Meditación de Mons. Pizzaballa: XII Domingo del Tiempo Ordinario, año A, 2020

Published: June 17 Wed, 2020

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21 de junio de 2020

XII Domingo del Tiempo Ordinario, año A

En los relatos de vocación del Antiguo Testamento, Dios siempre interviene en la vida de aquellos que está a punto de llamar con estas palabras: "no temas, no tengas miedo". 

No faltan las razones para tener miedo.

A veces los elegidos tendrán que enfrentarse a enemigos fuertes y violentos, dotados con medios suficientes. En otras ocasiones, el enemigo a enfrentar estará entre su propio pueblo, ese núcleo duro que no quiere escuchar las palabras del Señor, que presume saber por sí mismo, dónde encontrar aliados y salvación.

Y así los profetas serán, algunos más y otros menos: opuestos, a menudo ridiculizados, a veces encarcelados, a veces ejecutados. Este es el destino del profeta, el testigo, el que se encuentra entre todos los demás con un corazón recto, convertido al Señor.

Pero, ¿cómo puede un hombre simple, cargar -a veces durante toda su vida- el peso de esta soledad?

El Evangelio de hoy (Mt 10,26-33) nos habla de esto.

Y nos dice que el testigo está dentro de la incomprensión y la soledad libre de miedo. Y esto por al menos tres razones.

La primera es que porque el testigo no es el dueño del anuncio que hace, sino que es solo un siervo.

La palabra que anuncia es una palabra que escuchó por primera vez, que cambió su vida y que ahora transmite a los demás. Pero es una palabra que tiene su propia fuerza, su vitalidad, exactamente como una semilla.

Y, como una semilla, tiene la fuerza para revelarse, crecer y manifestarse.

El testigo es solo un siervo, que siembra en todas partes esta Palabra que no es suya, y cuya fuerza y ​​vitalidad solo puede atestiguar.

La segunda es que, si es cierto que el testigo no es el dueño de la palabra que anuncia, es igualmente cierto que nadie es dueño de la vida del testigo, que nadie tiene la última palabra sobre su vida. Podrán darle muerte (Mt 10, 28), pero no pueden matar su alma, no pueden quitarle el Espíritu.

 

El tercero es que la vida del testigo pertenece a Alguien que se preocupa por él, que se preocupa, que conoce su vida hasta el más mínimo detalle (Mt 10, 30) y no permitirá que su vida se pierda en la nada.

El testigo anunciará sobre todo esto: dirá con su vida la confianza que lo une a Aquel que lo cuida como un buen padre.

Su testimonio será tanto más efectivo cuanto más libre de miedo esté su corazón, cuanto más sepa cómo vivir una relación que lo mantiene con vida, incluso en situaciones adversas, que no faltarán.

Este pasaje del Evangelio se refiere a cada persona bautizada, a cada creyente.

Todos estamos llamados a anunciar en todas partes, todo aquello que Jesús dijo en su tiempo.

Y nadie se librará de la experiencia que ha acompañado a todos los profetas: la de la incomprensión y la soledad.

Sin embargo, este será el espacio de testimonio más auténtico, aquel en el que uno persevera no sobre la base de la propia fuerza, sino gracias a un vínculo de amor que representa la única seguridad verdadera, la que nunca falla.

+Pierbattista