Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa, VII Domingo de Pascua, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: May 17 Tue, 2022

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29 de mayo de 2022

VII Domingo de Pascua, año C

Para las iglesias que ya han celebrado la Ascensión el pasado jueves, la liturgia propone para el séptimo domingo de Pascua la última parte de la famosa oración de Jesús (Jn 17,20-26).

Esta oración, que ocupa todo el capítulo 17, se divide en tres partes.

En la primera parte (vv 1-5) Jesús reza por sí mismo, en la segunda (vv 6-19) reza por sus discípulos, y en la tercera, la que la liturgia presenta hoy (20-26), Jesús reza por los creyentes, es decir, por nosotros ("No ruego sólo por los que están aquí, sino también por los que creerán en mí por medio de su palabra", v.20).

En cierto sentido, en este pasaje del Evangelio, Jesús se dirige directamente a nosotros y nos muestra el camino de la vida cristiana.

Jesús dice, en primer lugar, que la fe, es decir, la relación con Él, llega a través del anuncio de los creyentes ("los que por su palabra creerán en mí", v. 20). La fe no es un asunto privado, sino que debe ser comunicada y proclamada. El creyente no vive para sí mismo; la fe cristiana se fortalece y crece cuando se da testimonio de ella. Hay vida cuando alguien da vida. Hay fe cuando alguien da la suya. Esta es la ley del cristiano. Una fe que no se comparte se extingue, muere. Forma parte de la identidad cristiana estar siempre dispuesto a responder a quien le pida razón de la esperanza que hay en El (cf. 1P 3,15).

De este pasaje de la oración, sólo nos quedaremos con tres elementos.

La primera y más obvia es la oración por la unidad, de la que se habla a lo largo del pasaje ("para que todos sean uno", v. 21; "para que así sean perfectamente uno", v. 23). La unidad de los creyentes es la primera forma de anuncio y es lo que hace creíble el testimonio. No se trata de una unidad social, sino de un esfuerzo que viene de nosotros, desde abajo: "como Vos, Padre, estáis en mí, y yo en Vos" (v. 21), "para que sean uno como nosotros somos UNO" (v. 22). La unidad entre los creyentes es signo y símbolo de la unidad entre Jesús y el Padre. El Evangelio de Juan insiste mucho en la relación íntima entre el Padre y Jesús (cf. 5,19; 8,28; 10,25-32-37; 12,50), es una especie de hilo conductor del Evangelio.

En otras palabras, al compartir la vida con los demás, al dársela, al comunicarla a otros, al preservar la unidad, participamos en la vida divina ("para que sean uno como nosotros somos UNO", v. 21). La unidad entre el Padre y Jesús es extendida y compartida por los creyentes que, amándose unos a otros, la hacen visible y comprensible para el mundo.

Otro elemento a tener en cuenta es que esta unidad no es íntima, sino que debe ser tangible y visible, porque sólo así el mundo puede experimentar a Jesús, sólo así el mundo puede creer en Jesús ("Que el mundo crea que Vos me habéis enviado", v. 21). Si, por un lado, la unidad de los creyentes no es una mera cuestión de organización, sino el fruto de la acción divina, también es cierto que la unidad de los creyentes debe ser históricamente visible. El mundo necesita ver nuestra unidad. Esta unidad tendrá un impacto decisivo en el mundo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Jn 13,35).

Por último, el pasaje habla varias veces de gloria y de amor, términos que se hacen eco mutuamente y que aquí son casi sinónimos.  La gloria aquí es la revelación del amor de Dios, que culmina con el abajamiento del lavatorio de los pies y la cruz (no olvidemos que todavía estamos en el Cenáculo en la Pascua).

La verdadera gloria de Jesús está en seguir el camino del servicio humilde que culmina en la cruz. Incluso para los discípulos -y para nosotros que hemos creído en su palabra- la verdadera gloria está en el camino del servicio humilde. El camino de la cruz es el camino de la verdadera gloria. La cruz, antes de ser un símbolo de sufrimiento y sacrificio, es el lugar donde se da a conocer el amor infinito de Dios. La unidad no se construye dando importancia a uno mismo, sino, al contrario, dando cabida a los demás, amándolos más que a uno mismo. Sólo un amor así, que sabe darse y hacerse pequeño para dar cabida a los demás, puede construir la unidad y convertirse así en imagen del amor de Dios, de la unidad entre el Padre y Jesús.

No es fácil entender este pasaje en su totalidad, entrar en la comprensión de esta relación particular y única entre el Padre y Jesús, y de nuestra relación con ellos. Tampoco podemos, por nuestra cuenta, con nuestras propias fuerzas, tener la capacidad de vivir así, en unidad, haciendo siempre esto.

Todo esto no puede ser fruto de un esfuerzo puramente humano.

Por eso se nos enviará el Consolador, el Espíritu que habitará en nosotros y permanecerá con nosotros para siempre (Jn 14,16) y nos dará a conocer el nombre de Dios (Jn 14,26), es decir, a él mismo. En el Evangelio de Juan, no conocemos con el intelecto, sino con el corazón. Conocer significa ver, experimentar. El Espíritu que será derramado en nuestros corazones nos hará conocer, es decir, experimentar concretamente el amor de Dios, que habitará en nosotros, formará parte de nosotros y permanecerá con nosotros para siempre (Jn 14,16). Y cuando el Espíritu sea derramado en nuestros corazones, sabremos, es decir, experimentaremos lo que Jesús dijo en este pasaje en su oración al Padre: "Aquel día sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros". (Jn 14,20)

+Pierbattista