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Misa de acción de gracias en Getsemaní
Sábado 21 de junio de 2008

Beatitud, Mons. Fouad Twal,   
Eminencia, Card. John Patrick Foley, Gran Maestro del Orden del Santo Sepulcro    
Excelencia, Mons. Antonio Franco, Nuncio y Delegado Apostólico   
Rvdo. Padre Pier Battista Pizzaballa, ofm, Custodio de Tierra Santa   
Hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas   
Hermanos y hermanas   
   
Celebramos esta tarde, en este lugar santo, una misa de acción de gracias por todos los dones que el Señor nos ha concedido con toda la Iglesia de Jerusalén, durante estos veinte años transcurridos. Mi ruego y el vuestro, esta tarde, se extiende al pasado y al futuro, por mí mismo y por mi sucesor, S.B. el Patriarca Fouad Twal que toma hoy en mano su responsabilidad como Pastor de la Iglesia de Jerusalén. Con sus hermanos, los Patriarcas y los obispos, jefes de las comunidades en Jerusalén, el sigue la marcha en el advenir de Dios por esta ciudad santa. La sucesión patriarcal, o su nominación como Patriarca Latino de Jerusalén, ha sido publicada oficialmente hoy a mediodía en Roma.

Saludo y felicito a mi hermano S.B. Patriarca Fouad Twal. Saludo a mis hermanos los obispos y a todos vosotros, queridos fieles, sacerdotes, religiosos y religiosas que han querido participar en nuestra acción de gracia esta tarde.
    
Saludo a todos nuestros huéspedes, S.E.R. el Nuncio y Delegado Apostólico, Mons. Antonio Franco. Al Rvdo. Padre Pier Battista Pizzaballa, ofm, Custodio de Tierra Santa.

A los representantes de las Iglesias de Jerusalén, católicos, ortodoxos y protestantes: con vosotros, hermanos, jefes de las Iglesias en Jerusalén, damos gracias a Dios, por el camino que nos ha permitido y hecho capaces de recorrer juntos, durante estos años pasados, en la colaboración y el amor fraterno.    

Saludo al cuerpo consular y le agradezco por su colaboración con todas las Iglesias de Jerusalén y por su fidelidad a su misión de paz, de justicia y de reconciliación en esta ciudad santa.

Agradezco a nuestros huéspedes de ultramar, en particular, los representantes del Orden del Santo Sepulcro, Su Eminencia el cardenal John Patrick Foley, Gran Maestro del Orden, y con él a todas las autoridades del Orden aquí presentes y en los diferentes países del mundo.

Saludo a los representantes de las autoridades políticas que han venido a rogar con nosotros. Rogamos por todas nuestras autoridades políticas, en Israel, Palestina y Jordania y en la isla de Chipre, parte también de nuestra diócesis, y que también tiene un conflicto político a solucionar. Rogamos por nuestros jefes políticos y le pedimos a Dios de ponerlos sobre las verdaderas sendas de la justicia, de la paz y de la reconciliación. Nuestros puntos de vista, de la Iglesia y de los Estados, no son siempre los mismos sobre ciertas posiciones y en cuánto a la persona humana, víctima de estas posiciones. Pero nuestro ruego y nuestro amor son los mismos para cada persona humana y para todos los responsables. Y, como dice el Salmista, “Dios es el juez de los pueblos” (Sal 7, 9).

En nuestra oración ponemos las preocupaciones, las alegrías, las esperas y los sufrimientos de todos los habitantes de esta tierra, judíos, musulmanes, drusos y cristianos. Ponemos en nuestra oración las llagas sangrantes de los dos pueblos, el ocupante y el ocupado, el israelí y el palestino. Para todos pedimos a Dios el concederles sabiduría y fortaleza a fin de vencer el mal de la ocupación y el mal del miedo que paraliza la marcha hacia la paz. Por esto también nosotros rogamos aquí, en este lugar santo, dónde Jesús ha rogado la víspera de su muerte, cuando el iba a dar su vida por todos. Para todos, pedimos a Dios, la vida abundante que Él ha venido a traer sobre tierra.    

2. Este lugar santo, el huerto de los Olivos en Getsemaní, es el lugar apropiado para mí, para dar gracias a Dios y para volver a poner después de 20 años la misión entre Sus manos. Y, también, para mi sucesor, para tomar esta misión en mano sobre esta roca, testigo de la oración y de la agonía de Jesús, antes que él también hubiera cumplido su misión sobre esta tierra. Aquí, nosotros recordamos que toda misión que nos es confiada es una acción realizada para Él y no un proyecto humano que pertenece a alguno de nosotros. Aquí, Jesús ha rogado y ha aceptado ofrecer su vida por nuestra salvación y por la de la Humanidad, a fin de concedernos por su Resurrección la alegría de vivir en toda circunstancia, fácil o difícil. En Getsemaní, esta tarde, con Jesús, nosotros rezamos. Con él, hemos llevado, y nuestro sucesor seguirá llevando, las preocupaciones de cada uno de nuestros hermanos y hermanas, de cada religión y de cada nacionalidad, al mismo tiempo en que la responsabilidad de la paz, de la justicia, del perdón y de la reconciliación en esta Tierra Santa, hace de nuestra fe una senda hacia la paz, más allá de las barreras de las religiones, de las sensibilidades y de las querellas humanas.  
  
