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Carta Pastoral
de Su Beatitud Patriarca Michel Sabbah
Patriarca Latino de Jerusalén  

“El momento de mi partida ha llegado…
he acabado mi carrera, he conservado la fe”

(2 Tm 4,7) 

1 de marzo de 2008

INTRODUCCIÓN

A mis hermanos Obispos, a los sacerdotes,
a los religiosos y religiosas, a los diáconos,
y a todos los amados fieles

 

“A vosotros, gracia y paz, de parte Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Co 1,3).

Os dirijo esta carta, acercándome al final de mi ministerio patriarcal, y acercándonos juntos a la Pascua. La Cuaresma siempre es una oportunidad de renovación y de regreso a Dios y la Pascua nos invita a morir en Cristo para revivir en Él. Os deseo a todos vosotros una Cuaresma de gracias y de vida nueva, delante de Dios, por vuestro bien y por el bien de todos aquellos a quienes servís. Os deseo una Pascua que haga de cada uno de vosotros “un hombre nuevo”, redimido y reconciliado con Dios y con los hombres.
Os dirijo esta última Carta Pastoral para dar gracias a Dios y expresar mi gratitud a todos vosotros. Quisiera también esbozar en esta carta los rasgos principales de la vida del creyente en esta Tierra Santa, en la diócesis y en toda la sociedad.
El 19 de marzo de 2008, llego a los 75 años de edad, la edad del retiro, según la tradición de la Iglesia. Yo vuelvo a poner mi misión entre las manos del Santo Padre que me la confió hace 20 años, con un sentimiento de gratitud por la confianza que me ha sido dada. Agradezco al Señor por todas las gracias que siempre me ha concedido durante de mi ministerio como patriarca y como sacerdote. Como San Pablo puedo decir: “El momento de mi partida ha llegado… he acabado mi carrera, he conservado la fe” (2 Tm 4,7), aunque mi carrera no esté todavía completamente acabada, y que el final quede en el tiempo de Dios. Retirándome, me libero de las responsabilidades administrativas, pero continúo mi ruego y mi marcha en el misterio de Dios en esta tierra santa. Seguiré acompañando los sufrimientos y las esperanzas de los hombres y las mujeres de esta tierra, de todos los creyentes de todas las religiones, que la habitan.
Doy gracias al Señor por cada persona humana que he encontrado durante este tiempo, de esta Tierra Santa o proviniendo de numerosas Iglesias del mundo. Porque la Iglesia de Jerusalén es la Iglesia madre; porque es pequeña y presa de dificultades, y porque Ella está siempre sobre la Cruz. Innumerable fue el número de los mensajes y de los peregrinos de todas las Iglesias, y en primer lugar, de la Iglesia de Roma y del Santo Padre, que han expresado en numerosas circunstancias su amor, su solidaridad y sus posturas constantes en relación de esta tierra, de sus Iglesias y de sus dos pueblos. La peregrinación del Papa Juan Pablo II en el año 2000 fue entre nosotros la coronación de la presencia de las Iglesias Católicas entre nosotros. Esperamos que la próxima peregrinación de Su Santidad el Papa Benedicto XVI renueve la esperanza de esta tierra y dé a las Iglesias, a todos los creyentes de todas las religiones, y traiga a los jefes políticos de esta tierra, una nueva visión de perdón, de justicia, de reconciliación y de paz. Numerosas también fueron las delegaciones y las peregrinaciones ecuménicas de diferentes países, ante todo, la del Consejo Mundial de las Iglesias: ellas vinieron a informarse de nuestras noticias, a escucharnos, y, por su fe y su amor, robustecer nuestra fe.
Desde 1998, una reunión anual sostenida durante el mes de enero, ha congregado los Presidentes de las Conferencias Episcopales en el mundo o sus representantes, con el consentimiento de la Santa Sede, a fin de rogar y de reflexionar, en la ciudad de Jerusalén con toda la Iglesia de Jerusalén, sobre todos los aspectos de la vida de nuestra Iglesia, pastoral, política y social. A todos quisiera expresar hoy mi gratitud.

I
Un mirada sobre mi ministerio patriarcal

Gratitud

1.         Agradezco a todos aquellos y aquellas que se han dedicado al servicio de la diócesis; en primer lugar a los Nuncios Apostólicos y a los Delegados Apostólicos, representantes del Santo Padre, al Obispo Coadjutor, a los Obispos Auxiliares y a los Vicarios Generales: en Jerusalén, en Palestina, en Jordania, en Israel, junto a la Comunidad de expresión Hebraica y en Chipre. Agradezco a todos los sacerdotes y a los empleados que me han prestado una ayuda directa en los diferentes oficios de la curia. Agradezco a los sacerdotes, cada uno en su fidelidad y entrega por su parroquia. Juntos nos hemos esforzado por trabajar en la viña del Señor que la Iglesia nos ha confiado.
Agradezco especialmente al grupo de sacerdotes del Patriarcado y de las diferentes Congregaciones religiosas que han permanecido fieles, durante 20 años, a los encuentros de la Comisión teológica, para acompañar con su ruego y su reflexión, los acontecimientos de la vida pública en esta tierra, y han contribuido a definir la posición de la Iglesia, sobre todo en relación al conflicto entre israelíes y palestinos que no cesa de marcar la vida de la diócesis en Israel, Palestina y Jordania. Con esta Comisión, he podido escribir mis cartas pastorales. Les agradezco y le pido a Dios que los recompense.
Saludo a todos los fieles de cada parte de la diócesis. Les agradezco por su ruego y su amor, durante el tiempo de mi ministerio. Para todos, suplico gracias abundantes del Señor. Saludo a la comunidad de expresión hebrea. La acompaño con mis oraciones y le deseo el crecimiento en la fe que Dios quiere para ella, a fin de ser testigo de Jesús en su sociedad israelí, y a fin de ser, junto con toda la Iglesia de Tierra Santa, en el conflicto político que la desgarra, un agente de reconciliación basado sobre el perdón, la justicia, la paz y la igualdad entre todos.

Al servicio de la Iglesia universal
2.         Agradezco a todos aquellos y aquellas que han podido efectuar, en la Iglesia de Jerusalén y en Su nombre, el ministerio debido a la Iglesia universal: las Escuelas Bíblicas, los Centros de formación permanente, así como los Seminarios que, junto a nuestro propio seminario patriarcal diocesano, han formado aquí sacerdotes para la Iglesia universal, y para la Iglesia local.
La acogida de los peregrinos de las Iglesias del mundo es también un ministerio importante que llena un gran número de casas religiosas. Es un ministerio que hay que desarrollar, para que la peregrinación sea al mismo tiempo un camino de santificación para el peregrino que entra en contacto con el misterio divino que conservan los Lugares Santos, y también una toma de conciencia para el peregrino de la presencia humana en todo el país, de cada religión, y sobre todo de la presencia y de la vida de la comunidad cristiana que ciñe los Lugares Santos con su fe viva.

La Custodia de Tierra Santa
3.         Entre la presencia religiosa, aquella de la Custodia de Tierra Santa es la más larga en historia y la más meritoria. Los religiosos franciscanos han permanecido en esta tierra desde el siglo XIII con sus ruegos y su martirio cotidiano. Han custodiado los Lugares Santos, y han acogido a los peregrinos a lo largo de los siglos. En 1342 la Santa Sede les ha confiado esta carga de un modo formal. Ellos, desde el inicio, han servido a la población local, han creado parroquias y abierto escuelas que existen hasta hoy. No podemos sino agradecerles y reconocer el bien que han hecho a los hombres y mujeres de este país, de toda religión, en sus santuarios, en las iglesias parroquiales, en las escuelas y en sus obras sociales. Hay también, junto al inmenso bien que existe, una necesidad de renovación, para una mejor inserción en la diócesis y para un diálogo que queda por realizar con la diócesis, para una mejor “encarnación” en la Iglesia de Dios que ellos sirven.

