Meditación de Mons. Pizzaballa: XIV Domingo del Tiempo Ordinario, año A, 2020

Published: July 02 Thu, 2020

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5 julio 2020

XIV Domingo del Tiempo Ordinario, año A

En el pasaje del Evangelio que escuchamos hoy (Mt 11, 25-30) encontramos un diálogo entre Jesús y el Padre: Él se dirige al Padre y le habla.

En los versículos anteriores, el Evangelista hace mención de dos rechazos a los que Jesús se enfrentó,  uno con relación a Juan el Bautista (Mt 11, 2-19) y el otro en contra de sus obras (Mt 11, 20-24).

Dentro de esta situación de rechazo, Jesús ora, y no es una oración de lamento, ni encontramos palabras de juicio y condena para aquellos que no lo reciben.

Se trata de una oración de alabanza, porque dentro de estos eventos Jesús lee el proyecto del Padre, su obra, la presencia del Reino que no se detiene ante el rechazo de los hombres.

¿Cuál es este plan de Dios?

El plan de Dios es el de revelarse a sí mismo.

Si Dios es amor, comunión, don de sí, su deseo solo puede ser el de darse a conocer y ser amado. No podría ser de otra manera, porque no hay amor que permanezca encerrado en sí mismo.

Con la encarnación de Jesús, este plan se lleva a cabo: ya no sucede solo que el Padre conoce al Hijo y el Hijo conoce al Padre (Mt 11,27), sino que este conocimiento mutuo, este intercambio de vida se abre a cualquiera que Jesús quiera revelar (Mt 11, 27). Jesús viene a revelar al Padre.

Según las palabras de Jesús, parecería que no todos son destinatarios de esta revelación, que alguien permanece excluido y que otros, son predilectos e introducidos en este espacio de vida.

Los primeros en entablar una relación con Dios son los pequeños, aquellos que como Jesús, saben cómo recibir el don.

Tienen una cierta armonía con Dios, una visión y una vida compartida: se entienden.

Por otro lado, aquellos que no se han despojado de su omnipotencia, aquellos que no necesitan nada, de alguna manera permanecen fuera de esta comunión de vida, permanecen prisioneros de lo que ya tienen, no se abren al deseo de nada más.

Por esta razón, cada situación de cansancio, pobreza, necesidad es el lugar privilegiado para encontrarse con Dios: la oración nace allí.

Y esto es lo que Jesús dice en la segunda parte del evangelio de hoy, en los versículos 28-30.

Aquí la oración ya no se dirige al Padre, sino a todo hombre que sufre en la tierra.

La invitación de Jesús está dirigida a ellos.

¿Cual?

La de seguir siendo pequeños y pobres. No es la invitación a hacerse poderoso y rico, sino a permanecer en la vida como Él es, con mansedumbre.

La invitación para ir a él, justo como él se dirigió al Padre para encontrar luz y descanso.

El descanso, en la Biblia, nunca es solo un descanso físico, porque lo que cansa al hombre no es tanto la fatiga, sino la soledad, deambular en la vida sin un objetivo y sin compañeros.

Lo que cansa al hombre son las energías que desperdiciamos, las guerras inútiles en las que nos involucramos para buscar la vida en el lugar equivocado.

El descanso, por lo tanto, es solo en el encuentro con Dios, en la relación con él.

En las palabras de hoy encontramos un eco de las Bienaventuranzas: en el Espíritu, Jesús ve que en los pobres, en los excluidos, en los afligidos, está presente el Reino de Dios, y es allí que el Padre se revela.

No en las alturas del éxito y el poder, sino en las bases de la fragilidad humana, donde ella se abre para convertirse en oración, para acoger una presencia, para escuchar una palabra que nos llama bienaventurados justo cuando nos parece lo contrario.

Esta es la paradoja del Evangelio.

+Pierbattista