3. La acción del cristiano en este país y su oración es un ruego a ejemplo de Jesús que ha aceptado dar su vida por sus hermanos. El don de la vida es una senda ardua y difícil. Es la senda estrecha de la que ha hablado el Señor Jesús cuando ha dicho: “Entrad por la puerta estrecha…Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida" (Mt 7, 13 y 14). Así los cristianos y sus pastores se vuelven testigos auténticos de Jesús, de aquello que Él ha hecho y enseñado en esta tierra.   

A los fieles laicos de este país, a los cristianos presentes en todas las partes de nuestra diócesis, en Palestina y en Jordania, en la comunidad de expresión Hebrea y en Chipre, recuerdo el ejemplo de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, como la describe el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles, a la fracción del pan y a la comunión fraterna…y tenían un solo corazón y una sola  alma" (Hechos 2, 42 y 4, 32). Nuestras comunidades, en nuestras parroquias como la primera comunidad de Jerusalén, tienen que entenderse y vivir como cristianos, es decir, ser una Iglesia que lee la Escritura, que se reúne para la Fracción del Pan en el Misterio del Eucaristía y que vive según el mandamiento del amor en todos sus aspectos. Esto es, en primer lugar, en el ver la imagen de Dios en toda persona humana, en segundo lugar, en perdonar todo teniendo, no obstante, la capacidad de reclamar nuestros derechos que Dios nos ha concedido y, finalmente, en vivir la comunión, llevando nuestras preocupaciones,  los unos las preocupaciones de los otros, y tratando de crecer juntos en los bienes espirituales y materiales.

Nuestros cristianos tienen que librarse de todo complejo de debilidad o de miedo, bien sea a causa del pequeño número o por cualquier otra razón. Pues, nosotros siempre vivimos en las mismas condiciones en las que Jesús ha vivido, aquí, así como la primera Iglesia de Jerusalén, hace 2000 años. Y lo que Él les dijo a sus discípulos, hace 2000 años, todavía nos lo dice hoy: “no tengáis miedo pequeño rebaño" (Lc 12, 32). El cristiano no tiene derecho a sentirse débil o a comportarse como tal cuando Dios llena la tierra de Su presencia. Su fuerza consiste en entrar en el misterio de Dios y en el de su Providencia y en el de la vocación que ha dado a esta tierra con todos los que la habitan. Así, llegando a ser parte de este misterio, encontraremos la vida abundante. Y nuestra guía en las tinieblas del misterio será nuestra fe en la palabra de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

La senda es difícil. Y nosotros estamos llamados a vivir una vida difícil. He aquí nuestra vocación. Pero eso no quiere decir que estamos llamados a someternos al fatalismo del mal que nos cierne. Y no quiere decir que tenemos que abandonarnos al mal y a la opresión de los hombres. Por el contrario, fuertes por la presencia de Dios en su Creación, fuertes por el mandamiento del amor, bien comprendido y vivido por nosotros, hacemos frente y resistimos hasta que la vida reencuentre la justicia y llegue a ser abundante para nosotros y para todos. Se trata de realizar un esfuerzo humano de nuestra parte. Pero un esfuerzo sostenido por el espíritu de Dios: “Todos los que son animados por el espíritu de Dios -dice San Pablo- son hijos de Dios” (Rm 8, 14). Y añade: “Sabemos que todo coopera para el bien de aquellos que aman a Dios” (Rm 8, 28). Es ponernos en una visión que es una invitación a obrar con Dios, a fin de llegar a ser capaces de enderezar una situación inhumana que nosotros vivimos y que no es de Dios.

Así miramos hacia el futuro que no es sólo una cuestión de supervivencia. Una vida cristiana puede sobrevivir, por la fuerza de la costumbre o las tradiciones. Pero ella no es sólo una tradición o un patrimonio. Es una vida que crece, que se desarrollada,  se fortifica y prospera. No se trata solamente de sobrevivir, sino de renovarse si misma, en la fe, a cada instante, y de renovar la faz de la tierra. Eso, los hacemos con Dios nuestro Creador y nuestro Redentor. Él “envía su Espíritu y por él renueva la faz de la tierra” (Sal 104,30).

4. Os agradezco, queridos fieles, sacerdotes, religiosos y religiosas por vuestros ruegos y vuestra fe durante estos veinte años pasados. Renuevo mi agradecimiento a nuestros huéspedes. Pido a Dios que os bendiga. Con mi bendición final al final de esta Misa, aquí sobre esta roca de Getsemaní, entrego la misión a mi sucesor, S.B. el Patriarca Fouad Twal. Le deseo, con todos vosotros, una larga vida, una misión bien colmada y la fuerza del espíritu que lo sostenga y que vivifica toda la diócesis y toda la sociedad. Me encomiendo y lo encomiendo a vuestros ruegos y a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, que encontramos, después de la oración de Jesús aquí en Getsemaní, de pie junto a la Cruz, en el Calvario. Amén.

+ Michel Sabbah, Patriarca

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