Homilía del Patriarca Pierbattista Pizzaballa en la Jornada de la Vida Consagrada

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: February 02 Wed, 2022

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Día de la vida consagrada

2 de febrero de 2022

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

¡El Señor les dé paz!

Hoy en todo el mundo celebramos el día de la vida religiosa.

Quisiera dejar que la Palabra que hemos escuchado nos ayude a releer el sentido, el sentido profundo de lo que vivimos los religiosos, que es precioso, no sólo para la vida de cada uno de nosotros y de nuestras respectivas comunidades, sino también para la Iglesia entera.

Nuestro estilo de vida tiene algo de paradójico, o al menos debería plantear una pregunta inquietante, porque va absolutamente contracorriente, y se sale de lo que son los valores y patrones comunes y ordinarios no solo de nuestra sociedad, sino también de una cierto modo de ser cristiano y de pensar la vida de la fe.

De alguna manera, nuestra elección debería ser una profecía de lo que todos somos y estamos llamados a ser, de lo que todos seremos algún día.

La Palabra nos regala hoy dos iconos, que nos hablan precisamente de todo esto.

¿Quiénes son Simeón y Ana?

Me gusta pensar que Simeón y Ana son dos personas a las que el Señor ha consolado.

El versículo 25 nos dice precisamente que en Jerusalén había un hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel.

Todo el anuncio de los profetas se podría resumir en esta palabra, "consuelo". Baste pensar que la segunda parte del libro de Isaías, que comienza con el famoso anuncio de la liberación ("Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-..." Is 40,1), se llama "Libro del consuelo de Israel". Los profetas recuerdan al pueblo que Dios quiere consolar, hacerse presente, estar cerca de nosotros, que Dios no abandona.

Y Simeón espera esto, espera precisamente la consolación de Israel. Es una persona justa y piadosa, pero es una persona que sabe que eso no es todo, que la verdad de la vida no está dentro de nuestra justicia, es decir, dentro de una lógica de vivir exclusivamente humana, sino que está más allá y nos lleva más allá. , y hay que esperarla. Y espera, toda su vida, con la única certeza que le viene del Espíritu. Espera toda su vida, y un día como todos los días, en el templo como siempre, Simeón es consolado.

Pero ¿qué es el consuelo?

Esto nos lo cuenta Simeón, en el versículo 30, cuando, releyendo lo que le sucedió hoy, acogiendo a este niño en sus brazos, descubre asombrado que ha “visto la salvación”, que la ha visto con sus propios ojos.

Por eso el consuelo es ver la salvación, y verla con los propios ojos, es decir, experimentarla. Es la capacidad, es decir, la fe, de descubrir que Dios se hace presente y visita nuestra vida, y lo hace de un modo absolutamente nuevo, imprevisible. Que el Señor visita precisamente donde no lo esperamos o ya no lo esperamos.

El consuelo es la experiencia de que lo que el hombre desea más que cualquier otra cosa, pero que le es imposible obtener con sus propias fuerzas, pues eso es precisamente lo que se convierte -por gracia- en realidad. Es la experiencia del cielo la que se desgarra, para que se os dé lo que esperáis contra toda esperanza, es decir, la vida. Y así experimentamos una sanación que ha tenido lugar en nosotros. Sólo Dios puede consolar de verdad.

No, no podemos consolar, porque no tenemos palabras de vida eterna. Tenemos palabras humanas, pobres, limitadas, incapaces de dar vida, de cuidar hasta el final.

Pero cuando hemos experimentado el consuelo de Dios, entonces sucede que también nosotros podemos ser signo de consuelo los unos para los otros.

Esto es lo que dice San Pablo en 2Corintios (1,3-4):

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras aflicciones, para que, por el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios, podamos consolar a los que se encuentran en cualquier aflicción”

Simeón y Ana son dos personas consoladas porque son dos personas consagradas, en el sentido más profundo del término, es decir, un hombre y una mujer que han ligado el sentido de su vida a una expectativa, personas que han dado sentido a su deseo , y allí vivieron, sin ceder al cansancio, al miedo, al pesimismo.

Consagrados son los que saben que sólo Dios puede consolar, sólo Él puede dar su vida, y eligen quedarse allí, esperando, en una pobreza que espera de Él el cumplimiento de su existencia.

Y esta espera, este vivir en referencia a un más allá, es la verdad profunda de su vida.

Me parece que este es uno de los grandes desafíos de hoy: es decir, la capacidad de encontrar el propio deseo profundo, y unificar la vida en torno a este deseo, aceptando también estar en un vacío, vivir en un desierto donde no hay nada mas, donde la vida no se llena sino con la mirada fija en el consuelo que viene de Dios.

La adoración eucarística que todos hacemos por lo menos una vez a la semana, posee estos rasgos, esta capacidad de hacer vacío en el corazón, de vivir sólo de una mirada, de un más allá que se hace presente en la vida cotidiana.

Precisamente porque Simeón y Ana son capaces de esperar, entonces saben reconocer. Pero también son capaces de sorprenderse. (cf. Juan Bautista, en el Jordán, cuando lo reconoce precisamente porque se deja "conmover", se deja sorprender por este Mesías que hace cola como todos los demás...)

Dios sorprende porque es pequeño, porque es "sólo" un niño, porque no tiene nada diferente a cualquier otro niño, porque su venida no tiene nada de extraordinario.

Los religiosos también tenemos esta misión, perseverar en el reconocimiento de Dios y de alguna manera “entrenarnos” para reconocerlo en cada pobre y en cada pobreza, a partir de la propia, desde la pobreza de la propia vida. En reconocerlo dentro de todo lo que no tiene nada de extraordinario.

Lo extraordinario sucede dentro de nosotros, cuando lo reconocemos, porque entonces cambia nuestra vida, porque este reconocer a Dios en la propia vida trae paz: “Ahora, oh Señor, deja que tu siervo se vaya en paz…”

Y por tanto el fruto de todo esto sólo puede ser una paz profunda, que tiene el rostro de estos dos ancianos mansos, que ya no necesitan nada más, porque han visto la salvación.

Estamos aquí, pues, para recoger todo esto, y pedir al Señor que esta profunda actitud de espera, de consuelo, de reconocimiento, de mansedumbre y de paz marque hoy para siempre nuestra vida, la de vuestras comunidades, y -en consecuencia- también la de cada uno de nosotros.

+Pierbattista