Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año B, 2021

Published: September 24 Fri, 2021

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26 de septiembre de 2021

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año B

El domingo pasado vimos de cerca una de las tentaciones que se alojan en el corazón de los discípulos: la tentación del poder, de querer ser considerado grande, de ser el primero (Mc 9,34).

En el pasaje del Evangelio de hoy encontramos otro: es la tentación no solo de ser los primeros, sino de ser los únicos.

En el viaje a Jerusalén, mientras Jesús instruye a sus seguidores sobre el misterio de su pasión y muerte, los discípulos ven que alguien ejerce un poder en el nombre de Jesús y quieren detenerlo.

La motivación es importante: "Maestro, vimos a uno que echaba fuera demonios en tu nombre y quisimos impedirlo, porque no nos seguía" (Mc 9,38).

Por tanto, lo que molesta a los discípulos es que este hombre que expulsa demonios no los siguiera; quienes, por tanto, no reconociera su autoridad, no les pidiera autorización.

Al responder, Jesús cambia inmediatamente el centro de gravedad de lo siguiente y lo vuelve a colocar en su lugar: seguir a los discípulos no es seguir a los discípulos, sino seguir, junto con los discípulos, al único Maestro; nadie puede ponerse en su lugar, ni siquiera los que presumen haber llegado primero.

Cualquiera, por tanto, es bienvenido, y la única puerta de entrada para pertenecer al grupo de discípulos es vivir en el nombre de Jesús, única razón de ser, única referencia para los que le siguen. Y es sólo a su alrededor que el grupo de discípulos puede encontrar unidad y cohesión.

El pasaje de hoy prosigue con otros dos elementos: el primero vinculado a la acogida (Mc 9,41) y el segundo al escándalo (Mc 9,42-48).

La pregunta que nos hacemos es preguntarnos si existe una conexión entre estas tres partes, o si son proverbios de Jesús recogidos aquí por el evangelista Marcos.

Una pista nos puede venir de la palabra “prevenir”, que en la primera parte vuelve dos veces: los discípulos sienten que tienen el derecho de prevenir, de poner una barrera, un obstáculo. Es una actitud que se asemeja mucho al reproche de Jesús a los fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; para que no entréis en ella, ni dejéis entrar en ella ni a los que quieran ”(Mt 23, 13). A veces sucede que quien debe actuar como guía, favorecer el camino para entrar en el Reino, es en cambio quien lo impide.

Pues bien, el término escándalo, que encontramos repetido varias veces en la tercera parte del Evangelio, es exactamente esta actitud: el escándalo es el impedimento, el obstáculo, el tropiezo; lo que me pone en el camino y me impide caminar.

Y lo que corre el riesgo de entorpecer el camino de los pequeños, de los que se acercan a la comunidad de discípulos, no es tanto el límite que encuentran en la comunidad, ni siquiera el pecado, sino este abuso de poder, esta presunción de poder decir quién está adentro y quien está afuera.

En resumen, los discípulos están escandalizados y resentidos por estas personas que usan el nombre de Jesús desde fuera; pero no se dan cuenta de que así ellos mismos se convierten en un escándalo para quienes, desde fuera, quisieran entrar en el interior, esperando encontrar allí acogida e igualdad.

Por tanto, el discípulo necesita una nueva mirada: la mirada de quien sabe ver incluso en un pequeño gesto de acogida - como el regalo de un vaso de agua hecho a alguien que pertenece a Cristo - la presencia del Reino (Mc 9,41): se necesita muy poco para pertenecer a Cristo.

Habrá, pues, que vigilar los ojos, las manos, los pies (Mc 9, 43-47), es decir, toda la vida: para que esté lejos del escándalo, curada de la imposibilidad de ver la presencia del Reino, de la tentación de obstruir su camino.

Manos, pies, ojos… tienen sentido si señalan a Jesús como el único maestro a seguir y amar. De lo contrario, no tienen ninguna razón para existir y es mejor que no existan. Hay algo que viene primero y no somos nosotros.

La tentación, por el contrario, de usar el nombre de Jesús para usurpar el poder de decidir quién es digno de su nombre, paradójicamente nos saca del grupo, nos hace extraños al Señor, nos aleja de ese nuevo estilo de vida que Él tiene,  estar entre nosotros, el de no tener otro poder que el de vaciarse por amor a la vida de cada pequeño.

Para subir a Jerusalén junto con el Señor, por lo tanto, será necesario dar un paso más: es decir, comenzar a considerarnos hermanos junto a otros hermanos, todos igualmente en el camino por la gracia y la misericordia de Aquel que, en la cruz, dará su vida por todos. Y que todos en la comunidad tengan su propia forma de vivir en Su Nombre.

+ Pierbattista