Meditación de Mons. Pizzaballa: III Domingo de Pascua, Año A, 2020

Published: April 24 Fri, 2020

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26 de abril 2020

III Domingo de Pascua A

En los días que siguen de su resurrección de la muerte, Jesús se hace presente en la vida de sus discípulos, y los encuentra a todos imposibilitados de poder encontrarlo. Los evangelios subrayan su incredulidad.

Hemos visto en la semana pasada el ejemplo de Tomas, pero que en realidad es así para todos (Cfr. Mc 16, 11.13; Mt 28, 17…): Incluso para aquellos que eran cercanos y habían compartido con Jesús su vida pública, el encuentro con el Resucitado no es jamás un hecho dado.

Es por ello que Él pone en acto con ellos una forma de “estrategia” que permite hacerlos capaces de poder reconocerlo, y entonces capaces de entrar de nuevo en relación con Él; o mejor dicho, que los hace capaces de una nueva relación con Él. La resurrección se cumple completamente, de hecho, no sólo cuando Jesús sale vivo del sepulcro, sino cuando, vivo, reentra en la vida de los suyos, cuando en modo definitivo es de nuevo el corazón de la vida de cada creyente y de sus comunidades.

En los versículos del evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), que escuchamos en este día, vemos que Jesús restaura una mirada nueva con los suyos, una nueva capacidad de ver.

En los versículos 15-16 leemos de hecho que Jesús se acerca a ellos mientras están en camino, pero ellos no lo reconocen porque sus ojos estaban “impedidos”. El evangelista Lucas subraya que eran impedidos porque su mirada era triste (“Se detienen con el rostro triste” v.17), y es triste porque en la narración que ellos hacen de los hechos que han sucedido su inteligencia llega sólo hasta la muerte, no son capaces de ir más allá. Ya no esperan nada, creen que ya nada puede suceder. Es verdad que ellos hablan de algunas señales que van más allá de la muerte: las mujeres han ido a la tumba y no han encontrado el cuerpo, han tenido una visión de los ángeles (Lc 24, 22-23), pero… hay un “pero” que cierra a todo proseguir de la historia.

Entonces sucede que los discípulos se abren, nuevamente desean algo. Desean continuar a escuchar una historia dicha en una forma nueva que ellos solos no hubieran logrado hacer. El reconocimiento del Resucitado es gradual, y no sucede en este caso sin que los discípulos lo deseen o lo pidan.

Cuando el misterioso forastero, que de hecho muestra que debe proseguir solo su propio camino, muestra el querer dejarlos, pero ellos intuyen que la relación con este forastero no debe terminar. Aún no lo han reconocido, pero sin embargo han abierto el corazón al encuentro, se han abierto a algo más que a su propia historia, más allá de sus prospectivas. E insisten “quédate con nosotros” (Lc 24, 29).

Cuando Jesús cumple un gesto para ellos familiar, es entonces que finalmente abren los ojos, y que es aquel de partir el pan (Lc 24, 30-31). Nosotros nos hubiéramos esperado que al reconocerlo hubiera hecho en seguida un encuentro, un diálogo, pero sin embargo en cuanto lo han reconocido, Jesús desaparece de su vista (Lc 24, 31). Podemos decir que Jesús ha logrado su propósito que es aquel de donar una mirada nueva a los suyos, la capacidad de verlo dentro de la vida y dentro de la historia.

Ahora entonces su presencia “física” no es ya necesaria y Él puede dejarlos.

Cuando Jesús desaparece, reaparece la comunidad: Los dos discípulos de Emaús regresan a toda prisa a Jerusalén, es en la comunidad de discípulos que se reconstruye a partir de la común experiencia de haber encontrado a Aquel que de verdad está vivo y que está presente en la vida de los suyos.

+Pierbattista