Meditación de Mons. Pizzaballa: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año A

Published: September 24 Thu, 2020

Meditación de Mons. Pizzaballa: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año A, 2020 Available in the following languages:

27 de septiembre de 2020

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año A

El contexto en el que se encuentra el pasaje evangélico de la liturgia de hoy (Mt 21, 28-32) es muy diferente al de los domingos pasados. Al comienzo de este capítulo, Mateo relata la entrada de Jesús en Jerusalén, con todo lo que le sigue: Entra en el templo y echa "a todos los que en el templo vendían y compraban" (Mt 21,12). La mañana siguiente volviendo a la ciudad, maldice el higo en el que no encontró fruto y el árbol se seca. 

Tras estos episodios, las autoridades judías se apresuran en preguntar con qué autoridad Jesús realiza estos gestos, y de aquí surge una discusión, en la que Jesús inicialmente cuenta tres parábolas: la primera es la que escuchamos hoy, la segunda es la de los trabajadores de la viña homicidas (Mt 21, 33-44), la tercera, de los invitados que no se presentan al banquete de bodas (Mt 22, 1-14).

El contexto es importante para poder profundizar en este pasaje, porque ahora estamos al final de la misión de Jesús, y el rechazo que los jefes, sacerdotes y fariseos tienen hacia él, ha crecido y se ha hecho evidente.

Las parábolas que Jesús les cuenta son un intento extremo, una oportunidad más para que ellos también se dejen tocar por la buena noticia del Reino; lo cual es imposible si no se conoce el propio corazón y lo que hay ahí.

¿Qué vive ahí? ¿Y qué se requiere para entrar al Reino?

En el corazón del hombre hay tanto un sí y un no. Hay aceptación y rechazo, hay bien y mal. 

En ambos casos relatados por Jesús en la parábola encontramos esta mezcla, esta ambigüedad. 

En ninguno de ellos hay sólo el sí, en ninguno de ellos sólo hay un no.

Pues bien, para entrar en el Reino, el primer paso es tomar conciencia de esta ambivalencia que allí vive. Es darse cuenta de que en nadie hay una fidelidad infalible, un sí fiel. 

No se entra en el Reino por la propia fidelidad; de hecho, como vimos en la parábola del domingo pasado, trabajar en la viña desde la primera hora no es garantía de un encuentro verdadero y definitivo con el Señor y con su salvación.

Entonces, ¿cuál es el camino? 

El camino está solo y totalmente en una palabra que Jesús repite dos veces en los versículos que hoy se relatan, es decir en la palabra: "arrepentirse" (Mt 21, 29.32). 

Hay un no inicial, con una motivación banal: no quiero. Y es un no dicho a un padre que, como cualquier padre, sólo puede pedir porque dio tanto al principio. 

Pero lo importante es este arrepentimiento.

La parábola no dice cómo este arrepentimiento nació, solo dice que ha sucedido, porque después de todo, este arrepentimiento también es un don. Y es sólo a partir de este don que podemos dar el siguiente paso, el de intentar decir que sí, sabiendo que es algo para lo que nuestra fuerza por sí sola no es capaz.

Y es interesante que de las dos ocasiones en las que aparece el término "arrepentirse", la primera se refiere al hijo que inicialmente dice que no, y luego, de hecho, se arrepiente. El segundo, por otro lado, no se refiere a los recaudadores de impuestos y los pecadores, como la lógica lo quisiera o como esperaría el oyente de la parábola. No se refiere a ellos, que Jesús de hecho cita en el versículo 32, sino a los propios interlocutores de Jesús, a los fariseos y jefes del pueblo. A aquellos que, al menos en apariencia, inmediatamente dijeron “sí” y que, por lo tanto, no necesitarían arrepentirse. 

Como si dijera que cualquiera que sea el punto de partida, se requiere de todos, el paso del arrepentimiento, de la conversión.

¿Pero arrepentirse de qué? 

No se trata necesariamente de arrepentirse de tal vez alguna falta grave, sino de volver a experimentar a Dios como misericordia, de llevar al corazón de la propia vida, la lógica de las bienaventuranzas, de entregarse al don del amor incondicional.

Dejar que este amor -como nos recordó la parábola del domingo pasado- sea entregado a todos, independientemente  del propio mérito.

Y tal vez, todo esto no suceda solo una vez en la vida, pues nunca se excluye del todo que podamos decir nuevamente que no para después arrepentirnos nuevamente.

+ Pierbattista