Breve Reflexión sobre la víspera de Pentecostés 2022

By: Cécile Leca/ lpj.org - Published: June 04 Sat, 2022

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¡Que el Señor les dé la paz!

Este año, como hemos visto, la Vigilia de Pentecostés es preparada por los distintos movimientos eclesiales y nuevas comunidades presentes en nuestra diócesis. Es el fruto de un viaje que comenzó hace unos meses y que llevó a las distintas comunidades que se refieren a ellos a reunirse para escucharse y compartir sus experiencias de fe, rezar juntos, conocerse.

Me parece un fruto positivo de este Sínodo, porque tal vez por primera vez ha logrado reunir caminos de fe que, tal vez, antes no se unían tan fácilmente. Si quieren, fue un pequeño y hermoso Pentecostés. En un contexto, también eclesial, de tantas distinciones y luchas, damos gracias al Señor por este pequeño pero significativo fruto del compartir en la Iglesia, que espero que continúe después de Pentecostés.

Fue bonito escuchar los distintos testimonios, meditar los pasajes bíblicos proclamados e invocar juntos al Espíritu. Me gustaría añadir, por tanto, sólo una breve reflexión.

Los pasajes bíblicos que hemos escuchado tienen un rasgo común, una especie de hilo rojo que los une: el descenso y la presencia del Espíritu, allí donde llega, trae un cambio radical, trastoca las perspectivas, suscita la novedad. Lo aprendimos en el relato de Pentecostés que acabamos de proclamar: allí los discípulos, al principio intimidados, comienzan a anunciar la resurrección de Jesús con un discurso valiente; lo tenemos en la lectura del profeta Ezequiel, donde el Espíritu suscita la vida incluso allí donde reina la muerte; en el encuentro con María Magdalena, el Resucitado abre su corazón doliente a la alegría y reactiva la relación con sus discípulos, dispersos desde la Pascua. Jesús también le dice a Nicodemo que para entender la dinámica del Reino de Dios es necesario nacer de nuevo en el Espíritu. San Pablo nos recuerda que sólo a través del Espíritu podemos decir que no somos esclavos, sino hijos de Dios y vencer todo temor.

Estas lecturas, pues, nos muestran cuáles son los frutos del Espíritu Santo en nosotros: valentía, valor, unidad, vida, alegría, anuncio, misión, renacimiento, ser hijos y no esclavos. Y lo que une a todos estos frutos diferentes es el amor. Recibir el Espíritu Santo, en esencia, significa recibir una infusión de amor en nuestros corazones, que hace que todas las cosas sean nuevas: "Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado" (Rom. 5,5). Sólo el encuentro con el amor de Dios puede darnos la fuerza para vivir plenamente como hijos de Dios. Todos hemos visto al menos una vez aquí, que el desierto, normalmente estéril, seco y sin vida, en primavera, con sólo unas gotas de agua, se convierte en un jardín lleno de vida y maravillosos colores. Así, el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones, es capaz de hacer surgir en nosotros un amor más fuerte que la muerte, y de hacernos hacer lo que antes creíamos impensable.

Ante este gran y maravilloso misterio, siento que también nosotros, como Nicodemo, necesitamos un renacimiento, para poder ver lo

que el Espíritu obra entre nosotros. Para ello, primero debemos redescubrir una mayor interioridad.

De hecho, si nos dirigimos a nuestra realidad eclesial, incluso antes que a nuestra realidad social y política, nos cuesta mirar con los ojos del Espíritu. La valentia, el valor, la unidad, el anuncio, la alegría, el amor... no parecen ser nuestros principales criterios de lectura y no parecen ser muy visibles y reales en nuestras relaciones. A veces me parece que corremos el riesgo de vivir en dos niveles. En nuestras reuniones y asambleas de la iglesia, hablamos del Espíritu Santo y de sus frutos. En la vida real, activamos dinámicas de vida que tienen otros criterios más humanos, lo que hace poco creíble nuestra vida eclesial. También nos hacemos muchas preguntas sobre nosotros mismos, sobre nuestra Iglesia, sobre las direcciones y los rumbos a seguir. Y alrededor de estas preguntas a veces percibimos un fondo de miedo o desorientación. Pero el Espíritu es la vida. No garantiza buenas condiciones de vida, no nos exime de las fatigas y contradicciones de la vida, que también están presentes entre nosotros, pero sí es una plenitud de vida, que no debe confundirse con la perfección de la vida, que nunca tendremos. Todo esto es irreconciliable con el miedo, y sólo podemos entenderlo si sabemos cultivar nuestra interioridad. El Espíritu, en efecto, es la intimidad de Dios en persona, y sólo lo capta quien tiene una interioridad abierta y consciente. A nuestra Iglesia, por tanto, que corre el riesgo de perderse en el hacer tantas cosas, a nuestras comunidades y a cada uno de nosotros, que a veces nos perdemos en dinámicas superficiales, el Espíritu nos enseña la interioridad, que nos permite ver en profundidad, y por tanto también participar en la belleza, la alegría, la vida que verdaderamente fluye entre nosotros. Sólo así podemos llegar a esa necesaria unidad entre la vida de fe y la vida real.

