Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa :XII Domingo del Tiempo Ordinario, año C 2022

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: June 16 Thu, 2022

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19 de junio de 2022

XII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

Lc 9,18-24

Nota: Esta meditación se basa en el Evangelio del XII domingo del tiempo ordinario, porque la fiesta del Santísimo Sacramento (Corpus Christi) se celebró el jueves 16 de junio en Jerusalén

Volvamos a los domingos del Tiempo Ordinario, acompañados del Evangelio de Lucas.

Estamos en el capítulo 9, y los versículos que leemos hoy (Lc 9,18-24) se pueden dividir en tres partes: primero, encontramos la pregunta de Jesús sobre su identidad, con la respuesta de los apóstoles, y de Pedro en particular; luego viene el primer anuncio de la pasión; y, por último, las palabras de Jesús sobre el estilo que debe caracterizar a los que parten detrás de él.

Y me parece que ya podemos deducir un primer elemento importante, a saber, que la identidad del cristiano está estrechamente ligada a la de Jesús.

En efecto, Jesús plantea a los discípulos una pregunta sobre sí mismo, sobre lo que la gente y los propios discípulos han entendido de su persona y de su misterio. Pero inmediatamente después, habla de ellos, de los discípulos, leyendo sus vidas a partir de la suya, como contraste.

Como el Señor es, así son sus discípulos.

No es posible, por tanto, conocerse verdaderamente a sí mismo sin partir del conocimiento de Cristo; y cuanto más profundamente lo conozcamos, su vida, su historia, el sentido de su existencia, más nos entenderemos a nosotros mismos, comprenderemos el misterio de nuestra propia vida, y más seremos nosotros mismos.

Por el contrario, no hay verdadero conocimiento del misterio del hombre sin este "espejo" que sólo puede revelar quiénes somos.

Se trata, pues, de descubrir que no es tanto Cristo el que es humano porque es como nosotros, sino que somos nosotros los verdaderamente humanos, en la medida en que encontramos y vivimos plenamente nuestra semejanza con él, nuestra verdad.

Por lo tanto, no sabemos cuál es este misterio. Jesús no se detiene tanto a preguntar a los discípulos qué han entendido de él, sino que se ocupa de revelárselo él mismo (Lc 9,22), para contarles la finalización de su viaje a Jerusalén. Y el cumplimiento de su misterio es la Pascua.

Y esto significa que la humanidad de Jesús se realiza perfectamente en su muerte y resurrección, significa que la Pascua es el sentido de todo, es la Pascua que ilumina todo lo demás.

Por eso Lucas representa la vida de Jesús como un viaje a Jerusalén, un viaje a la Pascua.

Cada paso de nuestra vida tiene un sentido si está en el camino de la Pascua, si nos acerca a este misterio.

Una vida sin Pascua no alcanza su plenitud.

Por eso, en la tercera parte del pasaje de hoy, Jesús no duda en decir que una vida sin Pascua es una vida perdida (Lc 9,24).

Paradójicamente, un hombre podría tener todo lo demás, el mundo entero (Lc 9,25), pero si no pasa por la Pascua su vida no tiene sentido.

La vida del cristiano, por tanto, como la de Jesús, está íntimamente ligada a la cruz, no entendida en su sentido de sufrimiento, sino de preferencia: la cruz es el modo de vida que prefiere amar al otro en cada elección, negándose a sí mismo.

Sin embargo, hay algo importante que destacar: se trata de una distinción entre negarse a sí mismo y perderse.

Negarse a sí mismo implica la libre elección de quien se entrega; y al hacerlo, resucita a la nueva vida de los redimidos, porque la cruz está estrechamente ligada a la resurrección, es la puerta a ella.

Pero si uno opta por no negarse a sí mismo, por no darse, se queda, por así decirlo, al margen de la vida, no entra nunca en ella, se queda fuera, encerrado en su pequeña existencia sin amor, y por tanto perdido.

 

+Pierbattista