Meditación de Mons. Pizzaballa: XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, año A, 2020

Published: October 08 Thu, 2020

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11 de octubre de 2020

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, año A

El primer elemento que nos parece importante destacar en la parábola contada en el pasaje evangélico de hoy (Mt 22, 1-14) es que hablamos de un banquete de bodas, pero los protagonistas no son tanto los recién casados, sino los invitados: toda la parábola habla de ellos, de la preocupación de la que son objeto, de su comportamiento, de su rechazo o de su acogida a la invitación.

Junto a ellos, está el padre del novio, el rey, que tiene en su corazón la gran preocupación y deseo de que el banquete de bodas preparado para su hijo pueda animar a tanta gente como sea posible, que su casa esté abierta y se convierta en el hogar de los demás.

Organiza la fiesta, hace las invitaciones, manda llamar a los invitados, es él quien cambia el programa según los invitados que quisieron ir, se asegura de que la sala de fiesta esté llena, entra en el pasillo para ver a los comensales.

De los recién casados no se habla, y los protagonistas de esta boda son los invitados: la boda parece celebrada para ellos.

Los invitados pertenecen a dos grupos: hay un primer grupo más pequeño de personas conocidas y amigos. Y hay otro, extendido, al que simplemente todos los demás pertenecen.

El primer grupo por unanimidad, se niega a ir a aquellas bodas a las que había sido invitado durante algún tiempo, y se autoexcluye de la fiesta. 

Ninguno sale de su pequeño mundo, y cada uno fabrica excusas diferentes, movidos por el hecho de que no quieren renunciar a nada de sus programas, sus costumbres, no querer abrirse a una fiesta, a una mayor alegría.

Renuncian a su asistencia a estas Bodas para ir a trabajar, para permanecer en sus propias cosas, como si fueran más importantes para sus vidas.

No hacen nada malo, es sólo que siguen haciendo lo cotidiano, sin entender que ha llegado el tiempo de las nupcias, sin reconocer el gran don, la gran dignidad de ser invitados allí.

Y cuando el rey insiste, se molestan por su cuidado hasta el punto de eliminar a los encargados de traerles la invitación: con este rey, con este acontecimiento no quieren tener nada que hacer. Es decir, poder seguir haciendo lo que siempre se ha hecho, sin abrirse al cumplimiento del don, se convierte en una prioridad tan absoluta que todo lo que trata de proponer una y otra vez, debe ser eliminado.

Así que los invitados están invitados a la vida, pero nunca entran a la Boda.

Por este motivo, los destinatarios de la invitación cambian.

El rey no se rinde, no puede aceptar que todo lo que ha preparado se pierda, y simplemente amplía la lista de invitados. Y sucede entonces que a todos los demás, se les invitada a la boda.

El texto hace hincapié en este término dos veces: todos (Mt 22,9.10).

Si antes los invitados eran sólo unos pocos, ahora se convierten en todos, todos los que están por los caminos. 

Si los invitados cambian, también cambia el rostro de la boda, que ya no está reservada para pocos afortunados, sino que son las bodas de todos.

Esta fiesta cambia de cara, y se vuelve accesible ya no sólo para alguien, sino para todos.

El texto pretende aclarar quiénes conforman este segundo grupo de invitados, cuando el rey manda llamar a cualquiera que los siervos se encuentren en el camino: buenos y malos (Mt 22, 10).

Ellos, independientemente de su vida moral, independientemente de su fe, se vuelven dignos de participar en la boda, a diferencia del primer grupo:"La boda está preparada, perolos invitadosno eran dignos" Mt 22, 8

Por lo tanto, es simplemente digno quien acepta la invitación, que en lugar de persiguir sus objetivos, está abierto a la novedad del Reino que irrumpe.

Pero incluso para este último grupo hay un riesgo: así como para el primero grupo que quedó fuera de la fiesta, también les puede suceder a los segundos.

Están de hecho los que entran en la boda, pero no se adaptan al don recibido, los que no se dejan vestir y transformar por la belleza que se les da, los que no hacen de esta fiesta su vida, en realidad es como si permanecieran fuera y están destinados a salir.

Dios no nos llama porque somos buenos, pero al llamarnos, quiere hacernos buenos.

La negativa a participar en la boda por lo tanto, puede tener varias formas: la más obvia, de los primeros invitados, o la más sutil: de los que entraron sin el traje adecuado. Para ambos, no es sin consecuencias: los primeros son asesinados y sus ciudades son destruidas (Mt 22,7); el segundo es arrojado, a las tinieblas (Mt 22, 13)

No se trata sólo de asistir a una fiesta, se trata de entrar a la vida verdadera.

+Pierbattista