Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: II Domingo de Cuaresma, Ciclo B, 2021

Published: February 26 Fri, 2021

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28 febrero 2021

II Domingo de Cuaresma, Ciclo B

La Transfiguración forma parte del viaje de formación que Jesús está realizando con sus discípulos para hacerles comprender su verdadera misión mesiánica. Jesús, diríamos hoy, imparte a los discípulos una catequesis sobre su mesianismo y sobre la Pascua. De hecho, sólo seis días antes (Mc 9,2), Jesús les había hablado por primera vez de su muerte en la cruz que pronto sucedería en Jerusalén (Mc 8, 31). Después, les aclaró cuáles deben ser las condiciones que son necesarias para ser un digno discípulo que sigue a Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mc 8, 34).

Pero él no les habla solo sobre la cruz: porque esa sería incompleta. Sobre el Tabor, transfigurado y resplandeciente de gloria, Jesús habla a los discípulos también de la resurrección; y les anuncia, no con palabras sino con un evento de luz, que la cruz tiene como último resultado no un fracaso total, sino la transición a la gloria, a la vida del Padre. Ante la inminencia de la pasión, Jesús prepara a los discípulos y lo hace mostrándoles una anticipación de la gloria; para que no se escandalicen ante la cruz.

¿Pero basta con esto? ¿Esta catequesis de Jesús sobre la Pascua realmente ha conseguido una mayor comprensión por parte de los discípulos? ¿Evitará su escándalo, la traición, la negación, la huida, la vergüenza? ¿El recuerdo de la experiencia de Tabor les librará del miedo? No, en realidad no será así.

La Transfiguración, como el anuncio de la pasión, no sirve para evitar a los discípulos el escándalo de la cruz, no será una experiencia tan fuerte como para hacerlos capaces de estar con Jesús hasta el final. A pesar de los tres anuncios de la pasión, a pesar de la transfiguración, todos los discípulos experimentarán ante la cruz su incapacidad para seguir a su Maestro, su ser unos discípulos porque no han sabido negarse a sí mismos. Como bien sabemos, le traicionaran (Mc 14:43), huirán (Mc 14,50) e incluso le negaran (Mc 14,72).

Esto nos ofrece dos reflexiones adicionales.

La primera es que los discípulos, igual que no habían entendido el anuncio de la pasión, ahora, no entienden casi nada de la experiencia de la transfiguración (Mc 9, 6.10). Y no es porque sean particularmente torpes, sino porque en el itinerario de fe en el que los discípulos están realizando, hay algo que no puede comprender solo con las habilidades humanas; algo que va más allá de las categorías humanas que los discípulos poseen para interpretar la vida. No se puede entender la cruz, la Pascua, a través de una enseñanza como algo para estudiar, como si fuese una información que con escuchar un par de veces es suficiente para aprenderla. Para comprender completamente la Pascua, los discípulos tendrán que experimentar su propio fracaso, su propia incomprensión. Aunque, de alguna manera, fueron preparados durante su ministerio por los discursos de Jesús, sólo después de tomar conciencia de su fracaso y su traición, podrán volver a releer el camino realizado con Jesús y recordar todo con una nueva memoria, que cambia la vida, que da la clave de los acontecimientos. Pero sólo el Espíritu Santo puede lograr este cambio en los discípulos (Jn 14, 26), hasta el punto de grabar en su corazón el verdadero Rostro del Señor, el del crucificado y resucitado.

La segunda reflexión es que la transfiguración, que no sirve para conseguir la fidelidad de los discípulos, es un momento absolutamente excepcional en la vida de Jesús y en su relación con los suyos: Jesús les muestra estrictamente la Vida, muestra que la verdadera vida es una humanidad revestida de gloria, habitada por Dios. Esta vida es generada y dada por el Padre. Por eso, el Padre es quien interviene en este momento, sobre el Tabor, para poner su marca, para decir que esta vida plena y hermosa viene solo de Él. No hay transfiguración sin el Padre, porque la vida nueva que brilla en Jesús es la vida del hijo: “Este es mi Hijo el amado” (Mc 9, 7).

En la noche de Pascua, la Iglesia bautizará a niños y adultos, generará vida nueva en estos nuevos hijos: les dará vida, la que hoy vemos brillar en Jesús. Esta que la misma Iglesia ha recibido del costado traspasado del Señor, la de los hijos que saben impregnarse del amor. Y estos nuevos hijos serán revestidos con una vestimenta blanca, igual que Jesús sobre el Tabor.

Pedro, de lo que está sucediendo ante sus ojos, solo entiende una cosa: que es hermoso (Mc 9, 5), y le surge el deseo de estar allí, de quedarse allí. Sin embargo, el modo de permanecer allí no es hacer tres tiendas. El modo es indicado por el Padre: “Escuchadlo” (Mc 9, 7). “A él lo escucharéis” es la profecía que le prometía a Israel un nuevo Moisés (Dt 18, 15). Escuchar solo a él (Mc 9, 8), al Señor Jesús, es el camino de la nueva liberación, de la nueva y definitiva Pascua.

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