Los religiosos y las religiosas
4.         Agradezco a los religiosos y a las religiosas. Su presencia en nuestra diócesis tiene un rol importante. Algunos están inseridos directamente en la parroquia, en la acción pastoral, en las escuelas o en las obras sociales. Otros, por su vocación, están al servicio de la Iglesia universal, como ya dije más arriba, en las Escuelas Bíblicas de Jerusalén de fama mundial, en los centros de formación permanente, y en la acogida y el acompañamiento de los peregrinos que provienen de todas las Iglesias. Sin embargo, con la vocación universal de todas estas instituciones, una parte de su riqueza espiritual e intelectual tiene un aspecto local y aprovecha a todas las diócesis de la Iglesia de Jerusalén.
Los monasterios contemplativos de hombres o de mujeres son una bendición para las diócesis y para el país. Son lugares de profunda oración. Ellos tienen que llegar a ser, cada vez más, lugares de formación a la oración, una oración que profundiza y refuerza la fe de los fieles y les enseña a servir mejor y a ser más fieles a su sociedad.

La Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén
5.         Agradezco a la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, al Gran Maestro, al Gobernador General y todos los Lugartenientes que he conocido durante estos veinte años pasados, por su amor y por su sostén al Patriarcado, a su clero, a todas sus obras y a sus fieles. El Papa Pío IX quiso renovar esta Orden con el restablecimiento del Patriarcado en Jerusalén, para que fuera el sostén espiritual y material de la nueva diócesis. Confió la reorganización al primer Patriarca, José Valerga, en el 1848. Desde entonces, la Orden no ha cesado de cumplir su misión junto al Patriarcado, de generación en generación, hasta hoy. Agradezco a todos los miembros y a los responsables de la Orden y suplico para ellos la gracia y la bendición de Dios.

La Vida Pastoral
6.         El trabajo pastoral en nuestra diócesis está marcado sobre todo por los Lugares Santos y el Evangelio que allí ha sido revelado y escrito. Nuestra catequesis es, al mismo tiempo, continuación y redescubierto cotidiano del Evangelio. Tenemos la gracia de vivir alrededor de los Lugares Santos y de ser allí peregrinos permanentes. Hacer redescubrir cada día el Evangelio que hemos recibido y amoldar nuestra vida según las enseñanzas de Jesús, he aquí la evangelización que llevan los sacerdotes, los religiosos y las religiosas en esta tierra. Es cierto que en nuestros países y en nuestras parroquias todos son creyentes. Todos los cristianos conocen a Jesucristo. Pero no todos conocen suficientemente su Evangelio y tienen necesidad de meditarlo y de hacer que el Evangelio penetre sus vidas. Los sacerdotes y los religiosos y religiosas tienen este deber de conducir a los cristianos por este camino a fin de transformar sus vidas cotidianas en Evangelio viviente.
El trabajo pastoral de la diócesis durante este período pasado fue marcado sobre todo por el Sínodo de las Iglesias Católicas de Tierra Santa, comenzado en el 1993 y terminado en el año 2000, con la visita del papa Juan Pablo II. Fue un esfuerzo para un nuevo inicio en la Iglesia, animado sobre todo por la fe, la visión y el aliento de Mons. Rafiq Khoury, responsable de la Pastoral y de la Catequesis en la diócesis. No fue un esfuerzo aislado sino una colaboración con todas las Iglesias Católicas de Tierra Santa. El Sínodo no trajo todos los frutos que podía traer, pero algo nuevo apareció en nuestras diócesis. Un plan pastoral común fue fruto de ello y fue creado un Comité Pastoral Católico interritual, compuesto por 72 personas, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, representando todas nuestras diócesis: latina, melkita, maronita, siria, armenia y caldea, en los tres países, Palestina, Israel y Jordania, con el encargo de estudiar las modalidades según las cuales el Plan Pastoral común podía ser vivido por nuestras diferentes diócesis.
Hay que hacer notar también dos hechos importantes que han aparecido con el Sínodo, el primero, es el surgir de laicos comprometidos y capaces de llevar su responsabilidad en la Iglesia con el clero, y, en segundo lugar, un espíritu de comunión, nuevo, entre las Iglesias, y el deseo de seguir trabajando juntos como Iglesia. Es por ello que, además del Plan Pastoral común y del Comité Pastoral Interritual, fue creado un Consejo presbiteral interritual, y se ha empezado a hacer un retiro espiritual anual interritual para todos los sacerdotes en nuestras diócesis, cada año, la primera semana de julio. Al mismo tiempo que el Sínodo, también fue instituida la Asamblea de los Ordinarios Católicos de Tierra Santa que reforzó el espíritu de comunión y colaboración entre nosotros.
Entre las iniciativas que también han dado una nueva vida a la diócesis, es necesario mencionar las comisiones de catecismo que se han organizado con más eficacia, en Jerusalén y en Amman. La Comisión de Liturgia ha impreso, además de los libros litúrgicos ya aparecidos en la diócesis, el misal cotidiano y el breviario traducido al árabe. En Amman, Jordania, merece una mención especial el Centro Regina Pacis, creado por Mons. Selim Sayegh, para personas discapacitadas. En torno de este servicio, en efecto, se ha desarrollado un importante diálogo de vida musulmán-cristiano en las diferentes ciudades de Jordania. También es un Centro para jóvenes y para retiros espirituales o diferentes reuniones. Otro proyecto se está abriendo paso en Jordania: una Universidad Católica, de la cual la primera piedra, así lo espero, será puesta pronto. Sin lugar a dudas hubo muchas otras iniciativas pastorales realizadas por los sacerdotes y los obispos que Dios ha sostenido y sostendrá con su gracia.
A nivel de la región, la CELRA (Conferencia de los Obispos Latinos en las Regiones Árabes), fundada al día siguiente del Concilio Vaticano II, ya en el 1965, continuó su acción. Una nueva colaboración empezó con el Consejo de los Patriarcas Católicos de Oriente (CPCO) que ha comenzado a tener un encuentro anual desde 1991 y ya ha dirigido a los fieles 9 Cartas Pastorales sobre los principales temas que conciernen la vida cristiana en sí misma y en las relaciones de los cristianos con las religiones y los Estados.

