Queridos hermanos y hermanas:

Les agradezco por haber venido aquí de diferentes partes de Tierra Santa.

En particular, saludo a

Su Eminencia el cardenal Edwin O’Brien,

los jefes de las Iglesias católicas,

los jefes de las Iglesias cristianas,

los cónsules generales,

la delegación palestina,

sacerdotes y religiosos,

los seminaristas de Beit Jala y Domus Galilaeae,

el Coro Magnificat,

todos los sacerdotes y parroquias,

y amigos,

 

He repetido en varias ocasiones mi sorpresa y agradecimiento por lo que está sucediendo a mí personalmente y a la Iglesia de Jerusalén, como resultado de la decisión del Santo Padre.

“Sufficit tibi gratia mea”“Mi gracia es suficiente para ti” (2 Co. 12: 9). A la luz de este pasaje bíblico, he elegido para llevar a cabo el nuevo servicio que se me ha pedido. Todo es una gracia, dijo un famoso escritor. Por encima de todo, la conciencia diaria de mi debilidad y mis límites es una gracia, una verdadera puerta abierta por la que, hasta ahora, la misericordia de Dios ha fluido. Y a pesar de mis debilidades, me sorprende ver cómo el Señor, sin embargo, pasa a través de mí con su trabajo.

Empecé mi servicio en el día en que la Iglesia conmemora el nacimiento de Juan el Bautista. E inspirado por su carácter, he considerado el comienzo de mi ministerio como “preparando el camino abierto y recto, libre de todo lo que obstruye el encuentro con Él y entre nosotros.” Y agrego, “deseo para nosotros y para toda la Iglesia, la capacidad de conocer y saludar unos a los otros, construyendo caminos y puentes y no muros que salgan desde Jerusalén nuevamente.”

Sólo puedo repetir este deseo. Acogiendo, escuchando, discerniendo y, juntos, guiando el camino de la Iglesia para los próximos años.

Sé que no será fácil. No soy ingenuo. Después de la alegría de la transfiguración, está el descenso de la montaña, en la vida cotidiana, con su cuota de alegrías ciertamente, pero también con los problemas, sufrimientos y divisiones. Y en Jerusalén, y de forma más generalmente en Tierra Santa, las divisiones no faltan. Ellas son ásperas y en nuestra vida diaria causan daño. Lo vemos todo el tiempo: en la vida política y social, en un conflicto político que arruina la vida de todos, en la dignidad ofendida, en la falta de respeto a los derechos básicos de las personas; lo vemos también en las relaciones inter-religiosas, entre nuestras Iglesias y también a menudo dentro de nuestras respectivas Iglesias. El diablo, que es el origen de las divisiones, parece haber fijado su residencia en Jerusalén.

Es precisamente en este contexto difícil, un contexto que no nos permite crear ilusiones, donde se nos llama a ser Iglesia, es decir, a dar testigo de unidad. Aquí, en este entorno desgarrado y dividido, el primer anuncio a hacer es la unidad, que comienza con nosotros, en nuestra casa.

En este contexto, agradezco al patriarca ortodoxo griego de Jerusalén, por su participación, a través de su delegado, en mi consagración episcopal, y desde ahora les aseguro mi deseo de trabajar por la comunión y armonía mutua. ¡De hecho, no podemos darnos el lujo de dar lecciones de diálogo para el mundo si las divisiones y la desconfianza prevalecen entre nosotros!

Jerusalén recuerda a la Pascua. En el Santo Sepulcro siempre es Pascua. Pascua significa paso: de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la desconfianza de los discípulos de Emaús, a la emoción de los apóstoles en Pentecostés. Debemos y queremos, entonces, convertirnos en expertos en una vida que proviene de la Cruz, una vida que no se resigna a la muerte, sino que conquista con amor. Quiero llevar a cabo, por tanto, mi servicio como obispo, a la luz de la Pascua. Frente a los muchos signos de muerte alrededor de nosotros, me gustaría acompañar ésta, nuestra Iglesia, para volver a leer su propia historia como lo hizo Jesús con los discípulos de Emaús, para descubrir una presencia que nunca nos abandona y que es la fuente de la vida eterna. Y preguntarnos si realmente creemos esto. Si realmente creemos que Cristo es la fuente de fuerza y vida.

De hecho, nuestras estrategias humanas, a menudo concebidas apresuradamente y superficialmente, no pueden salvar a la Iglesia y sus instituciones. Nuestra grandeza no se mide en el número de actividades que podemos hacer y ni siquiera en el grado de consenso que vamos a alcanzar. Todo esto pasa rápidamente. Y tal vez deberíamos preguntarnos si hemos gastado demasiada energía y atención a lo que es secundario.

“Sufficit tibi gratia mea”. En primer lugar, buscar y aceptar la gracia de Dios. Debemos partir de la conciencia de la presencia de Cristo entre nosotros. Es esta conciencia que debe estar en el origen de nuestras decisiones y nuestros proyectos. Todo lo demás viene después.

Les pido a todos ustedes para que me ayuden en este servicio.

A los laicos, las familias, hombres y mujeres religiosas que desempeñan un servicio tan importante en nuestra Iglesia, a los sacerdotes y obispos, y especialmente a los jóvenes, que son nuestro futuro, les pido que me apoyen y me acompañen. Les pido que me ayuden con la oración, en primer lugar, sino también, guiando juntos nuestra Iglesia a lo largo de la próxima jornada.

Deseo que los diferentes ambientes que componen nuestra Iglesia, una pero muy diversa, puedan colaborar cada vez más y mejor. En este respecto, escribí hace unos días a los sacerdotes del Patriarcado:

“La Iglesia de Jerusalén, es rica en iniciativas, incluso en instituciones de prestigio (pienso en los institutos teológicos y bíblicos, las Universidades de Belén y Madaba), institutos de religiosos y religiosas, de movimientos, de muchas escuelas que juegan un importante servicio, las cuales son un determinante pastoral tan deseado; tenemos relaciones únicas y especiales con las otras Iglesias cristianas, por no hablar de la necesidad de coordinación con las Iglesias orientales católicas; interrelación con los musulmanes y los judíos es nuestro pan de cada día, aunque nunca es fácil; la llegada de trabajadores extranjeros y refugiados tanto en Jordania y Tierra Santa, ha traído una nueva dinámica a nuestra Iglesia; en todos nuestros territorios se hace difícil de cuidar y estar al tanto de las familias, que cada vez se alejan de la Iglesia; la presencia de cientos de miles de peregrinos de todo el mundo, nos pone en contacto con la Iglesia universal que, en Jerusalén, como en el día de Pentecostés, continúa a reunirnos; tampoco podemos, por otra parte, ignorar que estamos en la tierra donde se escribió y se cumplió la Palabra de Dios”.

Bueno, para mí, ser Iglesia significa que todos se sientan parte de un solo cuerpo y participantes entre sí. Espero que este sentimiento sea compartido por ustedes.

Quiero ser obispo de todos y para todos. Y espero la plena cooperación de todos.

Les agradezco por haberme acompañado en este momento con sus oraciones y ayuda. He vivido momentos muy bellos e intensos que me han confortado y consolado. Ustedes han sido el consuelo de Dios en estos últimos meses.

Que Dios sostenga nuestro camino hacia Él, que abra nuestros ojos a los que sufren en esta tierra y sus habitantes y nos haga capaces de consuelo y alivio.

Mis oraciones y bendiciones van para todos ustedes.

+ Pierbattista

Versión original en italiano.

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