Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa :Domingo de Pentecostés, año C

Published: June 02 Thu, 2022

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5 de junio de 2022

Domingo de Pentecostés, año C

El Evangelio que leemos en esta solemnidad de Pentecostés, con la que concluye el tiempo de Pascua, nos ofrece una valiosa visión de la vida de la Iglesia en la historia, después de que el Señor resucitado haya subido al cielo y regresado a la casa del Padre.

Veamos con más detalle algunos elementos de este pasaje del Evangelio.

La primera está en el versículo donde Jesús dice a sus discípulos que el Espíritu les enseñará todo y les hará recordar todo lo que ha dicho (Jn 14,26).

Así que el Espíritu Santo es un maestro, pero Jesús parece decir que no es un maestro como los demás.

¿En qué sentido?

En primer lugar, es un maestro que permanece siempre con nosotros (Jn 14,16).

Cualquier otro maestro, después de haber enseñado al discípulo todo lo que sabe, le deja seguir su propio camino. Sin embargo, para el Espíritu no es así.

El Espíritu siempre permanece, porque lo que cuenta para él es enseñar una relación que él mismo garantiza y hace posible.

No debe enseñarnos cosas, sino que debe enseñarnos a vivir, debe ser en nosotros la presencia del Padre y del Hijo.

Permanece porque permanecer es su manera de amarnos.

De hecho, Jesús continúa diciendo que quien acepta al Paráclito, que permanece en nosotros para siempre, se convierte en su morada y en la del Padre (Jn 14,23).

La tarea del Espíritu es, pues, capacitarnos para ser la morada de Dios.

Solos, esto no es nuestro, no está dentro de nuestras capacidades y fuerzas.

Cuanto más espacio damos a la obra del Espíritu en nosotros, más habita Dios en nosotros, nos santifica, o mejor dicho, nos hace semejantes a Él.

El Espíritu es un maestro diferente de todos los demás maestros por otra razón.

Mientras que todos los maestros enseñan nociones e ideas, el Espíritu hace algo más.

No enseña, sino que se asegura de que lo que ya sabemos se haga nuestro, cobre vida, y lo interioricemos.

Porque no basta con saber que Jesús murió, hay que creer que Jesús murió por mí.

No basta con saber que Dios es amor; hay que creer que Dios me ama exactamente como soy.

Esta es la obra del Espíritu, que no enseña desde fuera, sino que nos convence desde dentro, que transforma la Palabra en experiencia.

Esta también es una operación que no podemos realizar solos.

También es interesante observar que Jesús dice que el Espíritu recuerda al hombre algo que el hombre ya sabe.

El hombre ya sabe cuál es la vida buena y bella para la que fue creado: el pecado, sin embargo, le ha hecho olvidarla y le ha llevado a escuchar a otros maestros, a seguir otros caminos que han resultado ser caminos de muerte.

El Espíritu, que el Padre nos da, tiene la tarea de recordarnos siempre la esperanza a la que estamos llamados, para que, por olvido, no nos encontremos viviendo por debajo de la belleza a la que estamos llamados.

Por último, es importante subrayar que Jesús reza al Padre por nosotros, para que el Padre nos dé el Espíritu (Jn 14,16).

La presencia del Espíritu Santo en nosotros está, pues, profundamente ligada al misterio de la oración de Cristo, a su deseo profundo, al bien que quiere para nosotros.

Pero también está ligado a nuestra oración, a nuestra apertura a Él.

La vida del cristiano es una vida que pide constantemente el Espíritu, es la vida de quien ha descubierto que sólo el Espíritu puede dar sentido y plenitud a la vida.

Pedir el Espíritu es, pues, la oración por excelencia, y el Espíritu es el "bien" que el Padre da a quien lo pide (cf. Lc 11,13).

 

+Pierbattista