Meditación de Mons. Pizzaballa para el VII Domingo de Pascua, 2020

Published: May 20 Wed, 2020

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24 de mayo de 2020

VII Domingo de Pascua

Este último domingo de tiempo pascual nos hace leer un pasaje del capítulo décimo séptimo  del Evangelio de Juan, donde, después de haber hablado por largo tiempo con sus discípulos, después de haberles abierto el corazón, ahora Jesús se dirige  directamente al Padre: es la larga oración de Jesús llamada “sacerdotal”.

Es al Padre que Jesús encomienda aquello que tiene por más valioso: su misión entre los hombres, que ahora está por atravesar el drama de la muerte y de la derrota, para que todo sea cumplido y Jesús pueda así dar a todos la vida eterna.

Después, al Padre, Jesús confía sus discípulos, sus amigos, aquellos que lo han escuchado y recibido. Y ora no sólo por ellos, sino también por todos aquellos que en el futuro creerán en él y recibirán de él el don de la nueva vida.

El Padre le ha confiado a todos ellos “eran tuyos y tú me los has dado” (Jn 17, 6) para que él los colmara de vida, conduciéndolos al conocimiento pleno del rostro de Dios. Y ahora que Jesús está por llevar a cumplimiento esta misión, puede restituir todo al Padre del cual todo proviene: es momento de que el Padre proteja esta obra.

La oración de Jesús inicia con una petición que a nosotros parece extraña: “Padre, glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti” (Jn 17, 1) y esta petición se repite varias veces a lo largo del texto.

Se necesita entender que está pidiendo Jesús, de cual gloria está pidiendo ser glorificado: ya que no se trata de una gloria como la entendemos nosotros.

En el Evangelio de Mateo (20, 20-28) y de  Marcos (10,35-45) encontramos un episodio de la vida de Jesús y de sus discípulos que nos pueden ayudar a entender.

Juan y Santiago piden a Jesús de sentarse uno a derecha y otro a izquierda de su reino: su petición refleja una idea de gloria muy humana y mundana. Una idea según la cual correspondería a poder, fama, suceso y grandeza. Y Jesús no pierde la ocasión ya desde ese momento para explicar que esta no es la verdadera gloria.

Y más veces repetirá a los discípulos que de vez en cuando perderán tiempo en preguntarse quién de ellos es el más grande (cfr Lc 22,24), que la gloria verdadera es de quien sirve, de quien toma el último lugar, de quien da la vida sin tener nada para sí.

¿Por qué? Porque la gloria no es otra cosa que todo aquello que manifiesta Dios a los hombres, y el Dios de Jesús ha decidido manifestarse dentro de cada gesto humilde de amor pues él mismo es amor y humildad.

No se manifestará entonces en la riqueza, el en poder, en el dominio sino en caga gesto de abajamiento, en cada momento de gratuidad.

No se puede entonces obtener por sí solo la gloria, acumulando bienes y triunfos. En el Evangelio de Juan Jesús es muy duro con quien rechaza creerle, con quien no quiere “ir tras él para tener la vida” (Jn 5, 40): “la gloria no la recibo de los hombres… y cómo pueden creer ustedes que aceptan la gloria unos de otros y no buscan la gloria que viene del único Dios” (5,41.44). También ellos como Juan y Santiago buscan la gloria y una gloria terrena “unos de los otros”. Pero es propiamente esta búsqueda errónea que impide creer en Él, que impide acoger la verdadera gloria de Dios, manifestada en las obras de Cristo, en aquella paradoja que consiste en perderlo todo.

Es entonces que la gloria humana divide y aleja de Dios, y nos divide y aleja también de nosotros: en el episodio de Juan y Santiago, el resultado de su petición es la discordia con los otros discípulos, escandalizados. Por el contrario la gloria que Jesús pide al Padre, tiene como resultado último la unidad de los discípulos, pues la gloria de Cristo llega a su cumplimiento exactamente en el hacer de los suyos una sola cosa, como Jesús y el Padre son una sola cosa (Jn 17,11.21).

Ahora nos es más fácil entender qué significa esta petición que esta al inicio de la larga oración de Jesús: en este momento decisivo, Jesús pide poder revelar completamente al Padre.

Lo hará en la cruz, que es la más grande teofanía, el lugar paradójico donde más resplandece el Verdadero Rostro de Dios: no podremos conocer al Padre si Jesús no nos lo hubiese revelado en su Pasión.

Todo lo que queda de la oración no será otra cosa que un abalanzarse en la vida de este único deseo, de esta grande pasión del Señor: revelando al Padre sobre la cruz, Jesús dará a los hombres la vida eterna (Jn 17, 2), dará la posibilidad de conocer a Dios, de creer en Él, de escoger pertenecerle.

Así la gloria de Jesús se reflejará también en nosotros, y esta será la última verdad de nuestra vida, nuestra verdadera grandeza, más allá de cada suceso o fracaso, dentro de cada riqueza y cada pobreza.

+Pierbattista