Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: 1er. Domingo de Adviento, año C, 2021

Published: November 25 Thu, 2021

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28 de noviembre de 2021

1er. Domingo de Adviento, año C

Este domingo empezamos un nuevo año litúrgico, en el que el Evangelio de Lucas acompañará nuestro camino de conocimiento del Señor y de crecimiento de nuestra fe.

Este año reviviremos todos los misterios de la vida de Cristo, para que su vida tenga lugar siempre más en la nuestra, hasta que sea cada vez más nuestra. Como cada año, nuestro viaje comienza con el tiempo de Adviento. Es un tiempo en el que, paso a paso, nos acercamos al encuentro con el Señor que se manifiesta en la carne.

Es un acontecimiento que Dios mismo ha preparado a lo largo de los siglos. Entramos así en esta larga preparación.

El pasaje que escuchamos hoy es del capítulo 21 del Evangelio de Lucas. Éste es el capítulo que precede directamente a la historia de la Pasión; como en los demás evangelios sinópticos, el de Lucas presenta, en este momento de la vida de Jesús, un discurso “escatológico” donde más bien Jesús parece estar reflexionando sobre los últimos días y sobre el regreso del Señor. Y esto sólo significa que el Misterio Pascual es la luz real desde el que podemos mirar el significado de la historia.

El pasaje se divide en dos partes. Veremos un punto de reflexión para cada uno de ellos.

En la primera parte (Lc 21,25-28), es posible ver con cierta claridad el camino de la historia del hombre. ¿Cómo es ese camino? Dos elementos podrían ilustrarnos.

En primer lugar, existe un tiempo desconcertante de miedo y dolor. Podríamos decir que este tiempo no es distinto a la vida normal de la gente. Nuestra vida está a menudo formada por esta dolorosa realidad. Es el tiempo de la vida visto como un calvario: el tiempo de la precariedad, de las elecciones a tomar, de las etapas pendientes, en definitiva, un tiempo de transformación.

Pero lo más importante que dice Jesús es precisamente que esta historia sigue hasta su fin. Podríamos decir que esta historia es como una semilla, que lleva dentro de lo que tiende y para lo que está hecha.

Sin embargo, la historia no va hacia un final que sería la anulación de todo. No va hacia el caos, ni hacia la muerte. La historia apunta al encuentro con el Señor.

Ésta es realmente la gran noticia que nos da el Evangelio de hoy: el Señor viene (Lc 21,27). A medida que la historia avanza hacia el final, el Señor sale a encontrarnos y entra en la historia.

La segunda parte de nuestro pasaje evangélico nos permite entender que esta venida del Señor será percibida y experimentada de distintas formas. Para algunos será como un engaño (Lc 21,35) y para otros una liberación (Lc 21,28).

Un engaño  es algo que ocurre de forma inesperada. Y para algunos la venida del Señor será como algo inesperado que ocurre cuando nadie se lo espera, porque ya está ocupado con tantas ocupaciones. Entonces fue un evento que ni podíamos imaginar.

Esto nos muestra que existe la posibilidad de vivir toda una vida sin saber que esa vida tiene sentido precisamente el día del encuentro con el Señor, sin conocer este encuentro como algo que ya pasó, y que se renueva todos los días. Sin saber que, algún día, tal encuentro se cumplirá definitivamente y este cumplimiento no será distinto al que, día tras día, se ha vivido: un encuentro con el Señor.

Si este encuentro no se produce, no es de extrañar que la vida se vea cargada de disipación, embriaguez y tristeza (Lc 21,34). Ésta es la situación de quien no tiene ningún otro horizonte para su propia vida, si no el momento presente. Y quien, por tanto, debe encontrar múltiples maneras de llenar el vacío y huir de la soledad. Ésta es la situación de alguien que no ha estado nunca en su vida "ante el Hijo del hombre" (Lc 21,36). Y no está realmente seguro de que al final aprenderá a hacerlo. Porque la vida nos es dada para aprender este arte, el de estar con el Señor.

Para los demás, en cambio, la venida del Señor será una liberación, la liberación definitiva de la soledad. Éste será el momento en que el hombre verá que esta salvación en la que ha creído y puesto su esperanza, se consigue realmente y cumple todo lo que ha sido su vida.

Lo que marca la diferencia entre todas estas cuestiones distintas a la existencia humana no dependerá tanto de una cuestión moral, de una observancia de la Ley o de una cierta perfección moral. Dependerá de la capacidad de vigilancia (Lc 21,34-36). Es realmente esta forma de estar en el mundo la que caracteriza la vida de quien sabe que este mundo no lo es todo, y por tanto espera otra cosa. Es el comportamiento de aquél que permanece abierto, de aquél que no cumple su propia vida, que deja constantemente un lugar libre en él, para poder maravillar y acoger. Es la actitud de quien espera algo nuevo y que lo vive sabiendo que está allí donde empieza lo nuevo.

Paralelamente a la vigilancia, Jesús evoca la oración (Lc 21,35): sólo velamos rezando, y no oramos si nos dormimos, como los discípulos de Getsemaní. Porque la oración es la posibilidad real de vivir tu vida sin huir, sin perderte ante la dificultad o el dolor.

A menudo pensamos en la oración como una forma de cambiar nuestra existencia, como un mundo alternativo y algo mágico, en el que nos refugiamos cuando la vida se hace demasiado difícil.

En realidad, la oración es exactamente lo contrario. Es recibir del Señor la fuerza para mantenernos dentro de lo que está pasando, sabiendo que no estamos solos. Todo puede desaparecer, pero la presencia del Señor se mantiene.

+Pierbattista