Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: IV Domingo de Cuaresma, Ciclo B, 2021

Published: March 09 Tue, 2021

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14 marzo 2021

IV Domingo de Cuaresma, Ciclo B

El domingo pasado vimos que el viaje hacia la Pascua nos hace pasar necesariamente por un cambio, una inversión de perspectiva. El pasaje del Evangelio que leemos hoy nos permite retomar ese pasaje y profundizar en él.

Estamos en el capítulo 3 del Evangelio de San Juan, constituido en su mayor parte por el diálogo nocturno entre Jesús y Nicodemo. Nicodemo es un hombre que busca la verdad y en su búsqueda se acerca a Jesús. Así comienza un diálogo complejo, en el que Jesús ofrece al maestro de la Ley destellos de una luz nueva y Nicodemo es llamado a un “cambio” total.

Los versículos que hoy leemos son la respuesta de Jesús a la tercera intervención de Nicodemo (Jn 3, 14-21). Jesús le acaba de decir que para entrar en la vida debe renacer de lo alto y que este nacimiento no puede ser obra del hombre: es un don de Dios, mediante su Espíritu. Frente a esta perspectiva el desconcierto de Nicodemo es grande: había comenzado su discurso diciendo que sabía algo (Jn 3: “sabemos que vienes de Dios”), pero luego todo su conocimiento deja el lugar a preguntas, del hombre que no comprende “¿Cómo puede un hombre nacer cuando es viejo?” (Jn 3, 4), y: “¿Cómo puede suceder esto?” (Jn 3, 9).

Para ayudar a Nicodemo a entender que todo esto no puede suceder sino por la gracia, Jesús usa una imagen tomada del Libro de los Números (21, 4-9): una imagen que cuenta un famoso episodio del viaje de Israel en el desierto, cuando, después de la enésima murmuración de los israelitas, Dios envía serpientes venenosas al pueblo, y “un gran número de israelitas murió”. El pueblo reconoce su propio pecado y piden a Moisés que interceda ante el Señor. Quien escucha su oración y manda levantar una serpiente de cobre sobre un madero: cualquiera que mirara a la serpiente después de ser mordido sería sanado.

Esta imagen muestra nuestra realidad de criaturas heridas y redimidas. Dice que somos personas enfermas y que la enfermedad es tal que lleva a la muerte, es decir, a la carencia definitiva de la vida eterna. Esta imagen, sin embargo, dice que existe un remedio, y consiste en mirar al Hijo del hombre levantado en la cruz: no existe otra cura, excepto esta.

El amor de Dios está allí, sobre esa cruz, para todos: nada más puede sanarnos si no este Amor crucificado, si no el don total de sí que el Padre hace entregándonos al Hijo (Jn 3, 16). Pero solo quien alza la mirada y se detiene ante este Dios puede ser salvados.

Para que esto suceda, dos cosas son importantes.

La primera es reconocer el propio pecado, reconocer la propia enfermedad, la propia necesidad de curación. Quien no lo hace, permanece replegado sobre sí mismo, sin esperar la salvación de nadie. No es suficiente reconocer las propias equivocaciones, sus errores: Se trata de algo más profundo, de ir a la raíz del mal que está en nosotros, que es vivir como si la vida no fue un regalo de Dios, de no estar en relación, en comunión con el Señor. El pecado es nuestra incapacidad para decir “gracias”, la apropiación de uno mismo. Reconocer esto no es del todo obvio, no es algo que el hombre pueda hacer solo, con su propia fuerza, sino que es un don de Dios. Un regalo que hay que desear y que se debe pedir.

El segundo paso consiste en apartar la mirada de uno mismo, incluso del propio pecado, para fijar la mirada sobre algo diferente: la salvación es ver la propia maldad y no quedarse allí, es actuar de tal manera que nuestra maldad nos lleve a pedir ayuda, a pedir la sanación. Mirarle a Él es el acto de fe, es mirarlo para esperar de Él la vida; y es solo a través de esta fe que uno puede renacer.

El libro de la Sabiduría, al comentar sobre el incidente de la serpiente (Sab 16, 5-7), lo dice claramente: “el que se volvió a mirar fue salvado, no por el objeto que veía, sino por ti, Salvador de todos” , por lo que la liberación del veneno de la muerte era dado a la fe de los que se confiaban en este “símbolo de la salvación” (Sab 16,6), que estaba colocada en alto, para que todos, cercanos y lejanos, pudieran verlo.

La salvación es para todos, pero puede suceder que se viva sin saber que hemos sido salvados. Y esta es la gran desgracia del ser humano, una desgracia mayor que el mismo pecado: el no saber, el no creer que hemos sido perdonados.

En este punto, Jesús afirma que “tanto ama Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16) y añade que el Padre no lo envió para juzgar al mundo, sino para salvarlo (Jn 3, 17-18).

Nicodemo probablemente pensaba que Dios había enviado al Hijo para juzgar al mundo: si el hombre ha pecado, es normal que haya un juicio. Y en parte esto es verdad. El juicio está ahí, pero en este juicio Dios no es el juez, sino un abogado y un médico.

La idea de un Dios como juez inclemente conduce a la muerte. El juicio es el que cada uno elige por sí mismo cuando rechaza la realidad de un Dios que salva, y que salva de esta forma, muriendo en la cruz por todos.

Nicodemo es llamado a realizar este itinerario, este vuelco. Pasar de lo que se sabe sobre Dios (Jn 3, 2) a contemplar un amor del cual simplemente podemos dejarnos mirar y amar.

Este es en verdad, el gran cambio, esta es la conversión a la que todos estamos llamados.

+Pierbattista