Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: V Domingo de Pascua, Ciclo B, 2021

Published: April 28 Wed, 2021

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2 mayo 2021

V Domingo de Pascua, Ciclo B

El domingo pasado vimos cómo la figura del pastor, en la que Jesús se identifica (Jn 10), tiene sus raíces en el Antiguo Testamento: Jesús cumple la expectativa de un buen pastor que, ante el peligro, no huye, sino que permanece y ofrece su vida. Incluso hoy revivimos la misma dinámica, mediante la imagen de la viña: el texto de referencia para comprender esta imagen es Isaías 5, 1-7. La espera, esta vez, no es de Israel, sino de Dios: Dios espera una buena viña, que se limite a producir uvas. Plantó una “vid selecta” en una “colina fértil”, limpió el suelo de piedras, se encargó de cuidarla: pero el viñedo solo produjo “racimos amargos”, no produjo ningún fruto bueno.        

Esta es la realidad de la humanidad, que Jesús describe bien en un versículo del Evangelio de hoy, cuando dice que sin él no podemos hacer nada (Jn 15, 5). Por sí misma, en sí misma, una viña no puede producir fruto a la altura de la expectativa de Dios, porque la humanidad no puede vivir una vida que sea verdadera y hermosa, no posee la vida eterna en sí misma. El fruto no depende de nuestros esfuerzos, nuestro cumplimiento: aunque seamos buenos, el fruto es algo totalmente distinto.

¿Qué faltaba, por tanto, en la vid de la que Isaías habla para qué la fruta fuese buena? ¿Acaso el mismo Dios no se ocupó de eso?

A Aquella viña simplemente le faltaba Jesús.

Por eso, el Señor habla de sí mismo como de la vid verdadera (Jn 15, 1), la que finalmente da el fruto que Dios espera, la que finalmente puede decir al Padre un sí sin reserva, aquella que vive la propia vida del padre. De esta vida, Jesús abre las puertas, para que sea la vida de toda la humanidad y cada uno participe de ella, así como un sarmiento participa en la vida de la vid.

De esta viña, Jesús enfatiza dos particularidades.

La primera es la experiencia de la poda: esencial para la producción de frutas es aceptar ser podados: ” a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto ” (Jn 15, 2). Es interesante que el verbo “podar” tenga en griego la misma raíz del término “puro”, que Jesús usa inmediatamente después: “Ya estáis puros”, es decir, ya estáis podados.

Para dar fruto es necesario mantener la vida de la vid dentro de sí misma, sin más. Todo lo demás, todo lo que es distinto a esto, simplemente se elimina, para que el sarmiento no es otra cosa que lo que debe ser: parte de la vid. La vida del discípulo, por tanto, está continuamente conducida a su propia esencialidad, a la verdad de lo que es: ser puro significa precisamente esto, ser simplemente uno mismo. ¿Cómo ocurre esta purificación, esta poda? Jesús dice que es su palabra la que hace esto (Jn 15, 3): el que realmente escucha, abandona su propia visión sobre sí mismo y los demás, y su corazón se vuelve sencillo.

Y la segunda particularidad se refiere a lo que significa ser simplemente uno mismo: una rama es ella misma, es verdad, cuando permanece en la vid.

Simplemente necesitamos permanecer, un verbo que regresa al menos siete veces en la perícopa de hoy: y esto significa que la entrada a una nueva vida ya está dada, no tiene que ser buscada o conquistada por nuestra propia fuerza. Uno entra a la nueva vida por gracia, por el don del Bautismo que comunica la savia, la vida de Dios, que nos incorpora a la Iglesia.

Y nos corresponde a nosotros permanecer en ella, no perdernos buscando la vida en otra parte: Jesús dice que quien no permanece, es desechado y se “seca” (Jn 15, 6), es decir, muere.

El que no permanece en Dios, quien vive una vida autorreferencial, los que están contentos consigo mismos, aquellos que se bastan a sí mismos, renuncian a la vida y la fecundidad, al igual que el grano de trigo que encontramos el 5º domingo de Cuaresma: hemos visto que una vida egoísta, una vida encerrada en sí misma y concentrada en sí misma, es una vida que permanece sola, que solo conoce los estrechos espacios de su propio ego y está destinada a morir.

Pero quien permanece, vive de una manera verdaderamente plena, de la misma vida de Dios: con Él comparte los mismos sentimientos, la misma manera de sentir y pensar, la misma visión sobre las cosas, el mismo amor con que amar a todos.

Para esto, puede pedir cualquier cosa (Jn 15, 7), porque solo pedirá esta vida nueva y resucitada, una vida de comunión con Dios y con todos los demás, todos los miembros del mismo cuerpo.

+Pierbattista