El Espíritu, además, nos recuerda la relación abierta con Dios y la a

Si nos volvemos, en efecto, hacia nuestra realidad eclesial, incluso antes que la social y la política, luchamos por tener una mirada según los ojos del Espíritu. La parusía, el valor, la unidad, el anuncio, la alegría, el amor... no parecen ser nuestros principales

criterios de lectura y no parecen ser muy visibles y reales en nuestras relaciones. A veces me parece que corremos el riesgo de vivir en dos niveles. En nuestras reuniones y asambleas de la iglesia, hablamos del Espíritu Santo y de sus frutos. En la vida real, activamos dinámicas de vida que tienen otros criterios más humanos, lo que hace que nuestra vida eclesial sea poco creíble. También nos hacemos muchas preguntas sobre nosotros mismos, sobre nuestra Iglesia, sobre las direcciones y los rumbos a seguir. Y alrededor de estas preguntas a veces percibimos un fondo de miedo o desorientación. Pero el Espíritu es la vida. No garantiza buenas condiciones de vida, no nos exime de las fatigas y contradicciones de la vida, que también están presentes entre nosotros, pero sí es una plenitud de vida, que no debe confundirse con la perfección de la vida, que nunca tendremos. Todo esto es irreconciliable con el miedo, y sólo podemos entenderlo si sabemos cultivar nuestra interioridad. El Espíritu, en efecto, es la intimidad de Dios en persona, y sólo lo capta quien tiene una interioridad abierta y consciente. A nuestra Iglesia, por tanto, que corre el riesgo de perderse en el hacer tantas cosas, a nuestras comunidades y a cada uno de nosotros, que a veces nos perdemos en dinámicas superficiales, el Espíritu nos enseña la interioridad, que nos permite ver en profundidad, y por tanto también participar en la belleza, la alegría, la vida que verdaderamente fluye entre nosotros. Sólo así podemos llegar a esa necesaria unidad entre la vida de fe y la vida real.

El Espíritu también nos recuerda la relación abierta con Dios y con los demás, el nuevo lenguaje de comunión más allá de toda división y discordia.

Creo que tenemos que crecer más en este punto. No somos ni queremos ser una iglesia que prefiera los muros tranquilizadores del Cenáculo, las puertas cerradas de la comodidad, del miedo. Lo que quiero decir es que en esta sociedad nuestra, fragmentada, desgarrada, dividida, conflictiva, a veces incluso hostil, puede ser tranquilizador replegarse en los confines de nuestras respectivas comunidades, aceptar la lógica de la exclusión, encerrarnos en nuestros propios entornos. Para ser mejores entre nosotros, para evitar la fatiga de unas relaciones a menudo difíciles y duras, para evitar estar continuamente dentro de las dolorosas divisiones y

heridas de esta Tierra Santa nuestra. Todo esto es humanamente comprensible. El Espíritu Santo, sin embargo, nos empuja a salir, a dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 Pedro 3,15), a convertirnos en testigos.

Significa luchar concretamente por la unidad. En nuestra Iglesia, entre los movimientos, entre nuestras diferentes realidades eclesiales, compuestas por diferentes culturas, lenguas y nacionalidades. En un mundo cada vez más individualista, significa sentirse parte de la vida y el destino de cada persona en esta sociedad nuestra, comprometiéndonos con el derecho a la vida y a una vida plena y hermosa, a la dignidad para todos. Respetar al otro es demasiado poco. El Espíritu nos llama a amar al otro, a hacernos cargo de él, a sentirlo parte de nosotros mismos.

Aquí, queremos pedir una vez más el don del Espíritu Santo, para que provoque un cambio radical en nuestras vidas, para que dé un vuelco a nuestras perspectivas, a menudo pequeñas y limitadas, para que provoque una novedad en nuestras cansadas dinámicas de vida. Todos lo necesitamos.

Pero también estamos hoy aquí para dar gracias, alabar y celebrar juntos lo que el Espíritu ha suscitado en nosotros, en esta Iglesia nuestra, pequeña, compleja, pero rica en dones y carismas y que, a pesar de sus muchas limitaciones, sigue dando tantos frutos de alegría, compromiso, fidelidad, amor y pasión. No estaríamos hoy aquí si no hubiera habido personas valientes antes que nosotros, capaces de construir comunidades con el compromiso de sus vidas, con su pasión y sacrificio, con un amor fuerte que sólo el Espíritu Santo puede infundir. Y también hoy agradecemos a quienes entre nosotros siguen siendo testigos de vida, de pasión, de amor en esta nuestra Iglesia de Tierra Santa y que, en esta complicada sociedad nuestra, no dejan de servir concretamente a los pueblos de esta tierra.

Ven Espíritu Santo Consolador, trae a nuestra Iglesia y a todos nosotros, tu aliento de vida y alegría, y haz que todos seamos testigos valientes de tu amor que has derramado en nuestros corazones. Amén.