Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa:XIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: June 23 Thu, 2022

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26 de junio de 2022

XIII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

El pasaje del Evangelio que escuchamos este domingo es el comienzo de la segunda parte del relato de Lucas, que narra el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén.

Como ya hemos dicho, Lucas presenta la vida de Jesús -y luego la del discípulo- como un viaje: no tanto un viaje físico, ni siquiera un simple desplazamiento, sino una peregrinación interior, para llegar al lugar de la plenitud, donde la vida se da, se pierde, en la fe en Aquel que no abandona a sus hijos en la muerte.

La vida es un viaje que tiene como primera meta Jerusalén, y como última meta el Padre (a Él, en lo alto, será "llevado" Jesús, en Lc 9,51): de Él venimos y a Él volvemos.

En este pasaje, este viaje a Jerusalén está en su inicio: no es casualidad que la palabra "camino" se repita cuatro veces.

De hecho, hay otra palabra importante, que se repite varias veces, pero que se pierde en la traducción del griego: Jesús tiene un rostro decidido (v. 51), envía mensajeros para que se encuentren con su propio rostro (v. 52) y es rechazado por los samaritanos porque su rostro está vuelto hacia Jerusalén.

Así que podemos decir que el protagonista de este viaje es el rostro.

Es el rostro del Señor el que se pone en marcha: unos versículos antes, este rostro, en la montaña, había aparecido transfigurado, se había convertido en "otro". Y aún más, será "diferente" al final del viaje, donde le encontraremos desfigurado por la Pasión, y luego de nuevo luminoso en la mañana de Pascua.

Pero ningún viaje es completamente previsible: es necesario decidirse a ponerse en marcha, y eso es exactamente lo que hace Jesús hoy.

Ha realizado muchos signos y prodigios, pero no se queda ahí, no se detiene, no se conforma con haber curado a una persona y haber proclamado a otra la buena noticia del amor del Padre.

Al principio de su vida pública (Lc 4,16ss), en la sinagoga de Nazaret, había comenzado su ministerio a la luz de una Palabra de gracia y de liberación para todos, y luego se había puesto en camino (Lc 4,30). Jesús va ahora hasta el final, asumiendo la responsabilidad de permanecer en un camino que le llevará a la muerte, porque sabe que sólo así revelará plenamente el rostro del Padre.

Por eso adopta un rostro decidido, y la determinación de su rostro es la del que no retrocede, la del que ha decidido llegar hasta el final, completar su camino, "cumplir" su hora. Es la fuerza del amor, que no es una fuerza violenta, sino una fuerza suave. Suave, e invencible.

En el pasaje evangélico, hay otra dureza, muy diferente de la que leemos en el rostro de Jesús: es la dureza de los discípulos Santiago y Juan. Ante el rechazo, ante la hostilidad, ante el misterio del mal, decidieron responder con violencia. Se trata de una referencia al profeta Elías (2 Reyes 1,10-15), que hace caer fuego sobre todos los enemigos del Señor, pensando que así defiende a Dios y resuelve el problema de la idolatría matando a los idólatras.

Pero no es la dureza que salva. No es la dureza del rostro, sino la dureza del corazón, la dureza de los corazones de piedra, de la que hablan los profetas (cf. Ez 36,26): y el Señor nos salva cambiando el corazón de piedra por un corazón de carne; por corazones que, ante el misterio del mal, sepan sentir compasión, sepan asumir el peso del destino de sus hermanos.

La dureza de los discípulos excluye, destruye, mata, aleja, rechaza...

La dureza de Jesús incluye, perdona, acoge, cuida....

En realidad, sí que caerá fuego sobre los samaritanos, pero será el fuego del Espíritu (Hch 8,17-18), y será Juan, junto con Pedro, quien salga de Jerusalén para ir a imponerles las manos, al oír que los samaritanos habían acogido la Palabra de Dios.

Nuestro camino, el camino del discípulo, es por tanto un camino que debe llevarnos a conocer este buen Rostro. No un rostro de Dios como lo imaginamos (victorioso, poderoso, violento...), sino el Rostro de Dios en el camino a Jerusalén.

Para hacer este viaje, es necesario experimentar una separación: y esto es lo que Jesús pide a las tres personas que encuentra en el camino.

Son tres casos diferentes, tres situaciones diferentes. En algunos casos es Jesús quien llama, en otros son ellos los que se ofrecen.

Pero lo que une a los tres personajes es que cada uno, si quiere seguir al Señor, tiene que dar un salto.

Debe crear un vacío, un espacio, debe dejar su corazón de piedra para acoger un corazón de carne.

Es decir, entrar en una lógica diferente, en la que no estemos en el centro, ni siquiera nuestros compromisos más sagrados, nada que nos dé seguridad, poder, gloria; nada a lo que podamos aferrarnos para mantener nuestra vida a raya.

Cada uno de nosotros debe abandonar el rostro de su propio dios y encontrarse con el rostro de Jesús.

Así comienza el viaje.

De lo contrario, seguimos al Señor, pero no cambiamos nuestro corazón, no cambiamos nuestra lógica, que sigue siendo terrenal.

Podemos tener muchas buenas intenciones, pero el camino no llega a Jerusalén, no vuelve al Padre, si no nos convertimos al Rostro de Jesús, a su Rostro determinado por la ternura del amor

+Pierbattista