La Vida Ecuménica
7.         Jesús rezó por la unidad de sus discípulos. Preveía la dificultad de la misión que les confió. Él oró diciendo: “Padre Santo, guarda en tu Nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11). Un ruego que siempre nos acompaña, y que permanece un mandamiento dirigido a las Iglesias, a los obispos y a los fieles. “Para que sean uno como nosotros”. Un ruego que expresa su voluntad. Ser uno, como Él y el Padre son uno, es una obligación imperativa y teologal. Es por esto que, si nuestras jurisdicciones nos impiden unirnos, nuestro amor de los unos por los otros puede merecernos la gracia de una común unión en la verdad y de convertirse por ella un signo y una fuente de unidad para los pueblos de la tierra santa.
En Jerusalén, somos 13 Iglesias, diferentes, separadas. Con los Patriarcas y Obispos de las diferentes Iglesias de Jerusalén, católicos, ortodoxos y protestantes, de los encuentros frecuentes, casi mensuales, tuvo lugar y se desarrolló más hermandad y ayuda entre nuestras comunidades. En el año 2000, hemos podido vivir juntos un momento de unidad lanzando juntos el inicio del 3er Milenio desde la plaza de la Natividad, acompañado de una Carta Pastoral ecuménica firmada por los 13 jefes de las Iglesias de Jerusalén. Entre los numerosos documentos firmados por todos nosotros, y además de los mensajes comunes de Pascua y Navidad dirigidos a nuestros fieles y al mundo, hace falta mencionar también los dos documentos sobre el estatuto de Jerusalén, el primero en noviembre de 1993 y el segundo en septiembre de 2006.
Nuestros encuentros y nuestras declaraciones comunes tuvieron por objetivo el de obrar por el bien de todos los cristianos de cada rito, sobre todo en el campo de la paz y la justicia, en las difíciles circunstancias del conflicto vividas por todos. Quisiera expresar aquí mi gratitud y mi amistad a todos mis hermanos los Patriarcas y los jefes de las Iglesias de Jerusalén por su amistad y su colaboración durante todo el tiempo pasado juntos desde el inicio de mi patriarcado.
A nivel de la Iglesias cristianas, las Iglesias Católicas de la región llegaron a ser desde 1990 miembros del Consejo de las Iglesias de Medio Oriente que no cesa de crear un lugar de hermandad, de encuentro y de colaboración entre todos los jefes de las Iglesias de Medio Oriente y por ellos entre los 15 millones de cristianos árabes de la región.
Con el Consejo Mundial de las Iglesias, toda la Iglesia de Jerusalén con sus 13 comunidades, desarrolló un vínculo particular y una colaboración fructosa en el campo de la justicia y la paz en Tierra Santa y en la región. Se llevó a cabo, ante todo, el inicio del programa de voluntarios, de todas las Iglesias del mundo, para la colaboración con los israelíes y los palestinos, en el conflicto, y para el acompañamiento de los palestinos, en los lugares de confrontación y de limitación de su libertad. En segundo lugar, se ayudó a crear una oficina permanente en Jerusalén para el desarrollo de las relaciones ecuménicas entre las comunidades cristianas.

Vocación universal de la Tierra Santa.
8.         La Tierra Santa es una tierra con una vocación universal. Así Dios la ha querido en cuanto que Él ha decidido manifestarse en ella, no sólo a un pueblo, sino a la humanidad entera. Todavía hoy esta tierra pertenece, cierto que a todos sus habitantes, pero también, a la humanidad entera. Eso es verdadero en el plano político, para los dos pueblos que la habitan, israelíes y palestinos, y para todos los creyentes, hebreos, cristianos, musulmanes y drusos. Pero eso también es verdadero en la acción pastoral de cada diócesis, y del Patriarcado Latino que he servido durante estos años pasados. La acción pastoral y la oración del sacerdote, del religioso, de la religiosa y del laico, no se detienen en los límites de la parroquia, sino que cada uno debe siempre tener en cuenta toda la diócesis, todo el país con todos sus habitantes y el mundo entero que el Señor ha querido salvar en nuestra tierra.

II
La vocación cristiana en Tierra Santa

El pequeño número
9.         Los cristianos son un pequeño número en esta Tierra Santa y en la Iglesia de Jerusalén. Eso no es sólo la consecuencia de circunstancias históricas o sociales. Esta realidad tiene una unión directa con el misterio de Jesús en esta tierra. Hace 2000 años Jesús vino aquí y permaneció también un pequeño número con sus apóstoles, sus discípulos y el pequeño número de fieles que creyeron en Él. Hoy 2000 años después, Jesús permanece en la misma situación de “no ser reconocido” en su tierra y Jerusalén, ciudad de la Redención y manantial de paz para el mundo, permanece una ciudad que no ha acogido todavía la Redención y que no ha encontrado todavía su paz. Y los cristianos son, en esta situación, un pequeño número de testigos a Jesús en su tierra.
Ser pequeño en esta tierra es, sencillamente, vivir como Jesús vivió aquí. Eso no quiere decir tener una vida disminuida, al margen, o una vida hecha de temor y de perplejidad. Sabemos porqué somos pequeños, y sabemos qué lugar tomar en nuestra sociedad y en el mundo. Formamos parte del misterio de Jesús y permanecemos cerca de Él en el Calvario, fuertes y sostenidos por la esperanza y la alegría de la Resurrección para vivir y para condividir con todos. El grano de mostaza, nos dice Jesús, es pequeño, pero crece y se convierte en un árbol y “las aves del cielo vienen a ampararse en sus ramas” (cf. Mt 13, 31-32). De igual modo, es como levadura que hace levantar toda la masa (cf. Mt 13,33).
Ser pequeño, y siendo Jerusalén ciudad de redención y paz para el mundo, no por ella misma, he aquí lo que determina la vocación de todo cristiano en esta tierra santa: vocación de testigo, vocación a una vida difícil, hoy a causa del conflicto político, y mañana, porque su vida permanecerá como lucha permanente para ser buena sal, levadura útil, luz en la sociedad y Redención que se lleva a cabo, día tras día, en el misterio de Dios.
Toda sociedad cuenta con el número de sus ciudadanos, de sus soldados y con la cantidad de sus armas. Nosotros, cristianos, con o sin número, contamos ante todo con la fe de cada uno de nosotros. Jesús dice: con la fe podéis transportar las montañas. El Estado dice: con la tecnología, con la cantidad de armas y de hombres, él puede someter la tierra, abrir caminos y allanar las montañas, pero permanece incapaz de encontrar su paz. Nosotros meditamos la palabra de Jesús: “Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí a allá’, y se desplazará, y nada os será imposible” (Mt 17,20-21). Es por esto que, incluso respetando todos los medios humanos útiles, tratamos de robustecer y de aumentar nuestra fe en Aquel en quien hemos creído.
El pequeño número de los cristianos debe compensarse ante todo por la fe; en segundo lugar, por la formación que vuelve a cada cristiano necesario para la construcción o reconstrucción de su país, y finalmente, por una toma de conciencia de cada cristiano y cristiana de su responsabilidad en su sociedad y de la necesidad para él y para ella de condividir todos los sacrificios requeridos para construirla o reconstruirla. Esta formación del cristiano es una responsabilidad de toda la comunidad, no sólo de los que son los jefes en la Iglesia, pues en una comunidad de creyentes, cada uno y cada una llevan la preocupación por cada uno y cada una.
Además de las instituciones formales de formación de la Iglesia -las diversas instituciones de enseñanza, de educación religiosa, los diversos movimientos apostólicos de formación y las numerosas Organizaciones laicas de carácter social- ciertos fieles, del clero o laicos, han comenzado a llevar una atención particular a esta formación que hace al cristiano, a pesar de su pequeño número, capaz de asumir sus responsabilidades en su sociedad. Hay que mencionar aquí el importante trabajo que en este campo hace la Universidad de Belén, en general, y el departamento de los estudios religiosos en particular. Con la Universidad, es necesario mencionar los centros As-Sabeel, para un análisis y una visión cristiana en la situación política actual; Al-Liqa' para el diálogo interreligioso; el Comité de los Laicos para invitar a los laicos a tomar conciencia de su responsabilidad como cristianos en la vida pública; el grupo de jóvenes conocido bajo el nombre de Wusul que se ha dado por objetivo el establecer por medios electrónicos un vínculo entre los cristianos árabes dispersos por el mundo; el Grupo laico de catecismo del Domingo en Jordania y el HCEF, Holy Land Christian Ecumenical Foundation, del cual su primer objetivo, a la época de su fundación, fue de agrupar a los emigrados y de hacerlos presentes, por su pensamiento, su acción y sus medios, en la tierra del Señor, a fin de permanecer allí, a pesar de las distancias, testigos de Jesús en su tierra y contribuir allí a la construcción de sus patrias.

