Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: Ascensión del Señor, Ciclo B, 2021

Published: May 13 Thu, 2021

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13 mayo 2021

Ascensión del Señor, Ciclo B

El Evangelio de Marcos se abre con un mensaje de salvación en el que se anuncia a todos que el Reino de Dios está cerca (Mc 1, 14-15).

El relato del Evangelio va narrando cómo, en Jesús, este anuncio se convierte en vida, se convierte en historia: Jesús se acerca a todos, ama en concreto, entra en los hogares del pueblo, en la vida cotidiana de las personas, los sana de la soledad, los salva de distancia de Dios, establece una relación. Entonces Jesús es entregado y llevado a la muerte, pero ni siquiera la muerte logra anular la esperanza puesta en la cercanía del Reino. Por el contrario, el Resucitado aún más es presencia, cercanía, posibilidad de una relación que se prolonga al infinito, en espacio y tiempo.

El Evangelio de Marcos concluye con el pasaje que se proclama hoy (Mc 16, 15-20): es la despedida de Jesús de los suyos, su regreso al Padre. Pero entonces, ¿cómo se reconcilia el comienzo del Evangelio con este final? ¿De qué manera el Reino de Dios está cerca, cuando el Señor deja esta tierra y regresa a la gloria? ¿El Reino de Dios todavía está cerca? ¿Cómo?

En realidad, el Reino de Dios se cumple precisamente en el momento en que Jesús regresa al Padre. Porque entonces la buena noticia se cumple, y es la noticia de que el regreso al Padre es también nuestro destino, nuestro viaje. Jesús no vino a nosotros solo para darnos una nueva forma de vida; sino para que esta nueva forma de vida redescubra el objetivo para el cual fue creado al principio, esto es el retorno al Padre.

Por lo tanto, la Ascensión no es solo el último misterio de la vida de Jesús en esta tierra, sino que también es el misterio de nuestra vida, el icono que dice la verdad sobre nosotros: estamos hechos para esta ascensión, para este regreso de nosotros mismos al padre. Toda la creación anhela solo esto, y el hombre es consciente de este destino, de este ofrecimiento.

El regreso de Jesús al Padre, por lo tanto, es su última enseñanza, su oferta definitiva de una vida nueva: no estamos destinados solo a una vida hermosa aquí abajo, a una vida nueva, pero encerrada en los límites del tiempo y el espacio. Desde ahora se nos llama a vivir en otros espacios y otros tiempos, a estar presentes en Dios y a Él en nosotros.

La buena noticia es que la tierra se ha convertido en el camino para este viaje: ya no es un obstáculo que hay que superar o evitar, ya no es un tiempo que hay que concluir en espera de lo que es verdadero. La tierra se convierte misteriosamente en el germen de la eternidad, su posibilidad a partir de ahora. Y lo es en el momento en que pasa de un repliegue sobre sí mismo a un movimiento de ascensión y de ofrecimiento, una ofrenda de sí mismo al Padre. Esta es la ascensión a la que estamos llamados. Sobre esta ofrenda, el Padre coloca su mirada y hace descender su Espíritu, que hace que la vida sea eterna.

Jesús regresa al Padre, pero permanece en medio de nosotros, donde cada hombre comienza a concebir su existencia de esta manera, en este nuevo movimiento de Vida.

Pero Jesús permanece en la tierra también de otra manera: permanece en sus discípulos, en su Iglesia, llamada a vivir y hacer exactamente lo que él hizo, para aparecer como el Reino de Dios que está cerca. Es por eso que deben ir y andar “por todo el mundo” y proclamar el Evangelio “a toda criatura” (Mc 16, 15).

No tienen que hacer muchas cosas, no tienen que realizar asuntos llamativos. Solo tienen que “creer” (Mc 16, 17), y entonces verán que su vida manifestará, de forma clara, la presencia del Señor: “el Señor actuaba junto con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban” (Mc 16, 20). No serán ellos quienes tengan que ofrecer signos, sino que serán los signos los que acompañarán su creer; ellos mismos serán un signo.

Serán un signo de Cristo, esto es de la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte: serán un signo de vida.

Es interesante que en los versículos que inmediatamente preceden a los que se leen hoy, tres veces el texto habla de la incredulidad de los discípulos (Mc 16,11.13.14): aquellos que son enviados a proclamar el Evangelio a todo el mundo (Mc 16:15); aquellos de quienes depende la salvación de tanta gente (Mc 16, 16), son ellos mismos los primeros en ser incrédulos y de corazón duro (Mc 16, 14).

Precisamente esto da esperanza: puede traer el Reino a sus hermanos solo quien han conocido la incredulidad, solo quien ha tenido contacto con su propia cerrazón, solo quien han experimentado que el Reino es verdaderamente gracia. El Reino de Dios se hace cercano no en la seguridad granítica de quien nunca han conocido la duda, sino en la mansedumbre de los gestos y palabras de quien sabe dejarse transformar por el poder del Evangelio.

+Pierbattista