Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa:XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, año B, 2021

Published: October 28 Thu, 2021

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31 de octubre de 2021

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, año B

El domingo pasado vimos a Jesús a la entrada de Jericó donde se encontró y curó a Bartimeo, quien luego lo siguió por el camino (Mc 10,46-52).

El contexto del pasaje de hoy es bastante diferente. Jesús sube a Jerusalén, hace su entrada solemne a la ciudad santa y entra en el templo (Mc 11,1-11). Allí se encuentra con diferentes grupos de escribas, fariseos, ancianos, saduceos, herodianos, todos los cuales le hacen preguntas que llevan a discusión.

La que escuchamos hoy es la tercera de esas diatribas. Surge de la pregunta de un escriba que, a diferencia de los demás interlocutores, parece ser un hombre de buena fe. No parece acercarse a Jesús para ponerlo en dificultades, sino para hablar con él. Es un hombre que escucha.

La pregunta que le hace a Jesús es una petición fundamental. Y este encuentro nos recuerda al que vimos hace unas semanas, entre Jesús y el joven rico. Este último buscaba lo esencial de la Ley, lo esencial de la vida (Mc 10,17-22). Y la petición de hoy es del mismo tenor: entre los muchos elementos que componen el universo religioso, que se relacionan con nuestra relación con Dios, ¿cuál es el más importante? ¿Cuál es el punto esencial sin el cual es imposible decir que nos hemos encontrado con el Señor?

La respuesta de Jesús es directa y sencilla, al igual que la pregunta que se hace es directa y sencilla.

En primer lugar, Jesús no inventa nada nuevo. Simplemente está citando las Escrituras, porque la respuesta a esa pregunta sobre la vida ya está ahí. Esta respuesta no tiene por qué ser inventada. No lo hacemos nosotros mismos. Debe ser reconocido. Y Jesús también lo recibe del Padre.

Es precisamente por eso que la primera actitud es escuchar.

Jesús cita la oración judía fundamental: el 'Sehma' (Dt 6,4). Y verdaderamente lo coloca en la base de una relación genuina con Dios. En otras palabras, no es posible tener una experiencia de Dios, no es posible tener una vida auténtica en plenitud, sin escuchar. la escucha es la puerta sin la cual es imposible entrar a la casa. Este es el fundamento para seguir a Cristo.

Escuchar significa precisamente pensar en uno mismo en relación y abrirse a los demás. Es salir de tu propia actitud individualista, de tu propia mentalidad reducida y entrar en la perspectiva de lo que me salva y que solo me puede dar otro. Escuchar es dar primacía a alguien más que no soy yo. Escuchar es acoger el don que no tengo y que me falta para vivir. Por eso un hombre se gana la vida con lo que escucha.

Escuchar es, por tanto, ya una actitud de fe. Si escuchamos, descubrimos que solo se necesita una cosa. Descubrimos que el Señor es uno, que es único y que podemos confiarle nuestras propias vidas.

Pero volvamos al joven rico que conocimos durante el último tramo del viaje de Jesús a Jerusalén. Había venido al encuentro de Jesús llamándolo "bueno" (Mc 10,17). Pero luego se fue muy triste porque tenía grandes “bienes” (Mc 10,22). Aquí es donde radica el problema de la fe: se trata de reconocer, no solo que Dios es bueno, sino que es el único bueno (Mc 10,18), el único bien. Solo entonces podremos empezar a seguirlo.

Pero, ¿qué estamos escuchando? ¿Qué está diciendo este Dios? Dios, que es uno, básicamente dice una sola cosa: la vida es amar. Dice que relacionarse con Él no es hacer otra cosa que amar. No se trata de un servicio, un deber o un sacrificio: no se trata de otra cosa que de amar.

Jesús cita dos pasajes del Antiguo Testamento, uno sobre el amor a Dios y el otro sobre el amor al prójimo. En la Biblia, estos son dos pasajes bastante separados. El primero se encuentra en el libro de Deuteronomio (6,4-5), el segundo en Levítico (19,18). Jesús, poniéndolos uno al lado del otro, hace una operación interesante.

De hecho, dice que Dios es único, pero que esto no es suficiente para amarlo. El escriba le preguntó por el primero de los mandamientos, pero Jesús responde que no puede ser este primero sin el segundo. Esta es la verdadera forma de amar a Dios, de honrarlo: es amar a los hermanos.

Pero también dice que no es posible amar al prójimo si antes no amamos a Dios y si no amamos a Dios con todo lo que somos. Ésta es la verdad profunda de nuestra fe.

El escriba ahora parece estar de acuerdo con las palabras de Jesús. Pero esto no es suficiente. De hecho, Jesús le alaba, pero le dice que todavía le falta algo. No está lejos del Reino, pero aún no está en él. Que le falta?

Echa de menos entrar y hacer lo que le había dicho al joven rico: dejar todo para seguir al bueno. Porque no basta con haber entendido: también entendemos muchas cosas, y eso no quiere decir que la vida cambie.

Más bien, cambia cuando obedecemos lo que reconocemos como lo único necesario; es decir, cuando amamos.

+Pierbattista