Cristianos en la sociedad
10.       El cristiano debe aceptarse como cristiano. ¿Qué quiere decir aceptarse como cristianos? Quiere decir: aceptar todo el Evangelio de Jesucristo, Palabra de Dios Eterna Encarnada, y vivir su vida cotidiana, fácil o difícil, a la luz de este misterio, que la sociedad a la que somos enviados mira como cosa imposible.
Ser cristiano quiere decir sencillamente conocer su fe, sus Libros Santos, su tradición y la enseñanza de la Iglesia; es saber en quien y en qué él cree. Es conocer y vivir la moral cristiana; es rezar, es vivir la vida de los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, y estar atento a que estos ruegos y esta vida sacramental no sean solamente actos formales y puras apariencias; que no sean tampoco momentos de oración que aíslan de la sociedad, sino saber que estos ruegos y la vida de los sacramentos son un manantial de energía siempre renovada que “envía” al cristiano en su sociedad para servirla con todos los que allí están, cualquiera sea su religión.
Ser cristiano es llevar, con todo ello, una visión de fe sobre todos los acontecimientos. Es ver la Providencia de Dios y su solicitud por todos y recordarse la Palabra de Jesús: “Ni siquiera un cabello de vuestra cabeza se perderá sin el permiso de vuestro Padre que está en los cielos” (cf. Lc 21,18). A la luz de esta visión que une a Dios y a los hombres, él define sus posiciones, de servicio y de amor, y al mismo tiempo, de reclamación de los derechos. Una visión que le dará la sabiduría y el valor de enfrentar las dificultades y las diversas formas de opresión que provienen de los hombres. No caerá en el desaliento sino que perseverará en la resistencia contra toda forma de opresión y violencia, y, perseverará en cada acción, en cada campo, al que Dios lo ha llamado.
Ser cristiano es vivir el mandamiento del amor en medio de su propia comunidad, pero también con todos los hombres. Amar, es ante todo ver el rostro de Dios en toda persona humana, cualquiera sea su religión o su nacionalidad, cualquiera sea su bondad o el mal que me trae o que lleva a los otros. Porque es la creatura del Dios uno y único. Es hijo de Dios. Lleva en él la gloria de Dios. Su dignidad proviene de la dignidad de Dios. Es por esto que el amor transforma toda acción con los hombres en acción con Dios, el Creador de los hombres.
Por esto es que Jesús también ha dicho: amad a todo el mundo sin excluir a nadie, ni siquiera al enemigo. Pues no nos ha dicho: amad la amistad del amigo. Por el contrario, sobre este tema Él dice: “Si vosotros amáis a aquellos que os aman, ¿qué recompensa tendréis?” (Mt 5,46). Tampoco nos dice: amad el mal que está en el enemigo o la opresión que os impone. Sino que Él nos dice: amad a Dios en cada persona humana, pues ella es la creatura de Dios. Es a Dios a quien nosotros amamos en el amigo o en el enemigo. Cuando amamos, nosotros imitamos a Dios en Su amor por todas sus criaturas. Este amor refuerza nuestra fidelidad al amor del amigo, y nos da la fuerza de hacer frente al mal del enemigo, así como la fuerza para ponerle fin a dicho mal. Un tal amor es más fuerte que la violencia o que otro medio material al cual recurre la víctima para rechazar la hostilidad y poner fin a la opresión ejercida sobre ella.
Resulta de ello, que el amor quiere decir también perdonar. Perdonar, es purificar el corazón del rencor, del odio y del fuego de la venganza, y no quiere decir necesariamente abandonar sus derechos, sobre todo cuando se trata de derechos de la comunidad, tales como la libertad, la tierra y la soberanía. Hay cuestiones en las cuales el individuo no tiene el derecho de decidir, pues, primeramente, estos derechos son un don de Dios que nosotros debemos conservar, y, en segundo lugar, estos derechos son comunes, y el creyente no traiciona su comunidad cuando exige sus derechos legítimos. Por el contrario, él actúa con ella, para sostenerla en la defensa de sus derechos o en el esfuerzo necesario para recuperarlos.
El amor es, finalmente, condivisión y comunión. Hasta ahora, hemos conocido en nuestras comunidades de fe la caridad bajo la forma de limosna o inclusive de generosas donaciones. Esta forma es buena, pero tiene que ser superada y convertirse en condivisión y comunión. Eso quiere decir que cada hombre y mujer en una comunidad de creyente porta las preocupaciones de cada uno y de cada una como sus propias preocupaciones. Es por esto que la comunidad se esfuerza de procurar a cada uno de sus miembros una vida que le libere de toda necesidad, una vida digna, en el plano espiritual y material, sobre el modelo de los cristianos de la primera Iglesia de Jerusalén, según viene descrito en el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2, 42-46; 4, 32-34).
Los cristianos, para permanecer, vivir, crecer y actuar, aquí en esta Tierra Santa, como en todos los países del Medio Oriente, deben aceptarse como tales, es decir como cristianos creyentes, y no sólo como una comunidad diferente de los otros o como un grupo social aparte, por el hecho de ser un grupo religioso diferente de los otros. Y, naturalmente, la vocación del cristiano no consiste en entrar en lucha con su sociedad, ni tampoco a resignarse frente a las injusticias o a las muchas formas de opresión. Por otra parte, no le es permitido al cristiano meterse al margen de la sociedad, diciendo: “el país ya no es mío, otros se ocupan de él y llevan su responsabilidad”. Un cristiano auténtico sabe que él es parte de su sociedad, y que tiene que hacer frente a los desafíos, cargando las responsabilidades con todos los miembros de la sociedad.
Tampoco le es permitido al cristiano que participa en la vida pública poner su fe a un lado, y vaciarse de las energías espirituales que Dios le ha concedido como cristiano, pretendiendo llenar más libremente sus deberes en el campo político, económico y social. Eso se manifestó en ciertos períodos de la historia del mundo árabe, en los cuales los cristianos árabes ofrecieron una contribución de primera importancia, y en los cuales algunos abandonaron sus valores cristianos o incluso su fe. Este abandono parcial o total no cesa de manifestarse en algunos, todavía hoy, bajo pretexto de evitar el fanatismo y de no suscitar inútilmente las sensibilidades religiosas. Cierto, que no se le pide al cristiano el transformar su fe en actitudes fanáticas y provocadoras. Pero él es llamado a enriquecer su sociedad de los dones y de las fuentes de energía espirituales que el ha recibido. Es su misma sociedad que le reclama esto; sino, ¿por qué permanece diferente, si su fe no trae nada nuevo a su sociedad?

