Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa, VI Domingo de Pascua, año C 2022

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: May 13 Fri, 2022

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22 de mayo de 2022

VI Domingo de Pascua, año C

 

El pasaje del Evangelio de hoy (Jn 14,23-29) forma parte del largo discurso que Jesús dirige a sus discípulos en la Última Cena en el Cenáculo, después del lavatorio de los pies.

Es un discurso de despedida, en el que Jesús acompaña la conmoción que sienten los discípulos ante el anuncio de su inminente partida con palabras que dan el sentido de lo que va a suceder, que dan el sentido de la vida que el Señor va a dar.

En este discurso, como en un estribillo, vuelven algunas frases, algunas intuiciones de Jesús, palabras que son el corazón de la vida de un discípulo.

Me gustaría destacar dos aspectos.

La primera es que es cierto que Jesús está a punto de dejar a su Pueblo. Pero esta partida abre la posibilidad de su regreso, y de un regreso absolutamente nuevo, mucho más rico y hermoso que la realidad con la que los discípulos han aprendido a vivir en sus días terrenales.

Jesús lo dice varias veces en este capítulo 14: está a punto de partir y volver al Padre, llevando consigo nuestra humanidad. Para esta humanidad, se prepara un hogar donde todos pueden encontrar su lugar.

Jesús se va, pero sólo para volver (Jn 14,3). Jesús no volverá solo, sino con el Padre y el Espíritu: "Iremos a él" (Jn 14,23) dice Jesús, hablando de sí mismo y del Padre. Y el Padre enviará el Espíritu (Jn 14,26), que será la vida misma de Dios en nosotros.

La venida de Cristo después de la Pascua, en definitiva, trae algo nuevo. No se trata de una simple vuelta al pasado, como si nada hubiera cambiado. El Evangelista Juan nos dice que con la nueva venida de Cristo, nuestra vida ya no es sólo nuestra, sino una vida habitada por la vida de Dios, que es esencialmente relación y comunión de amor entre las personas de la Trinidad.

Jesús viene a habitar en nuestro verdadero hogar, es decir, en el amor del Padre. La obra de salvación iniciada en la Pascua se cumple con esta venida.

El segundo aspecto es que todo esto está vinculado a un condicional: el pasaje de hoy, de hecho, comienza con un "si". "Si alguien me ama..." (Jn 14:23).

La comunión de vida con Dios sólo es posible si vivimos en la casa que nos ha sido preparada, es decir, en el amor, en la aceptación del amor que Dios nos tiene y que los acontecimientos de la Pascua han revelado plenamente.

Si vivimos desde esta acogida, desde este amor, el fruto es la obediencia: "Si alguien me ama, guardará mi palabra" (Jn 14,23).

La obediencia a la palabra de Jesús es el fruto de una vida nueva, pero es también su prueba decisiva: para Jesús, el amor no es un simple sentimiento, sino una vida de escucha y obediencia.

Fue el primero en vivirla en relación con el Padre, no buscando más que hacer su Voluntad: el Evangelio de Juan está plagado de palabras en las que Jesús habla de esta obediencia al Padre (Jn 4,34; 5,30; 8,28-29...).

La vida misma le enseñó después la obediencia, le puso en la situación dramática, en Getsemaní, de ser llamado a elegir no su propia voluntad sino la del Padre.

Jesús confía y experimenta que esta obediencia es realmente el camino de la vida, que es la única manera de permanecer en el amor.  Por eso, antes de volver al Padre, muestra este camino a los suyos.

Sabe que no tendrán que hacerlo todo solos: es el Espíritu quien forma en nosotros la vida de hijos, la vida obediente. Él lo enseñará todo y recordará a los discípulos sus palabras para que sigan siendo obedientes (Jn 14,26).

Y, finalmente, dice que a los que viven todo esto no les faltará la paz ("La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy según el mundo", Jn 14,27). La paz es la condición de quien ha encontrado el camino, sabe a dónde va y sabe que no está solo en el camino. Jesús deja esta paz, que es su paz y que sólo él puede dar.

Nunca encontraremos en los Evangelios discursos o consideraciones sobre la paz. No es una abstracción, ni el resultado de iniciativas humanas, ni el fruto de una actitud moral o social ("No os la doy como el mundo la da", Jn 14,27). En el Evangelio, la paz nace de la experiencia de vivir en el amor de Cristo. Más adelante, en el mismo discurso, Jesús añade: "Perseverad en mi amor" (Jn 15,9).

No se trata de una invitación a no preocuparse por la paz, sino de una invitación a construirla desde la experiencia de la Pascua, donde todo, incluso nuestras traiciones, son acogidas en el corazón del Amor salvador.

+Pierbattista