Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: III Domingo de Pascua, Ciclo B, 2021

Published: April 14 Wed, 2021

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18 abril 2021

III Domingo de Pascua, Ciclo B

El reconocimiento del Señor resucitado por los discípulos no es inmediato ni obvio: de hecho, en cada relato de una aparición, vemos que los compañeros de Jesús luchan no poco por reconocer que el hombre que está delante de ellos es realmente ese Jesús con quien vivieron, en el que creyeron.

El pasaje del Evangelio de hoy (Lc 24, 35-48) no es una excepción: Lucas nos dice que los discípulos estaban ” aterrorizados y llenos de miedo”, y que incluso “creyeron haber visto un espíritu” (Lc 24, 37). Y Jesús debe tranquilizarlos y reprenderlos: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?” (Lc 24, 38).

El texto de hoy nos ayuda a comprender cuál es la verdadera dificultad de los discípulos: creen que ven un espíritu, un fantasma, no una persona real, en carne y hueso. Y Jesús les insiste precisamente en este aspecto: ” Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”(Lc 24, 39).

La dificultad de los discípulos es la de no ser capaces de concebir que Jesús pueda ser verdadero, real. Creen que todo lo que pasa por la muerte pertenece ahora a un mundo evanescente, hecho de recuerdos y nostalgia, no al mundo de nuestra vida: todo lo que ha pasado por la muerte ya no puede ser parte de nuestra experiencia real y ordinaria. En cambio, es todo lo contrario: no hay nada más verdadero, más real, más seguro de lo que ha pasado por la muerte, y ha salido vivo. Precisamente porque murió y resucitó, ahora Jesús pertenece a la vida en sentido pleno, de manera definitiva: ha vencido a la muerte, y ahora la muerte no tiene más poder sobre él; su vida es vida verdadera.

Para entender esto, los discípulos deben ser ayudados a hacer un cambio, un salto de fe; pero este salto de fe no reside en sus habilidades, y será el mismo Jesús el que los ayudará a comprender este pasaje. De dos maneras: la primera es comer delante de ellos (Lc 24, 42-43). Jesús hace la cosa más normal que se puede hacer, en cierto sentido la más humana. Entonces Jesús no es un fantasma, sino que siguió siendo un hombre, un hombre verdadero, como nosotros: en Él está toda nuestra humanidad.

Pero una vez hecho esto, Jesús les traslada más allá y abre sus mentes a la comprensión de las escrituras. El verbo abrir en los Evangelios, siempre tiene un valor terapéutico, siempre se usa en aquellos milagros en los que Jesús devuelve la vista a los ciegos, la audición a los sordos. Aquí también Jesús sana a los suyos y los sana de su incapacidad para comprender la escritura, para releer la historia de la salvación y los lleva a ver que el estilo de la Pascua es el alma verdadera del pacto entre Dios y su pueblo, es el estilo de Dios. Jesús pone en diálogo la experiencia de los discípulos con la historia de la salvación, y es así como la mente se abre.

Pero incluso esto es suficiente: no basta con que los discípulos intuyan de que no está todo acabado, que no era todo un fracaso. Deben comprender que para ellos todo comienza, que la Pascua de Jesús, el cumplimiento de las Escrituras es para ellos un nuevo comienzo: “en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto” (Lc 24, 47-48).

De este verso, me parece importante destacar dos elementos.

El primero es el binomio conversión-perdón de los pecados.

Este binomio también regresará a la predicación de los apóstoles: después de la curación del cojo, Pedro dirá a la multitud que mira sorprendida: “… Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía de padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados (Hch 3, 18-19).

Y un poco más tarde, ante el Sanedrín, repetirá lo mismo: ” Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen” (Hch 5, 31-32).

Significa que Pedro, y con él los otros discípulos, han entendido bien que este binomio es fundamental: han entendido que el perdón es la clave para entender las Escrituras, y que para acceder al perdón hay que convertirse, cambiar de mentalidad.

La conversión, en los evangelios, no significa la perfección moral, no corresponde a una condición en la que uno ya no peca. La conversión es ese cambio de mentalidad que nos hace reconocer nuestro pecado, nuestro rechazo a acoger al Señor y, por lo tanto, hace de nosotros mendigos de perdón. La conversión es, por tanto, nuestra apertura de corazón a recibir el perdón del Señor. Los discípulos son testigos de esto, no de otra cosa; son testigos de que, en el Señor resucitado, esta posibilidad de conversión y perdón se extiende a todos, es para todos.

Para todos, pero “comenzando desde Jerusalén” (Lc 24,47). Esta es la segunda cosa interesante. Jesús dice que la conversión y el perdón se predicarán a todos los pueblos, y el evangelista Lucas para “pueblos” usa un término griego que se usa solo para decir pueblos paganos. Entonces, podríamos decir, la invitación de Jesús resuena así: “¡Ve entre los pueblos paganos, empezando por los paganos que están en Jerusalén”! El primer pueblo pagano por evangelizar somos siempre nosotros mismos, es nuestra familia, nuestra gente, nuestra ciudad. Los paganos no son los otros, sino que somos nosotros.

A nosotros la Pascua nos quiere regalar la conversión para el perdón de los pecados.

+Pierbattista