País de statu quo
11.       Nosotros estamos en un país de Statu quo, eso quiere decir: “todo queda hoy y quedará mañana como ha estado en el pasado”. Esta ley fue adoptada antes de la guerra de Crimea, en un firmán otomano de 1852, y fue ratificada después de la guerra en dos Congresos internacionales en el 1855 y en el 1878, para regir las situaciones de conflicto en algunos santos lugares cristianos. El Statu quo ha establecido que cada uno poseerá y usará todo aquello que se encontraba en posesión y uso en día en el cual la Convención Internacional fue firmada. Instrumento útil, pero que a veces ha quedado también como fuente de querellas. Lo peor, es que esta ley aplicable a los Lugares Santos se extendió a los espíritus y a las personas, y, con el tiempo, ella ha impreso un cierto espíritu de fijaciónque hace toda renovación difícil. De aquí, las tensiones en las relaciones entre personas o comunidades a causa de una fijación mental creada en algunos, a continuación de la ley del Statu quo.
Tenemos a veces la impresión, en nuestra Tierra Santa, de vivir, una parte escondida bajo tierra en el pasado y una parte, solamente, que emerge de debajo de la tierra y que vive en el presente. Es lo que paraliza la visión y la acción en la Iglesia y en la comunidad de los creyentes y que crea tensiones. El pasado, son las raíces. Y las raíces, que quedan bajo tierra, deben dar flores y frutos nuevos. Una acción y una renovación son necesarias a nivel de las mentalidades, del diálogo y de las relaciones entre las diversas diócesis e Iglesias, con sus múltiples instituciones. Hace falta que todos puedan creer y dejarse guiar por la visión de San Juan en el Apocalipsis: “He aquí que Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Comunidades confesionales
12.       En Tierra Santa, la pequeña comunidad cristiana está dividida no sólo por las diferencias teológicas, sino también entre comunidades confesionales. Al origen, éstas han nacido en torno a una tradición litúrgica particular, como expresión de una manera propia de recibir, de meditar y de celebrar el mensaje evangélico en un contexto histórico y cultural particular. En principio, esta diversidad de las tradiciones litúrgicas y espirituales es una riqueza para la Iglesia, pues ellas se complementan mutuamente y permiten así una expresión más rica del misterio inagotable de Dios revelado en Cristo. Pero a continuación de las circunstancias históricas complejas, estas comunidades litúrgicas se han transformado en comunidades confesionales, y, a veces, incluso étnicas. Los jefes de estas comunidades fueron tenidos responsables de la lealtad de sus fieles frente a las autoridades políticas y es a través de sus comunidades que los cristianos se referían al contexto nacional y no en cuánto ciudadanos individuales. De comunidades de fe o de liturgia, se han vuelto comunidades de servicio y de intereses y juegan un rol importante en la identidad no solamente religiosa sino también social y nacional de sus miembros. En lugar de abrirse unas a otras y de sostenerse, estas comunidades a menudo se han cerrado sobre ellas mismas para salvaguardar sus propios intereses. En ciertos lugares y para algunas personas, laicos o miembros del clero, la comunidad se ha convertido así en un elemento de separación y una barrera entre los creyentes. A veces, hasta se instalan competiciones o rivalidades. Cada comunidad quiere parecer más grande y más fuerte que el otro, quiere tener una iglesia más bella, una escuela más grande, etc. Y el otro cristiano, fiel de otra comunidad, ya no tiene todo su lugar como hermano o hermana y como cristiano en nuestro ruego, en nuestra atención o en nuestra acción; él se vuelve un extraño para nosotros.
Por otra parte, en nuestra hodierna realidad, puesto que somos un pequeño número y tenemos que enfrentar numerosos e inmensos desafíos, la solidaridad y la colaboración se imponen. Los cristianos laicos sienten a menudo esta necesidad y presionan a sus jefes religiosos por una más grande unidad. Juntos somos grandes o pequeños. Nadie puede volverse grande sin el otro o a expensas del otro. En nuestras relaciones de unos con otros, en cuanto Iglesias o comunidades confesionales diferentes, deberíamos seguir este principio: “Por un parte, fidelidad a nosotros mismos, a nuestro propio rito, a la Iglesia en la cual Dios nos ha dado la gracia del Bautismo, y, por otra, amor por todos los hermanos y hermanas que pertenecen a un rito diferente y se encuentran fuera de nuestra comunidad confesional, pero forman parte de la gran familia de Dios”. La actitud del cristiano, de cada comunidad y de cada confesión, es la de amar con un gran amor, como el de Dios. “En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 27-28).
El Sínodo de las Iglesias católicas de Tierra Santa nos ha ayudado a crear un verdadero espíritu de solidaridad y colaboración entre nuestras Iglesias, pero este esfuerzo exige continuidad. Tenemos que educar a nuestros cristianos de modo de hacerlos comprender su vocación en relación a todos, bien que sean de su comunidad o de una comunidad diferente. Ellos deben descubrir que la Iglesia está primera, y que la comunidad confesional viene después de Ella. Deben comprender que la Iglesia de Dios tiene sus puertas abiertas para acoger la oración de todos los cristianos y para enviarlos a todos de nuevo afuera, a toda la sociedad, a cada creyente en cada Iglesia y a cada persona humana de cada religión.
Las sectas o los nuevos movimientos cristianos forman parte de nuestra vida cristiana y de nuestra realidad política. Del punto de vista cristiano, estos grupos siembran la confusión en la fe de nuestros fieles, explotan su pobreza material y espiritual, y aumentan aún más nuestras divisiones. Del punto de vista político, bien sea en Israel o en los países árabes, tienen una visión política que sostienen, a partir de argumentos pretendidamente bíblicos y religiosos, no sólo el hecho político del Estado de Israel, sino también la injusticia cometida hacia el pueblo palestino. Esta es otra llamada de atención dirigida a los cristianos a fin que tomen conciencia, de un modo mejor, de las riquezas y las exigencias de su fe y dirigida también a los pastores, a fin que respondan a la sed religiosa de sus fieles, de un modo mejor, en particular con una presencia más frecuente de los pastores en medio de sus fieles y con una mejor formación bíblica.

Cristianos en el conflicto
13.       En nuestra sociedad, hay un conflicto armado. Es la ocupación israelí de los Territorios Palestinos, y es el reclamo israelí por la seguridad y por el reconocimiento. Como todos los habitantes de esta tierra, sean palestinos e israelíes, los cristianos, palestinos e israelíes, son una parte del conflicto. Por ninguna razón, pueden permanecer como espectadores, mientras que los otros pagan el precio por la libertad y aceptan los sacrificios solicitados para ello. Quedar como espectador quiere decir ponerse al margen, volverse extranjeros para los hombres y las mujeres de su pueblo, cosa que no es la vocación de los cristianos. Como todos los palestinos, somos víctimas de la Ocupación. Como todos los palestinos, tenemos que pagar el precio para recuperar nuestra libertad política, económica, y bajo ciertos aspectos, también nuestra libertad religiosa, en lo que concierne al acceso a los Lugares Santos y a la misma Jerusalén. Recuperar la libertad, pagar el precio y resistir, todo eso es un deber, ciertamente, pero nosotros también creemos en el mandamiento del amor, y en consecuencia creemos en una resistencia que se encuadre en la lógica del amor cristiano. Una resistencia no violenta, pero capaz de llevar a los dos pueblos a gozar de un modo igual de su libertad, de su soberanía y de su seguridad.
El conflicto, en nuestro país parece interminable y no admite ninguna solución. En este conflicto, además de aquello que hemos dicho más arriba, la visión cristiana es la siguiente: aquí, es nuestra tierra y ella pertenece a dos pueblos. Pero, es ante todo la tierra de Dios. La historia que allí hacen los hombres, con la sangre y el odio, o con el diálogo y la colaboración, la hacen conciente o inconcientemente, bajo la mirada vigilante de Dios, Señor de la historia, y que ha dado a esta tierra una santidad particular. Aquí, todos tienen que ver con el misterio de Dios. En efecto, nuestros lugares santos nos dicen eso. Una de las razones más grandes del conflicto son los Lugares Santos en los cuales los creyentes de las tres religiones se refieren a Dios. En nuestros Lugares Santos, nosotros rezamos. Pero al mismo tiempo, permanecen como lugares de conflicto, de muerte y de odio…. Y eso es contrario a la naturaleza y a la vocación de la Tierra Santa en su totalidad. En una tierra de Dios, solamente las sendas de Dios conducirán a una solución del conflicto. La violencia de los hombres, bien sea del más fuerte o del más débil, no es la senda normal ni eficaz para llegar a la paz. La paz en la tierra de Dios será un don de Dios y los creyentes, de los dos pueblos, y de las tres religiones, deben por su adhesión sincera a la fe en Dios y por la coherencia de su conducta con su fe en un Dios Creador, amante de todas sus creaturas, preparar la hora de Dios en esta tierra en la que Él restablecerá la paz.
Hace falta que todos vivan juntos, hermanos y hermanas, hijos de la misma tierra, y aún más todavía, hijos y creaturas de Dios. Pero para eso hace falta que todos se consideren iguales, con los mismos derechos y los mismos deberes. Ninguno superior al otro, nadie inferior y sometido al otro. La visión hasta ahora no es esa, y, sin embargo, los fuertes de esta tierra e igualmente los de la resistencia que creen en la fuerza, deben llegar a dicha visión. Para resistir, obtener justicia y para hacer la paz, hace falta además que la víctima no se deje transformar en opresor o en terrorista.

