Meditación del Patriarca Pierbattista Pizzaballa: V Domingo de Cuaresma, Ciclo B, 2021

Published: March 19 Fri, 2021

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21 marzo 2021

V Domingo de Cuaresma, Ciclo B

Con el pasaje del Evangelio de hoy nos adentramos en el capítulo 12 del Evangelio de Juan. Nos encontramos a las puertas de la pasión, que se inicia en el capítulo 13 con la Última Cena de Jesús con sus discípulos. Antes, en el capítulo 12 encontramos primero la unción de Betania (vv. 1-11) y luego la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (vv. 12-19). Este último episodio termina con una desconsolada y furiosa reflexión de los fariseos, quienes parecen resignados al “éxito” de Jesús: “Por su parte, los fariseos se dijeron a sí mismos: «Veis que no adelantáis nada. He aquí que todo el mundo le sigue»” (Jn 12,19).

También el Evangelio de hoy habla de esta capacidad de Jesús para atraer a la gente: el contexto es el de la fiesta de Pascua, en la que, entre tantos como han subido a Jerusalén, también se encuentran algunos griegos que desean ver a Jesús. La historia es un poco particular: los griegos se lo dicen a Felipe, Felipe lo habla con Andrés, luego Felipe y Andrés se lo comentan a Jesús (Jn 12, 21-22). Pero finalmente todos estos personajes desaparecen, y no sabemos cómo terminó la historia, si al menos los griegos se encontraron con Jesús. Sin embargo, la respuesta está en el pasaje que hemos escuchado, en su conclusión en el v. 32 (“atraeré a todos hacia mí “). Ante la petición de poder verlo, Jesús responde diciendo que todos lo verán cuando sea levantado sobre la tierra y atraiga a todos hacia sí. Jesús revela la lógica profunda que ha animado toda su vida y que terminará en la hora de su pasión, que ahora ha llegado (cfr. 2, 4; 7, 30). Lo hace al contar una breve parábola, la del grano de trigo: ” si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.”(Jn 12, 24).

En estas pocas líneas se esconde una novedad que nos sorprende, aquella por la cual Jesús afirma que hay dos lógicas con las que es posible vivir la vida: una es la lógica de la soledad, la otra es la de la comunión. Y es desde esta perspectiva, desde la cual Jesús lee su pasión y resurrección.

Una vida retenida en lo íntimo, una vida cerrada en sí misma y concentrada en sí misma, es una vida que permanece sola, que solo conoce los estrechos espacios de uno mismo. Y está destinada a morir. Una vida perdida por los demás, una vida que ama y se da, es una vida que entra en una lógica de relaciones, y es una vida que se realiza.

Jesús sabe bien que elegir la lógica de la comunión tiene un precio, y este precio es su muerte, la de entregarse en manos de aquellos que podrán hacer con él lo que quieran; y ante esta perspectiva, está profundamente perturbado (Jn 12, 27).

Pero también sabe que está en manos más grandes y más fuertes, en manos del Padre, manos fieles a la verdadera gloria, a la vida verdadera. Frente a la elección de Jesús de ir hasta el final en su camino de comunión, el Padre confirma su decisión de no abandonar a su propio Hijo amado y hacer que se escuche su voz (Jn 12, 28). Ha glorificado su nombre y volverá a glorificarlo.

¿Qué significa esto? ¿Cuál es este nombre? El nombre de Dios es “Padre”. Jesús, en el Evangelio de Juan, lo repite infinitas veces. Dios continuará siendo Padre, para ser el que da la vida. No dejará al Hijo solo, porque comparte con el Hijo la misma lógica de comunión y de amor, por lo cual su relación no puede morir.

La hora de la pasión, en este momento, se convierte en la hora de la gloria (Jn 12, 23), la hora de la plena revelación de la verdad, es decir, del amor de Dios: un amor tan grande y fuerte que puede transformar la muerte en la vida, el final en un nuevo comienzo. Jesús será “levantado” (Jn 12, 32): una sola palabra para decir tanto la cruz como la gloria, porque la cruz y la gloria son a partir de ahora inseparables.

Y de este levantamiento nacerá un pueblo nuevo, al que todos podrán adherirse: “Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

Todos los que escuchan en lo profundo de su corazón la profunda atracción que un amor así puede despertar, más allá de cualquier aparente derrota y fracaso, entran en una nueva lógica de la vida, y siguen al Señor, allí donde está Él (Jn 12, 26).

El domingo pasado fuimos invitados a levantar la vista hasta la serpiente elevada en el desierto (Jn 3, 14), para obtener sanación y vida. Hoy se nos pide que levantemos la mirada una vez más hacia Jesús elevado en la cruz, nuestra salvación. Si la mirada permanece fija en Él, en esta necesidad continua de salvación, experimentaremos su fuerza de atracción, que nos salva de las muchas distracciones de la vida y nos une en el único profundo deseo de comunión y amor, con Él y entre nosotros.

+Pierbattista