Meditación de Mons. Pizzaballa: IV Domingo de Pascua, Año A, 2020

Published: April 29 Wed, 2020

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3 de mayo de 2020

IV Domingo de Pascua

La comparación del buen pastor, que encontramos en este capítulo décimo del Evangelio de Juan, es muy rica y articulada.

Jesús, de hecho no se compara sólo al pastor bueno, que tiene tantas referencias en distintos pasajes del antiguo testamento, sino que se compara también a la puerta, y utiliza más veces la imagen de la puerta en referencia al pastor, que entra en el redil desde la puerta.

Antes que nada, veamos que Jesús entra al redil desde la puerta (Jn 10, 1-3).

La puerta es aquello que crea una comunicación, un pasaje entre dos lugares que de otra manera quedarían aislados uno del otro. Y es imagen de la realidad humana después de la caída, después el drama del pecado: la humanidad se alejó de Dios, creó un mundo aparte , incapaz de comunicar con el mundo de Dios, incapaz de escuchar.

El versículo 6 habla precisamente de esto: “Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no entendieron lo que les quería decir”. Jesús habla, pero quien escucha no entiende, está como encerrado en un recinto en el cual nada puede entrar, nada logra hacer brecha, falta la puerta.

Jesús entra en este redil cerrado a través de su Encarnacion y de la Pascua. No permanece fuera de él y no entra por ninguna otra parte: se hace uno de nosotros, entra legítimamente en el mundo de los hombres, asume en todo nuestra historia, nuestra herida. Jesús vuelve a abrir la puerta.

Precisamente porque hace esto, se convierte él mismo en la puerta: se convierte en la nueva posibilidad ofrecida al hombre de salir de sí mismo, de ir más allá de la muerte. Porque sin esta puerta que es Jesús, el único modo para salir del redil hubiera sido la muerte.

La muerte se había ofrecido como alternativa al pastor, y el hombre la había escuchado, la había seguido. El salmo 49 describe bien la situación del hombre  que tiene como pastor la muerte: es la condición de quien confía en sí mismo o bien, de quien no conoce en quien confiar, otros a quien escuchar sino solo a sí mismo.

Para ellos, dice el salmo, no quedará nada, porque la muerte es aquel ladrón, aquel brigante que ha venido para robar, matar, destruir (Jn 10,8). Roba al hombre la vida y lo conduce consigo a la muerte, a la nada.

Jesús entrando en el redil de la humanidad destinada a muerte, enfrentando él mismo la muerte, al redil lleva la vida: el hombre ya no está más encerrado, es libre de entrar y de salir. Dice Jesús: “Yo soy la puerta; si uno entra por mi será salvado, entrará y saldrá y encontrará alimento” (Jn 10, 9). El hombre entonces, tiene ahora otra puerta que no va hacia la muerte sino hacia la vida, hacia la Vida misma de Dios.

Por esto y solo por esto Jesús es el pastor bueno, no solo porque entra, sino también porque sale y porque saliendo, lleva consigo a la humanidad. Podremos decir que con su Encarnación Jesús entra en el recinto de la humanidad, y con su Pascua lleva fuera a las ovejas, las conduce más allá, abre para ellas una puerta hacia la vida.

¿Cómo es posible seguirlo? ¿Qué significa entrar por la puerta en la que él se ha convertido? ¿Qué significa seguirlo a él como Pastor? ¿Cómo ser personas libres de entrar y salir de esta puerta?

La puerta que nos hace acceder a todo esto es el Bautismo, nuestra inmersión en la vida misma del Señor. Se trata entonces de vivir  la vida del Bautismo, aquello que el Bautismo significa, es decir, sumergirse en la Muerte y en la Vida de Jesús.

No existe otra puerta más que esta, el estar inmersos continuamente en la Pascua, dejando que aquello que es viejo muera, para que resurja la humanidad nueva, aquella hecha a imagen del Señor, nuevamente capaz, por gracia, de escuchar su Voz,de dialogar con él, de obedecer a su deseo de vida para todos.