Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: XII Domingo del Tiempo Ordinario, año B, 2021

Published: June 17 Thu, 2021

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20 de junio de 2021

XII Domingo del Tiempo Ordinario, año B

El pasaje de este domingo (Mc 4, 35-41) abre una nueva sección del Evangelio. Después de haber hablado en parábolas e instruido a la multitud, Jesús quiere ir más allá, "ir a la otra orilla" en una zona habitada principalmente por paganos: la Decápolis.

Este pasaje tiene claras referencias al Antiguo Testamento, en particular al libro de Jonás, pero en una perspectiva diferente. Jonás huía del mandato divino de ir a Nínive, mientras Jesús es fiel al plan divino. El mar, símbolo de la adversidad y del mal, tanto en Jonás como en el Evangelio aparece en tempestad y el barco peligra hundimiento. Los discípulos, como los marineros del libro de Jonás, están asustados y no saben qué hacer. Tanto Jesús, como Jonás inexplicablemente, duermen durante la tormenta. Pero el sueño de Jonás se debió a su huida de la petición de Dios, no quiso escuchar, mientras que el sueño de Jesús indica su confianza en la Providencia del Padre, su falta de temor.

Aquí Jesús es presentado como señor frente a la naturaleza. Marcos ya ha mostrado que Jesús ve los cielos abiertos, a alguien en quien desciende el Espíritu (Mc 1, 10), alguien que recibe el testimonio de los demonios sobre su naturaleza divina (Mc 1, 24). Jesús enseña con autoridad, pero también tiene autoridad directa sobre los enfermos, echa fuera demonios, perdona los pecados. Ahora con este gesto Jesús revela que él también tiene autoridad sobre la naturaleza y que inmediatamente le obedece: sólo el Creador y el Redentor tienen autoridad sobre la creación. Así, Marcos quiere decirnos que Jesús es Dios y que tiene autoridad sobre todo.

Pero esta revelación aún no se puede comprender completamente. Los discípulos, en efecto, permanecen confundidos: Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen” (Mc 4,41)? De hecho, el señorío de Jesús sobre toda la creación sólo puede entenderse después de la Pascua, cuando Jesús, a la luz del signo de Jonás, nos mostrará que hasta la muerte está bajo su dominio.

Los discípulos tienen miedo y Jesús los reprende por su poca fe. Su cercanía a Jesús no los hizo más saldos y firmes, su relación con el maestro es todavía superficial, su fe aún no ha sido probada por el crisol. El miedo y la fe se excluyen mutuamente. Quien tiene fe, también tiene confianza, no se encierra en sí mismo, crea comunidad y sabe empezar una y otra vez, crea nueva vida. El miedo, en cambio paraliza, hace encerrarse en uno mismo, conduce a la esterilidad y la soledad.

Los discípulos también tendrán que "ir a la otra orilla", afrontar nuevas perspectivas, cambiar de mentalidad, para comprender plenamente la identidad de su Maestro.

Cada uno de nosotros puede reconocerse a sí mismo en este pasaje. Cada uno de nosotros tiene su "mar" y su "tempestad", y no siempre se da por sentado "llegar a la otra orilla" con la fe de quien sabe que el Maestro está con nosotros y se preocupa por nosotros.

También es costumbre ver en este pasaje, en particular en la barca de los discípulos, la imagen de la Iglesia, sacudida por las olas del mar, pero salvada por la presencia del Redentor y, por tanto, nunca hundida.

A nuestros ojos, la realidad a menudo parece diferente. Estamos en una tormenta, nos sentimos perdidos y nos parece que nadie se preocupa por nosotros. La Iglesia nos parece a la deriva y no podemos encontrar la meta.

Incluso hoy, Jesús nos repite: “¿Por qué tienes miedo? ¿Aún no tienes fe?” (Mc 4,40).

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