Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, año B, 2021

Published: November 05 Fri, 2021

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07 de noviembre de 2021

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, año B

El pasaje del Evangelio de hoy (Mc 12,38-44) tiene el trasfondo del templo, donde Jesús debe enseñar. Allí conoció a diferentes grupos de personas con las que entabló un diálogo. Y este diálogo a veces incluso se ha convertido en una verdadera diatriba.

Estamos al final del capítulo 12. El próximo capítulo verá el desarrollo del discurso escatológico y el próximo comenzará con el relato de la Pasión.

La escena que vemos hoy en nuestro pasaje, por tanto, és una especie de conclusión final. Ésta es la última imagen que Jesús nos deja de su enseñanza, y por eso es particularmente importante.

Pero en realidad, hay dos imágenes que se desarrollan en dos fotogramas yuxtapuestos.

El primero (Mc 12,38-40) está, por así decirlo, "ocupado" por personajes que necesitan mucho espacio. Sus comportamientos se refieren en gran medida a sí mismos: todo en ellos parece buscar admiración y elogio. Por eso aspiran a una alta visibilidad.

La segunda imagen revela otro personaje: una viuda pobre. No ocupa ningún lugar y nadie la ve excepto Jesús (Mc 12,41-44).

¿En qué se diferencian el primer grupo de personas y el segundo?

Una lectura clave bien podría provenir del lugar donde se desarrolla la escena: el templo. De hecho, es el lugar por excelencia en el que es posible encontrar a Dios; el lugar al que el hombre va a ver a Dios.

Y precisamente, parece que los escribas, presentes en este lugar, no ven a nadie. Están demasiado ocupados queriendo ser vistos. Todo lo que hacen, incluidas sus obras religiosas, no los lleva más allá de sí mismos. En el Evangelio según San Marcos, son el icono por excelencia del anti-discípulo.

La viuda, por el contrario, ve y ve solo una y única cosa. Su mirada sobre Dios es tan real, tan concreta, que le confía todo lo que tiene, toda su vida.

Lo hace con un gesto tan fuerte que parece absurdo. Este absurdo parece tener dos motivos.

¿Por qué darlo todo y seguir así sin nada de qué vivir? ¿Puede Dios realmente pedir esto? ¿Y por qué hacerlo en el templo y para el templo dado que, dos versículos después, Jesús dirá que de este templo no quedará piedra sobre piedra (Mc 13,2)?

Entonces esta mujer, ya pobre al principio, si le da lo que le queda, ¿no será aún más pobre? En realidad no lo es. Al darlo todo, esta mujer se vuelve rica. Porque cuando alguien ama y lo da todo por el otro, en el momento mismo de este regalo, no se siente empobrecido en absoluto. Al contrario, se siente enriquecido por esta relación en la que ha puesto todo su ser, se encuentra plenamente en el don que ha hecho. Es lo que damos lo que nos hace ricos.

Y esta lógica es algo que nunca termina, que nunca pasa. El templo pasa y de hecho será destruido. Pero la relación en la que esta mujer ha puesto todo su amor permanece. Y esa es una relación real porque no existe una relación real si toda nuestra vida no se desarrolla en ella como esta mujer entendió bien.

Los escribas, en su relación con Dios, juegan solo con la apariencia, mientras que la mujer juega con toda la sustancia.

Es simplemente la lógica del Evangelio, aquello por lo que sólo los que pierden la vida la encuentran en plenitud.

Es una lógica que el Evangelio de Marcos, paso a paso, nos ha dado a conocer al sumergirnos en él. Y ahora, momentos antes de la Pasión, Jesús ve esta lógica encarnada en una mujer viuda y pobre.

Y su presencia marca el amanecer del propicio momento. Invita a Jesús a entrar con confianza en este misterio de la muerte, porque todo lo que perderá por amor lo encontrará en plenitud.

Esto es todo lo contrario de la lógica de los escribas. Quien ponga su ganancia en ser admirado terminará como el templo: desolación, inutilidad y finalmente sin vida.

Pero entonces surge una última pregunta: ¿qué vio la mujer para hacer este gesto?

Me parece que es posible decir que esta mujer vio lo esencial de Dios. Y más precisamente, sin duda vio que Dios es un don de uno mismo, hasta el final. Es un don infinito de sí mismo, desaprovechado, gratuito y sin cálculo. Entonces, la única forma de encontrarlo es entregarse a Él. Este es el único intercambio permitido en el templo, el único para el que la existencia del templo es significativa. Y este significado se cumplirá en el nuevo templo, es decir, en el cuerpo del Señor entregado por todos.

También hay un conjunto de miradas en el Evangelio de hoy. Jesús nos invita a guardarnos (Mc 12,38) de quienes buscan nuestra mirada. Y al contrario, mirar (Mc 12,41-43) a quien no busca otra cosa que la mirada de Dios. Estos son verdaderamente los maestros que nos enseñan el camino de la vida.

Y para eso debemos tener ojos nuevos y curados, como los de Bartimeo (Mc 46,52). Sin esto nuestra mirada, enferma de egoísmo, corre el riesgo de no ver nada y de no comprender la lógica del amor. Se arriesga, de hecho, a juzgar estas lógicas absurdas según criterios puramente humanos.

+Pierbattista