Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XV Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: July 07 Thu, 2022

Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XV Domingo del Tiempo Ordinario, año C Available in the following languages:

10 de julio de 2022

XV Domingo del Tiempo Ordinario, año C

Lc 10,25-37

Hay dos expresiones que nos ofrecen una primera clave de lectura del pasaje del Evangelio de hoy (Lc 10,25-37).

La primera la encontramos inmediatamente al principio, cuando el evangelista Lucas dice que un doctor de la Ley se levanta para poner a prueba a Jesús.

Este verbo es el mismo que utiliza Lucas en el capítulo 4, donde Jesús, en el desierto, es tentado por el diablo (Lc 4,2). Es una expresión fuerte y nos dice que, escondida detrás y dentro de las palabras del doctor de la Ley, hay una tentación, a saber, la propuesta de una falsa imagen de Dios.

La segunda expresión la encontramos en el versículo 29, cuando el doctor de la Ley, después de las palabras de Jesús a su pregunta sobre lo que es necesario para heredar la vida eterna, queriendo "justificarse", hace otra pregunta, sobre quién es su prójimo ("Pero aquél, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?").

El doctor de la Ley, por lo tanto, primero tienta a Jesús, y luego se justifica a sí mismo. Pero, ¿qué es lo que está en juego, cuál es la tentación, y por qué se va a justificar?

Detrás de las preguntas de este maestro se encuentra la gran tentación del hombre religioso, la de encerrar a Dios en los confines de su propia lógica humana, de poseerlo, de hacerlo a su imagen y semejanza: un Dios impecable, evidente, distante, que no entra en la vida, que no habita en la historia. Con el riesgo de convertirlo en una ideología, que al final sólo justifica el propio egoísmo.

Nuestro personaje, en definitiva, acude a Jesús tratando de definir qué es el amor y a quién amar, esperando que esta casuística le defina unos límites dentro de los cuales el también pueda evolucionar sin demasiados imprevistos, de los que no esté obligado a salir, que le ahorren el esfuerzo de morir y renacer. Busca una respuesta que le dé la certeza de tener razón, es decir, de salir "justificado".

Jesús evita entrar en la lógica del maestro de la Ley, y no da una respuesta: a la primera pregunta ("¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?" versiculo 25) invita al otro a responder por sí mismo, le devuelve a sí mismo, a buscarse en esa Ley de la que es maestro; a la segunda le cuenta una parábola ("¿Quién es mi prójimo?", versículo 29), que no es una respuesta, y que termina con otra pregunta. Jesús no se deja engañar y no nos deja en nuestro engaño.

En este contexto se sitúa la parábola del "buen samaritano" (Lc 10,30-35).

El desgraciado, que ha caído en manos de los ladrones, es visto (Lc 10,31.32.33) por tres personas diferentes. El sacerdote y el levita lo ven. El texto utiliza dos preposiciones (antì-parà) que indican un "movimiento alrededor", y dejan claro que el sacerdote y el levita se apartan, lo rodean, es decir, lo evitan y siguen su camino.

Detengámonos sólo en los gestos del samaritano, que, a diferencia de los dos primeros personajes, no sólo ve, sino que tiene compasión (Lc 10,33): antes de cruzar físicamente el camino, ya ha hecho sitio en su interior a ese hombre, y no en nombre de la misma filiación religiosa, ni de alguna simpatía política, sino en nombre de la pertenencia a la misma humanidad, a la misma fragilidad necesitada.

Y la compasión le hace dar ese paso que la "fe" no había hecho dar a los otros dos personajes.

El samaritano tiene la capacidad y la libertad de traspasar, de romper la rigidez de esas fronteras que impedirían el contacto de mundos diferentes.

Hace una liturgia de gestos humanos y sagrados, inclinándose ante el hombre como se inclina ante Dios en el templo. Hace su ofertorio, con aceite y vino, usa lo que tiene, y luego no lo deja allí. No decide que ha hecho lo suficiente, sino que llega hasta el final. Lo carga, lo confía a otro, involucrándolo en su historia de compasión. Y entonces saca dos monedas, paga y asegura que volverá.

Después de esta parábola, Jesús devuelve la pregunta sobre el prójimo al maestro de la Ley, pero se la devuelve al revés ("¿Quién de estos tres crees que era prójimo del que cayó en manos de los ladrones?" versículo 36): donde él hubiera querido definir los límites y decidir quién está dentro y quién está fuera, a quién debemos amar y a quién no, Jesús nos invita a hacer lo contrario, a eliminar los límites, a hacernos prójimo de quien se encuentre en nuestro camino, sin elegir.

Sólo eliminando estas fronteras descubrimos el verdadero rostro de Dios, liberados de la tentación de pensar en un Dios que se aleja del hombre, liberados de la tentación de que podemos amarlo y servirlo, sin servir al hermano que resulta estar a nuestro lado.

 

+Pierbattista