Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: III Domingo de Cuaresma, Ciclo B, 2021

Published: March 05 Fri, 2021

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7 marzo 2021

III Domingo de Cuaresma, Ciclo B

Después de haber iniciado la Cuaresma con el Evangelio de Marcos, hoy comenzamos a seguir hasta el Domingo de Ramos los pasajes del Evangelio de Juan. El relato de hoy (Jn 2, 13-25) cuenta el episodio cuando Jesús entra al templo, ve vendedores y cambiadores de dinero y los expulsa. Estamos en el comienzo del Evangelio (capítulo 2). Para entender mejor este episodio, comencemos desde más atrás.

Cada evangelista comienza su relato con un “vuelco”, con un evento o con unas palabras capaces de mostrar toda la novedad que están irrumpiendo en la historia. Todos los evangelistas ponen en la base de su narración algunos elementos comunes y que por eso se pueden considerar como fundamentales: las escrituras se han cumplido; el Reino de Dios está cerca; está comenzando un nuevo tiempo, en el cual Dios llegará la salvación gratuita a todos los pobres. Para entrar en este Reino, no se necesita otra cosa que convertirse, dejar una vieja forma de vivir la relación con Dios, para abrirse a un nuevo modelo de relación con Él.

Por ejemplo, Mateo, después de relatar la infancia, en la que el Mesías esperado por el pueblo judío también es adorado de los paganos, inicia la vida pública de Jesús con el gran discurso de la Montaña, una síntesis de toda la novedad de vida que los llamados al Reino pueden vivir desde ese momento en adelante.

Marcos narra que Jesús viene a habitar en medio de los hombres y anuncia que Dios está cerca.

Lucas, por su parte, cuenta los acontecimientos del nacimiento de Jesús, y con el Magnificat pone en boca de María el gran vuelco de la historia, que María ve con sus propios ojos en su misma carne (“ha derribado a los poderosos de los tronos, ha levantado a los humildes” Lc 1, 52). Y después del bautismo y las tentaciones, Jesús inicia su ministerio en Nazaret, donde un sábado entra a la sinagoga y pronuncia su discurso programático, que inmediatamente le crea gran hostilidad. Y en este discurso dice que se ha iniciado el año de gracia del Señor, un año de misericordia para todos, incluidos los últimos de la historia.

En Juan este “vuelco” es incluso físico, concreto, plástico. Este evento de la “purificación” del templo, que todos los sinópticos ponen al final del Evangelio, después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, Juan lo coloca aquí, al inicio. Después del encuentro con el Bautista y la llamada a los primeros discípulos, Jesús comienza su ministerio en dos lugares estratégicos: en Cana, en una casa donde se celebra una boda, y en el templo de Jerusalén. En Cana ofrece en abundancia el vino nuevo para la nueva alianza, de la que se cumple la hora. En el templo de Jerusalén, Jesús realiza un importante gesto simbólico: afirma que esa forma de celebrar el culto, con compraventa y dinero, no es un culto agradable a Dios, sino un mercado, una idolatría. Es mercado e idolatría cualquier relación con Dios, en la que se piensa que la salvación debe ser adquirida.

Jesús dice que este tiempo, este modelo de culto, ha terminado y comienza una nueva forma de vivir la fe: la revolución es completa, como las mesas de los cambistas que Jesús volcará en la tierra (Jn 2, 15). Se ha invertido la relación entre lo sagrado y lo profano, se invierte la imagen de Dios, se invierte el sentido del culto, del sacrificio y del templo, que se devuelve a su dimensión original de gratuidad.

En el gesto que Jesús realiza, hay una referencia al último versículo del Libro del profeta Zacarías (14, 21) en el que se habla de los tiempos mesiánicos como el tiempo en el que ” ya no habrá más un mercader en la casa del Señor de los ejércitos”. Por lo tanto, no es sorprendente que los líderes del pueblo pidan un signo (Jn 2, 18) que le dé a Jesús la legitimación de su comportamiento, considerado por ellos escandalosa.

¿Qué hace que sea legítima esta pretensión de Jesús de inaugurar un nuevo tiempo? Jesús responde hablando de su pasión. Esta ocurrirá para hacer definitivo el gesto de hoy, porque entonces su cuerpo glorioso, resucitado después de tres días de la destrucción (Jn 2, 19), será verdaderamente el nuevo templo, el nuevo lugar de encuentro entre Dios y el hombre, de cada ser humano.

Es normal que los líderes del pueblo y los fariseos no entiendan. Ni siquiera los discípulos entienden, y de esta forma se inaugura una dinámica de malentendidos que abarcará todo el evangelio de Juan. Que no entiendan, no significa que el discurso de Jesús es inútil: Juan anticipa ya, que después de la resurrección de Jesús, los discípulos recordarán (Jn 2, 22) estas palabras y este gesto, y creerán. La resurrección será el evento clave que finalmente logrará que los discípulos sean capaces de comprender, y será el Espíritu Santo (Jn 14, 26) quien les hará recordar las cosas de una manera nueva.

El viaje de la Cuaresma se está convirtiendo en un desafío: no porque se nos pidan hacer algo más, sino, sobre todo, porque se nos pide dejar que el Señor realice también en nosotros el vuelco que dio a los bancos de los mercaderes en el templo de Jerusalén…

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