Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa, VIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C 2022

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: February 17 Thu, 2022

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27 de febrero de 2022

VIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

 

El pasaje evangélico de hoy (Lc 6, 39-45) comienza con una serie de preguntas apremiantes: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? ¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, cuando no ves la viga en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: 'Hermano, déjame quitarte la paja que está en tu ojo', cuando tú mismo no ves la viga que está en el tuyo? (Lc 6.39.41.42)

Para entender lo que Jesús quiere decir, necesitamos recordar el contexto de sus palabras. Estamos en el capítulo 6 de Lucas. Este capítulo comienza con las bienaventuranzas y continúa con el pasaje escuchado el domingo pasado, donde Jesús revela la medida de amor a la que están llamados los que quieren seguirlo. Era una medida paradójica, una medida sin medida (Lc 6,27-38).

En el Evangelio de hoy, Jesús advierte para que no suceda que alguien, poseído por un exceso de celo, se equivoque al pensar en amar y hacer el bien, cuando corre el riesgo de causar un gran daño.

Jesús dice hoy que, para amar de verdad, no basta la buena voluntad: sobre todo hay que estar bien preparado (Lc 6,40). Pero, ¿qué significa estar “bien preparado”?

Esta expresión puede, en efecto, resonar de manera extraña si se la entiende a la manera de una preparación escolar, de un curso al que asistir, como si se tratara de un curso reservado sólo para algunos.

Pero no es así.

Sobre todo, Jesús afirma que todo discípulo (Lc 6,40) puede prepararse. No es algo reservado a unos, como si los demás estuvieran excluidos. Estar bien preparado es asunto de todos.

Jesús explica entonces que para estar bien preparados se trata ante todo de ser personas libres. No es una cuestión de estudios, de título, de capacidad, sino de libertad hacia uno mismo.

Y según Jesús, el hombre libre es el que no huye de sí mismo, porque tendría miedo de verse en la verdad.

Además, quien primero ha experimentado esta medida sobreabundante de misericordia que el Padre tiene para con él, ya no necesita esconderse, buscando aparentar ser diferente de lo que es.

No necesita ocultar su propio mal porque sabe que es escuchado y perdonado en su propia pobreza.

En cambio, el que todavía tiene miedo busca la forma de esconderse. Y uno de los caminos más fácil y frecuente será el de fijar la mirada en la maldad del otro. Evitamos así mirarnos en la verdad (Lc 6,41). Cuando esta persona busca amar, sólo puede ser como este ciego que guía a otro. Solo puede conducirlo a su propia oscuridad y sus propios miedos para buscar la verdad.

Y obviamente lo hará con la excusa de hacer el bien. Sin embargo, al hacerlo, evitará e impedirá la experiencia más importante que puede tener el creyente: la de verse y verse a sí mismo a la luz de la misericordia del Padre.

 

La única condición para hacer el bien es, pues, haber experimentado la bondad del Señor. De hecho, es lo único que es necesario. Porque si falta esta experiencia fundamental, entonces el bien que se pueda hacer no tendrá la fuerza para liberar al otro de sus propias tinieblas. Por el contrario, corre el riesgo de llevarlo a una oscuridad aún mayor.

Además, quitar la viga de su ojo puede ser una operación muy dolorosa. No lo consideramos con un corazón ligero. Pero este dolor es precioso porque sólo quien tiene el coraje de atravesarlo tendrá la sensibilidad y la delicadeza para sacar la paja del ojo de su hermano. Porque, sabiendo a qué dolor lo expone, actuará con moderación y compasión.

El que es capaz de esto, el que mantiene una actitud constante de humildad y conversión, es como un buen árbol: sólo puede dar buenos frutos (Lc 6, 43-44). No se trata, pues, de obligarse a amar, sino de dejar que el Señor nos libere del mal y sane nuestro corazón. Entonces el amor vendrá por sí mismo.

Y las primicias no se encuentran tanto en las obras hechas sino en las palabras dichas (Lc 6,45). El que se salva conoce nuevas palabras y nuevas maneras de hablar. Sus palabras saben compartir y transmitir la verdadera riqueza que él mismo ha recibido, el bien que ha visto con sus ojos, en sí mismo y en sus hermanos.

+Pierbattista