Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: Domingo de Ramos, Ciclo B, 2021

Published: March 24 Wed, 2021

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28 marzo 2021

Domingo de Ramos, Ciclo B

En esta Cuaresma, la Palabra de Dios nos ha ido dejando señales en nuestro camino. Un camino que ha “derribado” nuestra imagen de Dios (Jn 2, 13-25); que luego nos condujo a alzar nuestra mirada para poder sanarnos de nuestra enfermedad mortal (Jn 3, 14-21); y finalmente, el domingo pasado, despertó en nosotros la atracción hacia el Señor Jesús, hacia su misterio de humillación y elevación (Jn 12, 20-33). Estamos ahora en el final de la Cuaresma, y hoy vemos a Jesús entrando a Jerusalén, donde todo tendrá su cumplimiento.

Esta es la única celebración eucarística en la que se leen dos pasajes del Evangelio. En uno se lee el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén y en el otro se lee el relato de la Pasión. Podemos tomar esto como una indicación para reflexionar en lo que celebramos hoy. Para nosotros que, como los griegos del domingo pasado, subimos a Jerusalén para la fiesta y pedimos ver a Jesús, la Liturgia nos ofrece estos dos pasajes. Tal como Jesús les mostró a los griegos acerca de su misterio de pasión y gloria, no se puede leer la entrada de Jesús a la ciudad santa sin que sea completado e iluminado por el relato de la Pascua, y viceversa. Esto indica que Jesús no entra como un rey cualquier o un triunfador. Su gloria no se parece a la de los poderosos de la tierra; su gloria es la de un rey que da vida, que ama a los suyos hasta el final, que no se ahorra en nada. Un rey que por los suyos acepta una muerte ignominiosa, convencido de que esta es la verdadera grandeza, la verdadera fuerza que cambia la vida, que trae la paz.

Jesús entra a Jerusalén como el Mesías esperado por Israel. Entra montado en un pollino, muchas personas van a su encuentro y lo reconocen como el que estaba esperando: “Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!»” (Mc 11, 8-10)

Pero ¿quién es el Mesías esperado por las generaciones por el pueblo de la Alianza?

Israel había recibido una llamada a vivir una relación especial con el Señor. Y de una manera particular, en el trascurso de la historia bíblica, surgieron tres tipos de personas que encarnaban esta vocación, y que ayudaron a Israel a vivirla de una manera cada vez más íntima y profunda. Se trata de los reyes, de los sacerdotes y de los profetas.

El rey había sido constituido para garantizar al pueblo la seguridad y la paz, la prosperidad y la justicia: lo que era “bueno a los ojos del Señor” (Cfr. 1 Reyes 15, 5), por lo que el rey debía sobre todo temer a Dios y no ocupar su lugar: el único rey verdadero fue siempre el Señor.

Los sacerdotes estaban encargados de “gestionar” la relación entre Dios y el pueblo, mediante la atención al culto: presentando sacrificios perfectos, el sacerdote se introducía en la presencia de Dios y obtenía para el pueblo su bendición y su perdón, la renovación de la Alianza.

Y, finalmente, los profetas eran los intérpretes de la voluntad de Dios en el presente, testigos de una sabiduría diferente, personas plenamente aferradas a Dios; generalmente personas incomprendidas, incluso mártires.

No es casualidad que, en tiempos de crisis, sean propiamente estas las figuras que desaparezcan, que dejen de realizar su función en favor del pueblo. Un ejemplo se encuentra en el profeta Daniel, que desde el fondo del horno confiesa su pecado y luego añade: “En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.” (Dn 3, 38). Faltan las figuras que están en la base de la identidad del pueblo de Israel, y es la catástrofe total.

Pues bien, en el tiempo de Jesús el pueblo tenía claro que sólo el Mesías habría cumplido plenamente esta vocación de la que todos los reyes, todos los profetas, y todos los sacerdotes habían sido precursores y figura: el Mesías inauguraría un tiempo nuevo, en el que la justicia de Dios cubriría la tierra, en el que la alianza entre Dios y su pueblo llegaría a ser perfecta y sin defectos, en la que todo serían santos.

Es así como Jesús entra a Jerusalén.

Como el verdadero Rey, que viene con mansedumbre para traer paz, que se entrega totalmente a sí mismo por su pueblo. No es un rey orgulloso, sino un rey manso y humilde que viene sólo a salvar.

Como el verdadero sacerdote, que inaugura el culto nuevo, la nueva y eterna alianza, no ofreciendo sacrificios de animales, sino ofreciéndose a sí mismo en el altar de la cruz.

Y finalmente viene como el verdadero profeta, el que está siempre en escucha y conoce la voluntad del Padre; que anuncia una lógica diferente que es un absurdo para aquellos que no creen, pero que es vida para todos los que le obedecen. Un profeta incluso él incomprendido y martirizado, inocente y sacrificado.

La profecía y la esperanza se cumplen en Jesús, y en Él se convierten en una promesa para todos: porque la vocación de ser reyes, profetas y sacerdotes es la vocación a una vida llena de amor, y es la vocación de todos. Es la vocación del nuevo pueblo que nacen al pie de la cruz, donde el Mesías ensalzado atrae a todos hacia sí (Jn 12, 32).

+Pierbattista