Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: II Domingo de Pascua, Ciclo B, 2021

Published: April 07 Wed, 2021

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11 abril 2021

II Domingo de Pascua, Ciclo B

Los capítulos del Evangelio de Juan que preceden al arresto de Jesús están ocupados por un largo diálogo entre Jesús y los suyos: son cinco capítulos, del 13 al 17, en los que se da a conocer la profunda relación que existe entre ellos. Jesús habla, comenta, expresa su experiencia, anuncia lo que va a suceder. Les habla del Padre, del Espíritu, pero también habla de cómo será la vida de los discípulos en el mundo, después de su partida. En resumen, un diálogo muy íntimo, que describe una intensa relación.

Después llega la muerte de Jesús, la cruz, y esta relación se ve interrumpida, este diálogo se hace mudo, no hay más palabras entre ellos: el Maestro cae en desgracia, y los discípulos se han dispersado. Apareciéndose a los suyos, después de la resurrección, por lo tanto, Jesús retoma pacientemente, gradualmente, de un modo nuevo la relación con los discípulos. De hecho, nos encontramos frente a una comunidad fragmentada: en el momento en que el Señor viene, alguien falta, la comunidad está incompleta. Por eso, el Señor vuelve, porque la comunidad es tal si todos experimentan la resurrección, todos se encuentran con el Señor, nadie está excluido. No es suficiente, por tanto, que otros lo comuniquen: esta experiencia solo puede ser personal; y una experiencia personal de fe no puede suceder, si no se da dentro de la comunidad, junto con otros que caminan conmigo en la fe.

Para comprender en qué consiste esta experiencia, hemos de recordad los Evangelios de la Cuaresma, donde Jesús ya nos había dicho que para creer se necesita ver: trayendo a la memoria el episodio de la serpiente en el desierto (Nm 21, 4-9, cf. IV domingo de Cuaresma) , donde se muestra que para sanarse del mal de la muerte,  se debe saber levantar la mirada para reconocer en el Hijo del Hombre crucificado el amor infinito del Padre, que nos alcanza donde estamos, en nuestra condición de muerte. La sanación es para todos, pero solo les alcanza a los que levantan la mirada, porque la sanación consiste la propia relación con el Señor que salva.

En el Evangelio de hoy sucede exactamente lo mismo. El Señor ha resucitado, y es vida y paz para todos. Pero solo aquellos que entran en contacto real con él pueden acceder a su propia vida resucitada.

Tomás tiene necesidad de pasar de la incredulidad a la fe: “no seas incrédulo, sino creyente“, le dice Jesús (Jn 20, 27). Pero este cambio no es posible sin tocar con sus propias manos, con su propia vida, las heridas del Resucitado, es decir, el misterio del amor que se realizó en la Pascua. Ese misterio de amor por el que el Señor, aunque, ha entregado la vida, y ahora está nuevamente vivo entre los suyos, porque el amor con el que ama no disminuye. Así como la relación entre Jesús y el Padre es una relación inquebrantable, también lo es entre Jesús y la suya: esta es la Pascua, y esto es lo que Tomás necesita ver, conocer, encontrar.

Por eso el Señor le ofrece sus heridas, que después de la resurrección no han desaparecido: el Resucitado es el que está vivo para poder amarnos siempre como crucificado, continúa entregando la vida por nosotros como cuando estaba en la cruz. Es una entrega continua y eterna.

Tener experiencia de Él precisa pasar por esas heridas, ya no solo mirándolas desde fuera, sino de alguna manera entrar en ellas: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20, 27), tocando la carne de su amor. El diálogo ahora pasa a través de esas heridas, memorial del amor crucificado y resucitado.

Cuando este contacto ocurre, entonces el Señor se convierte en mi Señor: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). En los Evangelios no faltan quienes reconocen que Jesús es el Hijo de Dios, y hay diferentes profesiones de fe: pero solo Tomás, después de ver las gloriosas yagas, puede decir que este Señor es su Señor, que este Dios es su Dios. Ahora que lo ha experimentado, ha redescubierto su relación con él.

Jesús dice que este tocar ya no se realiza por la vista, sino mediante la fe (Jn 20, 29), por esa experiencia de sentirse acogido dentro de Sus heridas. Y esto es posible para todos.

No ocurre una sola vez para toda la vida, porque la amistad precisa ser nutrida. Esta experiencia, en la Iglesia, tiene el ritmo del al octavo día, del domingo, donde el Señor de nuevo se aparece y nos recibe en sus heridas de amor: la celebración eucarística es el lugar del contacto, íntimo y fiel, donde la relación se vuelve familiaridad, confianza, familiaridad; donde cada cristiano, a la vez que sus hermanos, puede decir las mismas palabras de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”.

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