Meditación de Mons. Pizzaballa: II Domingo de Pascua, Año A, 2020

Published: April 16 Thu, 2020

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19 abril 2020

II Domingo de Pascua

En el pasaje del Evangelio de hoy encontramos a los discípulos encerrados en el Cenáculo.

El evangelista Juan subraya claramente en dos ocasiones (Jn 20, 19.26) que las puertas del lugar estaban cerradas. En el versículo 19 había aclarado también el motivo de este encierro: el miedo.

Los discípulos entonces, tienen miedo y sabemos que el miedo bloquea. Pero el miedo no era el único motivo. El otro motivo era que los discípulos en realidad, se habían encerrado porque no esperaban a nadie. Después de la muerte de Jesús todo para ellos había terminado y no había nada más que esperar. De alguna manera, era como si estuvieran encerrados en el sepulcro, propiamente como Jesús días antes lo había estado.

Es propiamente ahí que Jesús va, Jesús entra. Habíamos dicho en el domingo de Ramos que el estilo de Dios es el de visitar, el de entrar en la vida, de traer vida nueva. He aquí que el Resucitado continúa a visitar, así como lo había hecho infinitas veces antes de su pasión y muerte.

Y visita a pesar de que el hombre no se espera más nada, cuando piensa que no puede suceder nada nuevo. Ahí el Señor viene. Visita a los que le pertenecen, encerrados en el sepulcro de sus miedos y restablece una relación, reabre un vínculo que se había interrumpido. Lo hace en modo particular, con el apóstol Tomás. Podemos decir que el amor del Señor por sus discípulos conoce modos y atenciones distintas, según la necesidad de cada uno. Y Co o Tomás estaba ausente la primera vez de su visita y además no logra creer, Jesús se dirige a él.

De este encuentro subrayados dos aspectos.

El primero es que este encuentro pasa a través del cuerpo: manos, pies, costado, llagas. Exactamente como antes de la pasión, Jesús encontraba a las personas en lo concreto del cuerpo -tocando y haciéndose tocar, acariciando, abrazando…- así, a Tomás el incrédulo, Jesús ofrece el propio cuerpo para tocar, para ver, para amar. Así como a través del cuerpo sabana las heridas de la enfermedad, así sana las heridas de Tomás, su incredulidad.

El segundo, es que después invita a Tomás a ir más allá del elemento físico. Jesús lo invita a tocar su cuerpo, pero no se nos dice cual gesto eligió hacer Tomás, en respuesta a la invitación de Jesús (Jn 20, 29). Pocos versículos antes, Jesús pide no entretenerme, no tocarlo (Jn 20, 17).

En ambos casos se trata de tocar en una forma nueva, de hacer experiencia de encuentro con Jesús en una forma distinta respecto a lo que estaban acostumbrados antes de Pascua. Jesús pide comenzar a partir de una fe renovada, capaz de no detenerse en el cuerpo crucificado, de aprender a tocar el cuerpo celestial y espiritual del Señor. Podemos decir que esta llamada en una relación de fe, tiene el objetivo de hacer salir a los apóstoles de su propio sepulcro, de sus miedos y desesperación.

Serán entonces capaces a  su vez de poder visitar, de alcanzar a la humanidad ahí donde están, en sus propias situaciones y hacer aquello que Jesús hizo con ellos: abrir los ojos a una nueva experiencia, hacer entrar un poco de luz. La primera comunidad cristiana nació de aquella experiencia de encuentro con el resucitado que les ha dado el Espíritu y los ha enviado fuera del Cenáculo. Y así, aquella pequeña iglesia, es capaz de tocar a su vez, las heridas de los pobres y de los crucificados de aquel tiempo y de todos los tiempos, sanar así, tantos cuerpos enfermos de soledad, de aislamiento de miedo.

Este Evangelio, este año, es más que actual. Porque por una parte, estamos marcados por la experiencia de no podernos tocar, saludarnos, abrazarnos. Por otra, estamos llamados a tocarnos de una nueva forma, más profunda, a partir de la común experiencia del Señor que nos visita dentro de nuestras situaciones de vida, toca nuestras heridas, nos abre a una conciencia de nosotros mismos como parte de un único Cuerpo.

+Pierbattista