Emigración
14.       Los cristianos emigran hoy de Tierra Santa y de todos los países de Medio Oriente. No son los únicos en emigrar. Los musulmanes y los judíos también emigran, y la razón es la misma para todos: el conflicto entre palestinos e israelíes, causa de inestabilidad política, económica y social en todos los países de la región. En ciertos países, en Líbano y en Irak, ha causado tragedias que han superado los sufrimientos y las pruebas de la Tierra Santa. Las personas emigran para encontrar la tranquilidad y asegurar su futuro y el de sus hijos. De nuestra parte, invitamos a nuestros fieles de aceptar su vocación de ser cristianos en Tierra Santa y no en otro lugar del mundo. Sin ilusionarlos, nosotros les decimos que no les prometemos una vida fácil sino una vida difícil, hoy y mañana. Algunos, aunque en número limitado, han comenzado a tomar conciencia de esto. Aceptan su vocación y aceptan quedarse y aceptan sacrificar los beneficios que podrían encontrar en la emigración. En todo caso, cualquiera sea la emigración, y cualquiera sea nuestro pequeño número, algunos entre nosotros permanecerán siempre aquí para testimoniar a Jesús en su tierra, a través de las evoluciones de la historia.
Pero hace falta también llamar la atención sobre el siguiente hecho: los cristianos aquí y en Medio Oriente son las primeras víctimas de los planes de la política mundial que ignora o parece ignorar a los cristianos, porque su número es poco importante, y que su pequeño número no ha sido compensado todavía con una fuente de energía material o espiritual que obligue a los grandes de este mundo a tenerlos en cuenta. Cuando los cristianos son mencionados en la prensa mundial, es para decir que son aplastados entre dos grandes mayorías, los judíos y los musulmanes y que están sometidos a la persecución musulmana. Y, diciendo esto, nos manifiestan un sentimiento de piedad y compasión, y olvidan la verdadera opresión de que somos víctimas por las políticas ejercidas en esta región. Pero para nosotros, frenar el conflicto israelí-palestino, cosa que es posible y no algo irrealizable como quisieran hacerlo creer, he aquí lo que nos permitiría vivir en paz y permanecer en el país. Eso es también verdadero para el Líbano e Irak.

Cristianos y musulmanes
15.       Como todo cristiano, en el mundo entero, normalmente pertenece a su pueblo y a su país, los cristianos en los países árabes y en Palestina e Israel ellos también pertenecen a sus países y a su pueblo. En lo que concierne a los cristianos árabes en Israel, ya hemos definido los componentes de su identidad: son árabes, son cristianos y están en el Estado de Israel. En función de estos tres componentes, tienen que decidir ellos mismos las posiciones a tomar en la vida cotidiana.
Los cristianos son tan ciudadanos como todo otro ciudadano, a partes iguales. Ellos tienen los mismos derechos y los mismos deberes. Las Constituciones de los países de Medio Oriente lo reconocen. Las relaciones con las autoridades civiles y religiosas son buenas. Igualmente, a nivel del pueblo hay una coexistencia secular, una buena relación y una colaboración en diversos campos, estudios, cultura, negocios, política, etcétera… Dos campos están cerrados: el dogma y la familia, y cuando se toca alguno de ellos la situación se torna explosiva. Entonces, las estructuras de mediación se ponen en acción para volver a la calma. El diálogo interreligioso no trata del dogma. Tiene por argumento temas sociales con el objetivo de favorecer una mejor coexistencia y una mejor colaboración. Incidentes entre los individuos se dan naturalmente y toman a veces una dimensión comunitaria oponiendo musulmanes y cristianos. En estos casos, los gobiernos velan y toman las medidas necesarias, al igual que las estructuras de mediación tradicional, para restablecer la reconciliación. Pero hace falta también decir que las relaciones entre musulmanes y cristianos no han alcanzado todavía su equilibrio perfecto. Se trata de un largo y lento camino que debe perfeccionarse cada día.
Con la aparición de movimientos religiosos extremistas, se hace sentir una necesidad de una acción común, entre musulmanes y cristianos, para hacer frente juntos a los cambios de carácter religioso extremista que pueden amenazar toda la sociedad.
Los movimientos políticos religiosos en el Islam ven que la solución para todos los problemas se encuentra en la aplicación rigurosa del Islam como religión y como sistema de vida política y social, a la sociedad entera, a los musulmanes y a los no musulmanes a la vez. Frente a esta corriente, la posición cristiana es la siguiente: primeramente, unirse con los mismos musulmanes, como está dicho más arriba, para juntos hacer frente a un extremismo que amenaza a musulmanes y cristianos a la vez. En segundo lugar, si estos movimientos religiosos llegaran un día a imponerse a la sociedad, quedaría también un margen de diálogo con ellos. Y si el diálogo se muestra inútil, queda al cristiano una sola cosa por hacer, no entregarse al miedo, sino exigir sus derechos como ciudadano y proclamar su fe cristiana como creyente. Debe, al mismo tiempo, prepararse para testimoniar su fe, sea por el hecho de padecer una vida cotidiana difícil, o bien, por el sacrificio mismo de la vida. Una era de martirio que se abriría de nuevo para los cristianos, como en los primeros siglos de la Iglesia bajo el Imperio romano, purificaría la vida en toda la sociedad. Ella confirmaría a los creyentes en su fe y devolvería un nuevo rostro a toda la sociedad.
Pero también hace falta preguntarse porqué estos movimientos religiosos extremistas nacen y crecen. En primer lugar, se puede constatar la necesidad en algunos de vivir una auténtica vida religiosa. En segundo lugar, hay, en estas corrientes, una serie de reacciones a diversas situaciones, reacción contra situaciones humanas de desigualdad, de pobreza y de injusticias al interno de las sociedades árabes y musulmanas; reacción a una invasión de “Occidente” hacia las sociedades árabes y musulmanas sobre el plan de los valores y la moral en los medios de las comunicaciones sociales; reacción a las injerencias de “Occidente”, a nivel político y finalmente reacción al desequilibrio en las relaciones entre los pueblos. Todo eso se suma a los conflictos actuales, en Israel, Palestina y en Irak.
Estas corrientes religiosas, con toda su complejidad y su amenaza al musulmán como al no musulmán y al mundo, terminarán por imponerse, si los políticos al interno de los países árabes no llegan a crear sociedades más justas y más seguras, y si el Islam no llega a renovarse desde el interior a fin de responder a la necesidad religiosa de los creyentes y de impedir a los extremistas de transformar la religión en fanatismo y fuente de violencia, y si la política mundial no pone fin a las diversas muchas formas de colonización de los pueblos.

