Meditación de Mons. Pizzaballa: Domingo de Pentecostés 2020

Published: May 28 Thu, 2020

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31 de mayo de 2020

Domingo de Pentecostés

En esta fiesta de Pentecostés escuchamos el pasaje del Evangelio de Juan que nos lleva de regreso a la noche de Pascua (Jn 20, 19-23). De hecho, Jesús resucitado visita a sus discípulos encerrados en el Cenáculo, e inmediatamente les da su Espíritu, la vida nueva que ha recibido del Padre. Tan pronto como lo recibe, inmediatamente lo comparte con los suyos, porque precisamente por esta razón vino al mundo, por esto pasó por la muerte, llevando a plenitud la obra del Padre.

No solo esto, en el mismo momento en que el Resucitado dona su Espíritu a los discípulos, los envía inmediatamente a una misión, los habilita a ser sus testigos. Estos pocos versículos de Juan nos llevan al corazón de una vida nueva: la vida de misioneros y testigos.

En el centro de estos versículos se encuentra el don del Espíritu, que hace posible aquello que lo precede y lo que sigue después de él.

Lo que precede es precisamente la misión.

Si en los sinópticos, no se reserva un pequeño espacio para el envío de los discípulos en una misión, y se describe ampliamente cómo debe llevarse a cabo esta misión (no lleven nada para el viaje, sin alforjas, sin doble túnica, sin bastón, etc.), aquí todo se resume en una frase y, aún más, se resume en este "cómo": "Como el Padre me envió, yo también te envío" (Jn 20,21).

Juan no siente la necesidad de escribir nada sobre las modalidades de la misión: le basta el cómo.

La misión de los discípulos debe ser como la del Hijo, debe tener sus propias actitudes, sus propios sentimientos, sus mismas intenciones, su propio pensamiento. Y para Juan, esto se puede resumir en una sola obra de Jesús, la que él pone en el corazón de la última cena, es decir el lavatorio de los pies.

Lo que sigue al don del Espíritu es la invitación por parte del Resucitado a ir y perdonar los pecados (Jn 20, 23): esta es la única sustancia de la misión que el Evangelista Juan se apresura en recordar.

Podríamos decir que, el aliento que Jesús sopla sobre los discípulos comunicándoles el Espíritu, es como un nuevo gesto creativo, como aquel aliento vital que al principio de los tiempos, Dios había infundido en el ser humano (cf. Gen 2,7).

Pero aquí, la vida que recibe el hombre es la vida misma de Dios, la vida del Resucitado, capaz de vencer la muerte y el pecado.

Es una vida nueva, reconciliada con Dios en la muerte de Cristo, una vida perdonada y, por lo tanto, capaz de perdonar.

El contenido de la misión no puede ser otro que este, el de la misericordia ilimitada que Dios ha revelado en la cruz para todos. Porque la única forma de vencer el mal es el perdón.

Por esta razón, el perdón es la gran proclamación del Reino: la misión de los discípulos, que participa en la única misión de Cristo, y solo puede ser el anuncio de que Dios nos perdona, que Dios precede nuestro mal, no juzgándonos, no castigándonos, sino perdonándonos, es decir, ofreciendo cada vez un nuevo comienzo.

Es por eso que, es un gran anuncio de esperanza, el único y verdadero anuncio de esperanza.

Porque "Dios no envió al Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3, 17) y la Iglesia como cada creyente, son enviados con el mismo propósito, son enviados como Jesús

Y si el lugar del perdón de Jesús es la cruz, si es ese el espacio de no juicio, de no condenación, entonces solo puede ser así para todos sus discípulos. Perdonar de alguna manera significa subir a la cruz por el otro, estar allí donde el mal ha sido frenado.

No hay perdón que no pase por ahí, pero no hay testimonio cristiano que no pase por ahí.

Y, no hay comunidad cristiana, no hay comunión que no pase por la cruz, por este paso estrecho que da la vida, como lo hizo Jesús por nosotros.

La misión de la Iglesia, su rostro, dependerá en gran medida de esto, de este acceder de cada uno a esa nueva vida recreada por el Espíritu en el perdón incondicional de Cristo, y por eso, llamada a compartir el don recibido.

+Pierbttista