Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: Pentecostés, Ciclo B, 2021

Published: May 20 Thu, 2021

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23 mayo 2021

Pentecostés, Ciclo B

El tiempo de Pascua no termina con la fiesta de la Ascensión, y la misión de Jesús, el Hijo enviado por el Padre, no termina cuando el Señor resucitado vuelve a la gloria. La salvación no será plena si todo el cuerpo, asociado con su Cabeza, no participara en este regreso a casa, en esta posibilidad definitiva de vida en la comunión de amor con Dios.

Pero para que nosotros podamos ascender al Padre, para que nuestra vida sea Eucaristía, necesitamos el Espíritu Santo. Esta es la razón por la que el tiempo de Pascua termina con Pentecostés, con el regalo a la humanidad de la vida resucitada del Hijo, que en nosotros se trasforma en primicia y anticipo de aquella vida en gloria que es nuestro destino definitivo, nuestra herencia: con Pentecostés ha comenzado nuestra Ascensión al Padre

El Evangelio de la Liturgia de hoy (Jn 15, 26-27; 16, 12-15) nos muestra la obra del Espíritu dentro de nosotros. Jesús habla largamente con sus discípulos antes de su pasión, y en cierto punto afirma tener muchas otras cosas por decir; pero agrega que por ahora los discípulos no pueden soportar su peso (Jn 16,12).

Hay algo que los discípulos no pueden hacer solos: las palabras de Jesús tienen un peso, una grandeza, una profundidad que los discípulos no acoger, la posibilidad de trasmitir, de acoger y de vivir. A lo largo de los Evangelios, y más aún en las cartas de San Pablo, encontramos aquí y allá esta expresión, capaz de decir toda la impotencia de los discípulos, toda la impotencia de los hombres: no pueden, no tienen en sí mismos la fuerza. “Sin mí no podéis hacer nada”, dice Jesús algunos versículos antes de los que leemos hoy (Jn 15, 5).

¿Qué es lo que no puede el hombre solo?

El hombre, solo, no puede aceptar el don de Dios, porque el don es tan grande, tan “pesado” que requiere una mayor medida de corazón. Hay un “demasiado”, una vida más que el Señor quiere darnos, pero que nosotros, solos, no podemos aceptar. Este es el gran drama del hombre.

En su soledad, el hombre puede encontrar diferentes soluciones a este drama: puede contentarse con una vida mediocre, inferior a su vocación; puede confiar en su propia fuerza, sus propios dones y buscar la vida dentro de sí mismo; él puede llenar el vacío con lo que tiene; o puede desesperar. Son todas calles sin salida. Hay algo que no podemos lograr solo con nuestra inteligencia, con nuestra riqueza, y mucho menos con el poder, con el uso de la fuerza.

El Espíritu es exactamente Quien nos capacita para vivir una vida a la altura del don de Dios; nos hace capaces de este “demasiado”, de esto de más. Viene justo donde nosotros, solos, no podemos. Y lo hace desde adentro: sin imponer un peso adicional, sin pedir un esfuerzo extra. Nos lleva a la verdad, que en el Evangelio nunca es una idea, sino siempre una persona. La verdad en el Evangelio no es otra cosa que el amor gratuito que une al Padre y al Hijo, y en el que estamos llamados a entrar, gratuitamente.

El Espíritu nos lleva a esta verdad porque Él es esta verdad, Él es el regalo por excelencia. Para aceptar este regalo, tal vez solo haya una condición: ser pobre. Y el icono de pobreza que se abre al Espíritu se encuentra en los versículos finales del Evangelio de hoy, donde Jesús cuenta el estilo de vida en la Trinidad: el Espíritu no habla por sí mismo, sino que anuncia todo lo que ha escuchado, sin añadir nada propio; el Hijo no posee nada por sí mismo, sólo lo que el Padre le da; y el Padre no retiene nada, porque todo lo da al Hijo, y da todo en el Hijo (Jn 16, 13-15).Para nosotros, entonces, se trata de entrar en esta perspectiva de una existencia nueva, en la que se vive del don que se recibe y se aprende a entregar totalmente.

Esta es la obra del Espíritu en nosotros, la obra que nos hace iguales al Hijo y que cumple nuestra vida en su propia confianza, en su propio abandono al Padre.

+Pierbattista