Cristianos y judíos en Tierra Santa
16.       A pesar del conflicto en curso, a pesar de la muerte y el odio de cada día, también hay una realidad más humana, de diálogo y de contactos entre personas, a diversos niveles, políticos y religiosos. Numerosas iniciativas de encuentro de jóvenes, palestinos cristianos o musulmanes, e israelíes judíos, en el marco de las escuelas, tienen lugar a nivel local e internacional. Numerosas asociaciones de diálogo entre judíos y cristianos, también existen en el país. En el Patriarcado, existe una comisión diocesana para el judaísmo que ha abierto puertas de diálogo y de contactos. El objetivo de la comisión es de escuchar y de comprender al judaísmo y a los judíos por el testimonio de judíos de diversos sectores de la sociedad israelí. El acento es puesto también sobre la coexistencia, y sobre las actitudes a tomar frente a la realidad de base en el país, el conflicto, la ocupación y la inseguridad. Las realidades teológicas concernientes al conflicto son de igual modo acercadas, a fin de emprender un diálogo local, entre personas del lugar, palestinos cristianos e israelíes hebreos, para reflexionar e intercambiar, como creyentes, acerca de las realidades vividas sobre el mismo suelo, Palestina o Israel. En el diálogo con el Judaísmo de la Iglesia Católica universal, del Consejo por la Unidad de los Cristianos, también han sido llamados a formar parte miembros palestinos de la Iglesia local.

Exigencias del diálogo
17.       El diálogo interreligioso local, que empezó por los contactos frecuentes entre musulmanes, judíos y cristianos, acabó por la creación, en estos años, del Consejo de las Instituciones Religiosas de la Tierra Santa en el que las tres religiones son representadas al más alto nivel. Un diálogo que ha llamado la atención de jefes políticos y que ha creado una nueva realidad en Tierra Santa: jefes religiosos de las tres religiones, por la primera vez en la historia se encuentran y reflexionan juntos sobre la paz a realizar. En este diálogo, es la dimensión del creyente y su relación con Dios lo que es puesto de relieve, y es en cuanto creyentes, presentes delante del mismo Dios, que querríamos reflexionar juntos. También son puestos de relieve, los valores comunes, simplemente humanos, diversidad y capacidad de reconciliación, y los valores religiosos, el ir más allá de uno mismo para la aceptación y el respeto mutuo, siendo igualmente todos creaturas de Dios, en la práctica de la justicia y la construcción de la paz.
Sin embargo, todavía hay una inmadurez religiosa en nuestras sociedades de carácter religioso, en lo que hace referencia a la aceptación y al respeto del otro. Hasta ahora todos los cristianos, todos los musulmanes y todos los judíos no han aprendido a vivir juntos y a hacer, juntos, la vida aceptable y tranquila. Siempre hay elementos, extremistas o ignorantes, que acarreando las negaciones del pasado, no cesan de ser fuente de desconfianza, de sospechas y de miedo y, por tanto, de agresividad contra sus conciudadanos de diferente religión.
Un diálogo entre los jefes o entre las elites ya existe. Es útil y constituye un largo camino todavía a recorrer. Pero necesitamos, al mismo tiempo, una nueva educación de las jóvenes generaciones. Si se quiere calmar la sociedad y apartar de ella las tensiones parciales o totales, el sistema educativo tiene que cambiar y en todos los lugares de la educación: la casa, la escuela, los lugares de culto y los medios de comunicación. Un claro llamado, manifiesto, debería hacerse sentir. Un llamado al reconocimiento del otro y a la colaboración con él. Las nuevas generaciones de todas las religiones tienen que escuchar decir: el otro, de diferente religión, no es el enemigo ni el extranjero. Es un hermano que hay que amar y con quien hace falta colaborar y construir la sociedad. También el extremismo que se alimenta, por una parte, de las ignorancias del pasado, y, por otra, de las injusticias o de los miedos del presente, puede encontrar en este nuevo sistema de educación una parte del remedio esperado.

III
Hacia el futuro

A mis sacerdotes
18.       Os agradezco a todos, queridos sacerdotes, por vuestro amor y vuestras oraciones. Dios recompensará vuestro celo que es grande. Que Dios nos acompañe con su gracia en nuestro Seminario, que ha continuado fielmente su marcha y su misión desde su fundación en 1848 hasta el día de hoy. Continuamos, gracias a Dios, a tener vocaciones de un modo regular, ante todo de Jordania, de Palestina en segundo lugar y, finalmente, de Israel. Agradezco los equipos de sacerdotes que han aceptado el sacrificio de acompañar a los seminaristas y de vivir con ellos en el Seminario.
A mis sacerdotes, les digo: conservad siempre el celo que habéis tenido hasta ahora. Hoy día, se puede decir de cada uno de vosotros: “Vosotros conocéis a vuestras ovejas y vuestras ovejas os conocen” (cf. Jn 10). Es una grande gracia para vosotros y para toda la diócesis. Sin embargo, las condiciones de la sociedad, de los parroquianos y de los sacerdotes están sintiendo cambios importantes, y las distancias comienzan a crearse entre los párrocos y los parroquianos. Para permanecer al mismo nivel de conocimiento y de servicio, como ha sido en el pasado aún cercano, tened siempre en vista la esencia de la misión del sacerdote: conocer a Jesucristo y hacerlo conocer. El sacerdote del Patriarcado está llamado a ser pastor de una parroquia. El pastor de una parroquia tiene como primera tarea el de ser catequista, en la escuela, en la homilía, en las visitas a las familias, en las diversas actividades pastorales y en toda otra circunstancia.
Conservad vuestra libertad y vuestra disponibilidad para conocer a Jesucristo y para hacerlo conocer, en toda parroquia, pequeña o grande. No dudéis en aceptar, o incluso en elegir, el lugar más difícil. La gracia de Dios será entonces más abundante. Conservad vuestra libertad en cuanto a los lugares y en cuanto a las personas. Que nada, que ninguna persona, ni el dinero, ni amistades, ni proyectos de construcción, ni siquiera un proyecto pastoral, se convierta en un lazo que estorbe vuestra libertad y os impida ir allí adonde sois enviados. Ya que el trabajo que os ha sido confiado no es vuestro. Es el trabajo de Dios: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y Yo también trabajo”, dice Jesús, y nosotros somos parte de esta obra de Dios en nuestra diócesis (Jn 5,17). Trabajad y decid con el Evangelio: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10). Allí donde sois enviados, sois el instrumento de Dios, y allí dónde se os pide de interrumpir un trabajo no terminado, dejadlo allí como esté: Dios sabrá cómo acabar el trabajo comenzado por él en vosotros. En cambio, allí donde persistís en quedaros, por vuestra voluntad propia, os arriesgáis a no ser ya enviados y a no hacer ya el trabajo de Dios, sino simplemente una actividad vuestra. El gran peligro de los consagrados enviados al campo del Señor es de transformar el trabajo de Dios en un trabajo personal, es entonces que comienzan las dificultades, las rivalidades o la desobediencia, y es allí que la gracia de Dios se interrumpe.
Las construcciones de piedras, los centros pastorales, las escuelas, las iglesias, las salas parroquiales, de todo tenemos necesidad. Pero eso tampoco debe convertirse en un obstáculo haciendo perder de vista el fin por el cual nosotros construimos. La condición para construir no es sólo el dinero necesario, sino la capacidad de seguir teniendo sus momentos de silencio delante de Dios, momentos de intercesión por los fieles y el tiempo necesario para el catecismo. Como Moisés, en el Monte Nebo que se levanta entre nuestras parroquias, vosotros también, rogad, e interceded por el pueblo.
Hemos construido muchas piedras. Los fieles que, no obstante, distinguen bien entre el párroco que reza del que no, engaña a veces al párroco, haciéndole creer que las construcciones son el criterio de su éxito.
El párroco es para el pueblo y no al contrario. Las personas no son para servirnos. Nosotros, somos enviados para servirlos. Jesús dice: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). De allí, la necesidad de acoger a todos los fieles de todo nivel y de toda clase. Todos, cualquiera sea su posición en la sociedad, cualquiera sea su haber o su saber, sea cual fuese su presencia o su ausencia en la vida de la parroquia, cualesquiera sean sus necesidades espirituales o materiales, todos, incluso si algunos se tornan pesados y molestos, todos son objeto de nuestra misión y de nuestro amor. Y aunque algunos se tornan pesados o inestables, todos son el objeto de nuestra misión y nuestro amor. Y el pobre entre ellos, de todo tipo de pobreza, material o espiritual, tiene la prioridad. A todos somos enviados para ayudarlos a ver a Dios.
Puede haber situaciones en las cuales, podemos encontrar personas con quienes toda acción parece inútil. Cada cambio en las mentalidades o en las personas parece cosa imposible. Para Dios nada es imposible. Para el creyente tampoco. Hace falta comenzar y la gracia de Dios llevará a cabo, y, la bondad de las personas mismas puesta en ellos por Dios, puede sorprendernos a veces y superar nuestras expectativas humanas. Nosotros sembramos hoy, y mañana otro cosechará. Si no sembramos hoy, no habrá nunca ninguna cosecha. “Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien ha dado el crecimiento” (1Cor 3,6).
Hubo, por un momento, entre los sacerdotes un despertar de sentimientos regionalistas. Espero que este espíritu ahora esté bien desaparecido para nunca más reaparecer. Porque nada debe dividir a los sacerdotes que trabajan en el mismo campo del Señor y que ofrecen cada mañana la misma Eucaristía. Espero que ciertos comportamientos humanos no lleguen a corromper la misión confiada por Dios, a fin que la Iglesia permanezca viva por sus sacerdotes y pueda crecer por su fe, su oración y su catequesis. “Hermanos, tened todos un mismo lenguaje; que no haya divisiones entre vosotros; estad estrechamente unidos en el mismo espíritu y en el mismo pensamiento” (1 Co 1,10).
Aceptad con seriedad vuestra vocación, renovad cada día la aceptación que habéis expresado un día en el pasado. Renovad cada día vuestra aceptación de la elección difícil, que consiste en dar vuestra vida cada día, y que puede volverse, con el tedio o las pruebas, una muerte cotidiana. Los momentos de silencio delante del Señor tienen precisamente por objetivo el renovar y sostener la aceptación de la elección difícil. De allí la importancia de dedicar en nuestra vida el tiempo suficiente a la presencia divina, para retomar ánimo y para poder leer su voluntad en todos los acontecimientos de nuestra vida personal o pública. Pues la Providencia de Dios vela, y todo lo que Dios permite que suceda en nuestra vida es una palabra que nos dirige. Debemos, en fin, ser conscientes que la vida o la muerte de muchos, hombres o mujeres, dependen de nuestra aceptación o de nuestro rechazo de nuestra vocación o de la manera de vivirla. Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida” (Jn 10,10). Y los sacerdotes son enviados para ser dadores de la vida.

