Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa, Ascensión del Señor

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: May 17 Tue, 2022

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26 de mayo de 2022

Ascensión del Señor, año C

Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión y leemos los últimos versiculos del Evangelio de Lucas (Lc 24,46-53).

Hay muchos elementos que caracterizan este pasaje, y vamos a destacar algunos de ellos.

En primer lugar, el pasaje está dividido en dos partes: la primera (vv 46-49) relata la conclusión de una aparición a los apóstoles, la que narra la llegada del Resucitado al Cenáculo después de que los discípulos de Emaús regresaran y contaran su encuentro con Él en el camino (Lc 24,33).

Luego (vv 47-50) Jesús saca a los suyos de Jerusalén hacia Betania, y allí es llevado por el Padre.

En el Evangelio de Lucas, cuando Jesús aparece, siempre abre la mente de los discípulos para que comprendan las Escrituras. No explica su resurrección, ni dice nada sobre lo que le ocurrió, salvo en referencia al plan de Dios, porque, dice, ese plan se ha cumplido.

Lo mismo ocurre con el ángel con las mujeres en la mañana de Pascua (Lc 24,7).

Jesús, en obediencia al Padre, completa la historia de salvación que Dios había prometido al pueblo de Israel a lo largo de los siglos.

¿Cuál era este plan, esta promesa?

La promesa era la de una nueva alianza, que los profetas veían como la única posibilidad de que la relación entre Dios y su pueblo fuera verdadera y factible.

Ya no estaba ligada a la observancia de una ley, sino a una nueva vida que Dios daría. Esta era la alianza de la que hablaba Jeremías (31:31-34), escrita en los corazones.

Pues bien, Jesús dice que esta alianza se ha cumplido, gracias a su pasión; en el pasaje del Evangelio que narra la última cena de Jesús con los suyos, Lucas es el único que utiliza la expresión "la nueva alianza en mi sangre" (Lc 22,20), porque la nueva alianza es su sangre, su vida, derramada sobre nosotros, derramada por nosotros y en nosotros.

Si todo esto es cierto, entonces Jesús puede volver al Padre. No sólo porque ha cumplido su misión entre los hombres, sino porque, aunque se vaya, permanece en la tierra en la vida de sus discípulos.

Ahora la lógica del Reino queda en manos de los suyos, en el nuevo corazón de los suyos, la alianza se convierte en el criterio y el sentido de la vida de la Iglesia.

El pasaje de Jeremías citado anteriormente continúa diciendo: "Ya no tendrá que enseñar cada uno a su compañero, ni cada uno a su hermano, diciendo: "¡Aprended a conocer al Señor! Porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande" (Jer 31,34): la interiorización de la ley se realiza, y cada uno lleva al Señor en su propia carne. Ahora Jesús puede volver al lugar del que partió.

Un segundo elemento que vincula el pasaje de hoy con este discurso de la plenitud se refiere al perdón.

Volvamos a Jeremías 31:34. ¿Por qué me conoce todo el mundo?  Porque 'perdonaré sus iniquidades, no me acordaré de sus pecados'.

La nueva alianza, en la sangre de Jesús, está estrechamente ligada al perdón de Dios a las personas. Podríamos decir que la nueva alianza es la posibilidad que se le da al hombre de dejarse perdonar infinitamente.

¿Qué es lo que tendrán que proclamar los discípulos a partir de Jerusalén?

Básicamente, es "la conversión y el perdón de los pecados" (Lc 24,47).

No porque lo hayan aprendido o escuchado en alguna parte, sino porque son testigos de ello (Lc 24,48), es decir, porque fueron los primeros en experimentarlo y vivirlo. En sus traiciones, en sus huidas: han sido amados hasta el punto de ser perdonados.

No lo harán solos, con sus propias fuerzas, sino que estarán revestidos del poder de lo alto (Lc 24,49), del Espíritu que les recordará todo lo que Dios ha hecho por sus vidas.

Es hermoso, pues, que después de todo esto, Jesús suba al cielo para bendecir a los suyos (Lc 24,50), porque la bendición no es más que eso, esta nueva presencia del Señor entre los suyos. Hay un desprendimiento (Lc 24,53), pero no es una ausencia, porque en realidad Jesús no puede irse absolutamente. Parte y permanece, íntima y profundamente ligado a la vida de la Iglesia, en el corazón del mundo.

+Pierbattista

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