Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XIX Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: August 04 Thu, 2022

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7 de agosto de 2022 

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, año C 

Lc 12,32-48

El pasaje del Evangelio de hoy (Lc 12,32-48) puede leerse a la luz del de domingo pasado (Lc 12,21-31), cuando vimos a un hombre insensato que pensaba que podía vivir bien sólo porque había acumulado muchas riquezas. Este hombre había llenado su vida de cosas, y las cosas le habían cerrado el horizonte: todo acababa en esta vida, sin ir más allá. 

Podríamos decir que su corazón estaba todo aquí, en esta tierra, donde tenía sus únicas posesiones (Lc 12,34). 

Había muchas posesiones, pero eran sólo para esta vida. 

El Evangelio de hoy se abre con el anuncio de la verdadera riqueza: "No temáis, pequeño rebaño; vuestro Padre ha querido daros el Reino" (Lc 12,32). (Lc 12,32). ¿Qué tiene de diferente esta riqueza de la que se puede acumular en la tierra? 

El evangelista nos presenta tres diferencias. 

La primera es que esta riqueza se da, se ofrece (Lc 12,32). No se dice que tengamos que trabajar duro para ganarlo, como el rico de la semana pasada. La riqueza que da Nuestro Padre es gratuita, y depende sólo de la benevolencia de Dios, del hecho de que Dios "le place" darnos su vida, compartiendo su existencia con el hombre. Este ha sido siempre su proyecto. 

La segunda es que esta riqueza, a diferencia de la que el hombre acumula por sí mismo, no teme a la muerte: "es un tesoro inagotable en el cielo, donde ningún ladrón viene y ninguna polilla destruye" (Lc 12,33). 

Y es que la riqueza que el Padre nos ha dado es nuestra filiación, nuestra relación con Él. Y es una relación segura porque, como ya hemos dicho muchas veces, es una relación que ya ha pasado por la muerte, y no ha quedado presa de ella. 

La tercera es que esta riqueza, paradójicamente, es bienvenida en el momento en que compartimos lo que tenemos con los demás: "Vende lo que tienes y dalo como limosna; háganse con carteras que no se desgasten". 

El hombre rico de la semana pasada estaba construyendo almacenes para guardar sus posesiones. Hoy se nos dice que para contener las riquezas del Reino debemos tener "carteras que no se desgasten", o que para contener la vida eterna necesitamos recipientes adecuados. No se puede poner la vida eterna en algo que está destinado a perecer. 

El pasaje hace hincapié en la vigilancia ("Tened la ropa de servicio puesta, el cinturón en la cintura y las lámparas encendidas", versiculo 35). La vigilancia cristiana es el arte de discernir los signos de los tiempos. Vigilar significa buscar los signos del plan de Dios, su reino, en la historia humana que vivimos. Requiere paciencia, confianza en Dios y ver la historia como una oportunidad para que nuestra voluntad actúe bien. Este reino no está en el más allá, sino aquí. La vigilancia debe llevarnos a reconocer sus signos aquí y ahora y a comprometernos a darles una visibilidad concreta. 

El Evangelio de hoy continúa con una parábola que también puede leerse pensando en la del domingo pasado. 

Porque así como el rico del domingo pasado llenó el vacío con sus posesiones, el siervo de la parábola de hoy llena la expectativa con otra forma de riqueza, la del poder (Lc 12,45): el poder es otro medio con el que el hombre se engaña para evitar la muerte, para evitar los límites. 

Pero así como nos contentamos con falsas riquezas, el corazón del hombre se contenta con pequeños poderes. Podría tener todo el Reino de los Cielos, pero en lugar de ello parece contentarse con gobernar a los que están un poco por debajo de él, llenándose así de ilusiones. 

En realidad, estamos llamados a una dignidad mucho mayor, la de ser servidores a los que el amo ama tanto que él mismo se convierte en su servidor (Lc 12,37). 

La vigilancia, pues, es esencialmente la memoria de esta dignidad infinita, que se nos da gratuitamente, mientras esperamos que esta dignidad se convierta cada vez más en la esencia misma de nuestra vida. 

Y así es cuando nosotros mismos hacemos como ese señor que vuelve para servir, no para ser servido. 

+Pierbattista