El porvenir
19.       El porvenir de los sacerdotes depende del temor y de la reverencia que conservarán hacia las cosas sagradas con las que tratan cada día. El futuro de los cristianos depende de aquello que les ofrecen sus párrocos.
He aquí que dentro de muy poco se cumplirá más de un siglo y medio del trabajo del Patriarcado, de nuestro trabajo. Ciertamente los frutos son numerosos, por la gracia del Señor. Pero todavía queda un esfuerzo a realizar para dar una vida más abundante. Hace falta formar familias que vivan sobre el modelo de la primera Iglesia de Jerusalén (cf. Hch 2, 43-47), unidas por la oración, la enseñanza de los Apóstoles, el Eucaristía y la condivisión de los bienes. También hace falta encontrar medios para vivir el mandamiento del amor bajo todos sus aspectos, en la vida privada y pública: amor que es perdón, amor que es aceptación del otro diferente, de cada religión y de toda nacionalidad; y, en cuanto a la condivisión de los bienes, hace falta poder superar, como ya se ha dicho, el tiempo de las limosnas, para llegar a fórmulas de condivisión fundadas, a la vez, sobre las exigencias de la fe, y sobre las bases económicas necesarias.
Hace falta “enviar” al fiel a su sociedad, no despojado de su fe, como se hace a veces hasta hoy en día, sino, mas bien, debemos “enviarlo” fuerte e iluminado por su fe. Hemos educado, a veces, a una formación espiritual que ha dejado al fiel exclusivamente en la iglesia o en el marco de la parroquia. Nosotros no lo hemos enviado lo suficiente a su sociedad. Hace falta que la oración en la iglesia (la Eucaristía, la Misa, el Rosario, el Vía crucis, las procesiones y toda otra devoción), se convierta en un envío hacia fuera del lugar de culto, un envío hacia toda la sociedad dónde las personas están en busca de Dios, a fin de convertirse en levadura, sal y luz.
En nuestra sociedad, hay un conflicto y hay dos pueblos y tres religiones y todos nuestros países sufren inestabilidad política. Todo creyente y todo hombre y mujer de buena voluntad, y los párrocos, y los religiosos y las religiosas, en primer lugar, deben actuar sin cesar a fin de poner fin a ello, y hacer de ello el objeto de su oración y de su enseñanza.
El diálogo entre las religiones acerca a las personas entre ellas. Pero hay que estar atento a no transformarlo en sólo palabras hermosas o incluso en abdicaciones o en miedo de afirmar su identidad o en miedo de enfrentar la realidad, bien sea ésta fácil o difícil. La verdadera fidelidad del creyente consiste en amar a toda su sociedad, a los dos pueblos y a los creyentes de todas las religiones, y a los incrédulos si se manifiestan. Una abertura, clara, manifiesta, queda por realizar en nuestras catequesis en este sentido. El otro no es el enemigo. No es el extranjero. Es la creatura de Dios. Es el hijo y la hija de Dios. Delante de Dios, nadie es enemigo, nadie es extranjero. Cuando nos dirigimos a los musulmanes y a los judíos, es normal que les solicitemos de tener la misma visión. Pero, aunque no encontrásemos la reciprocidad deseada, nosotros permanecemos creyentes en Jesucristo, y nos comportamos como tales: nosotros vemos en cada hombre y en cada mujer, un hijo y una hija de Dios, objeto del amor de Dios y nuestro amor.

Conclusión

Termino mi misión como Patriarca de Jerusalén para los latinos. Pasaré la misión bien pronto a mi sucesor Mons. Fouad Twal. Le pido a Dios de concederle toda gracia y bendición para seguir llevando la misión en este venerable Patriarcado. Nuevamente, agradezco al Señor y a todos aquellos y aquellas que Él me ha puesto en el camino, para servirlos o para recibir una gracia por su intermedio. Seguiré viviendo en Jerusalén. Las exigencias de mi vida cotidiana serán siempre, como lo fueron hasta ahora, en el marco del Patriarcado Latino de Jerusalén. Personalmente, he entrado al Patriarcado sin dinero, y termino mi mandato sin dinero. No tengo cuentas en el banco. No tengo deudas con nadie. Así como nadie me debe nada. El Patriarcado, como institución, ha quedado siempre con cuentas en déficit. Pero Dios ha bendecido el déficit, la pobreza y Él seguirá acompañando al Patriarcado en sus necesidades materiales requeridas para llevar su misión espiritual. Por todo eso, agradezco al Señor, y pido a todos de acompañarme con sus oraciones. Me confío a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María. Y para todos, imploro la bendición de Dios Omnipotente, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el Dios uno y único. Amén.

+ Michel Sabbah, Patriarca

Jerusalén, 1 de marzo de 2008

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