Meditación de Mons. Pizzaballa: XV Domingo del Tiempo Ordinario, año A, 2020

Published: July 09 Thu, 2020

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12 de julio del 2020

XV Domingo del Tiempo Ordinario, año A

El pasaje del Evangelio que leemos en este 15º domingo del tiempo ordinario (Mt 13,1-23) es la primera de las siete parábolas que el evangelista Mateo presenta en un discurso en el que Jesús cuenta una serie de parábolas que tienen como tema el Reino de Dios.
Es una parábola bien conocida, y solo en apariencia simple.

Jesús sale de la casa y sube a un bote, desde el cual predica a la gran multitud que se reunió para escucharlo.

Habla de un sembrador que sale a sembrar y siembra su semilla en diferentes tipos de suelo, esta misma semilla no da fruto en todos los terrenos. Pero lo que cae en buen terreno, esto si da mucho fruto.
El sembrador, entonces salió (Mt 13,3), Jesús también salió (Mt 13,1); y como Jesús, antes de comenzar a hablar, no se preguntó cuánto entendería la gente, quién aceptaría su Palabra o no, sino que habló a todos, el sembrador hace lo mismo con su grano.

No teme perder el tiempo y la semilla, no economiza ni calcula. Curiosamente, no elige una buena tierra primero, no se limita a eso. Quizás, ni siquiera él sabe de antemano cuál será la buena tierra: en primer lugar, confía en la semilla, pero también confía en la tierra. Él sabe que para llegar a un buen terreno no tiene otra manera que sembrar en todas partes y se arriesga. Además, la semilla es abundante y es gratis.

Así es la Palabra de Dios: es para todos, y no se entrega a una audiencia exclusiva, a un grupo de élite.

Jesús dirige su Palabra a todos, incluso a aquellos que tendrán una actitud hostil hacia él, y su Palabra se convertirá en la acusación de su sentencia de muerte por parte de los fariseos y los jefes del pueblo. Aun así, Jesús no tuvo miedo de hablar con ellos. Justo cuando fue ejecutado, y su Palabra fue forzada a guardar silencio, allí la Palabra dijo su mensaje más alto, porque la Palabra tiene su fuerza misteriosa, que le viene de estar impregnada del Espíritu del Señor.

La Palabra no muere, e incluso cuando parece desperdiciada o perdida, conserva su misteriosa fecundidad.

Por lo tanto, el sembrador confía en la tierra, sabe que ciertamente habrá buena tierra, capaz de recibir la semilla, pero no se engaña: también sabe que su semilla se perderá, que no dará fruto.

Podemos encontrar, detrás de esta imagen, una preocupación que ha acompañado la vida de la Iglesia, desde el principio hasta la actualidad. Es la preocupación de aquellos que se preguntan por qué la Palabra de Dios no convence a todos, cómo es posible que alguien la rechace. En cambio, sucede solo porque es la Palabra de Dios: la Palabra no constriñe, no obliga, no se impone. Se revela y se ofrece, pero nunca lo hace con fuerza, con violencia. La suya es la lógica del amor, que se deja limitar por la libertad del otro.

Esta preocupación regresa en las palabras de los discípulos, en su pregunta a Jesús del por qué a algunos les habla en parábolas (Mt 13, 10): ¿lo hace para hacerse entender o no?

A esta pregunta, Jesús responde citando al profeta Isaías, que habla de un pueblo difícil de convertir, un pueblo cerrado, insensible e incapaz de abrirse a la revelación de Dios.

Y se hace evidente en este versículo, todo el drama de la historia bíblica, una historia en la que Dios siempre ha hablado, y una historia en la que el hombre siempre ha luchado por escuchar.
Detrás de esta imagen me parece que hay una invitación oculta: toda la parábola, y básicamente todo el capítulo 13, está construido sobre una antítesis, entre discípulos y multitudes, entre hijos del Reino e hijos del maligno.

Y la preocupación de Jesús no es, como dijimos excluir a alguien, constituir una pequeña élite de los afortunados a quienes revelar misterios que para otros permanecen inaccesibles.

La preocupación de Jesús es invitar a todos a dar un paso, un salto, para abrirse a la escucha que los hace discípulos.
Todos tienen la oportunidad de convertirse en buena tierra, y este es el verdadero fruto de la Palabra.
Es solo una cuestión de acoger la Palabra que, cuando se profundiza, transforma la vida.
Y hacerlo con esa fe que deja de preocuparse (Mt 13,22) por sí, y ​​deja que Alguien más cuide de su existencia.

+PIerbattista