidad de la comunidad internacional para responder a las múltiples voces de paz que parten de la región. Y los ruegos, múltiples, que se levantan por todas partes y que perseveran en este tiempo de prueba: en ellos y en cada persona de buena voluntad, ponemos nuestra esperanza

De frente a todo ello, la Cuaresma recuerda al cristiano que esta situación puede ser una situación de muerte o de vida nueva y que él es llamado a convertirla en una situación de vida nueva. Así nuestro ayuno tiene por objetivos: ante todo, el de meditar y buscar la voluntad de Dios y su Providencia en las pruebas que vivimos. En segundo lugar, el renovar nuestro amor de unos por otros: añadiendo el peso de las preocupaciones de nuestros hermanos a nuestras mismas preocupaciones, Dios se hace presente entre nosotros, según la palabra de Jesús: “Cuando dos o tres están reunidos en mi Nombre, yo estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Nos convertimos así en tres para llevar nuestras preocupaciones, nosotros, nuestro hermano y Dios. Con eso, nos volvemos más fuertes y el peso será más ligero. En tercer lugar, con la presencia de Dios entre nosotros llegaremos a ver el sentido de los acontecimientos que vivimos, veremos cómo convertir las pruebas y las opresiones en amor de los unos para con los otros, y como consecuencia de ello en un plus de fuerza y más unidad para una verdadera resistencia que tiene por objetivo no de demoler al adversario o de llenar nuestros corazones de rencor contra él, sino de poner fin al mal de la ocupación, con todas sus opresiones, y empezar así una vida nueva para todos, ocupados y ocupantes.

Hermanos y hermanas, pido a Dios para vosotros toda gracia y bendición. Que vuestro ayuno sea aceptado y bendecido. Y que sea un manantial de renovación del espíritu en vosotros. Pido a Dios Altísimo de daros la gracia de amar la vida a pesar de las circunstancias duras en las que os ha enviado para construir una vida nueva y una sociedad nueva para todos. Amén.

+ Michel Sabbah, Patriarca
   
Jerusalén, 21 de febrero de 2007, Miércoles de Ceniza

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