Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XVII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: July 21 Thu, 2022

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24 de julio de 2022

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, año C

Lucas 11, 1-13

El Padrenuestro, la parábola del amigo inoportuno, la bondad del Padre que da el Espíritu: en cada uno de estos tres pasajes, en los que Jesús habla de la oración, encontramos en algún momento algo relacionado con el hambre y, por tanto, con algo que comer.

"Danos hoy nuestro pan de cada día" (Lc 11,3), decimos en el Padre Nuestro.

"Préstame tres panes" (Lc 11,5), dice el amigo que tiene un huésped que llegó durante la noche para alimentarse.

"Si el hijo le pide un pez... o si le pide un huevo" (Lc 11,11-12) dice Jesús para hablar de la bondad del Padre, del modo en que siempre da cosas buenas.

Estamos hablando de comida, y de alguien que la da.

Por lo tanto, la oración no es algo que hay que hacer primero, sino una cosa que hay que alimentar. En efecto, es el descubrimiento de alguien que alimenta. Es el descubrimiento de lo que realmente alimenta, de una relación que pueda alimentar nuestra necesidad de vida.

Son los discípulos los que piden a Jesús que les enseñe a rezar. Lo ven rezar, y sienten que se nutre de una relación; ven que su vida tiene una fuente oculta, que la hace verdadera y fecunda.

La experiencia del discípulo pasa necesariamente por esta pregunta a Jesús: enséñanos a rezar. Esta es una petición fundamental: en algún momento es necesario sentir el deseo de una relación con Dios que alimente la vida.

Los discípulos sienten que la oración de Jesús es nueva, diferente a la del Bautista, a la de cualquier otro, que ya no se parece a ninguna otra, y que sólo Él puede darla. Sienten que les falta algo, que esto es precisamente lo que les falta; tienen hambre de ello, y lo piden. Esto ya es una oración.

Por lo tanto, para alimentarse, primero hay que tener hambre.

El que lo sabe todo, el que lo tiene todo, el que lo puede todo, está satisfecho de sí mismo, está saciado y no conoce el hambre; no necesita pedir nada a nadie. No reza.

Al igual que el que no tiene nada, pero no tiene a quién pedirle nada, éste tampoco reza.

Tampoco reza quien no sabe que hay alguien dispuesto a dar, a saciar su hambre.

La oración que Jesús enseña a sus seguidores es la experiencia que surge en la vida de quienes se conocen a sí mismos en la verdad y conocen la verdad de Dios.

La verdad de nosotros mismos es la verdad de nuestra hambre, de nuestras necesidades, de nuestra carencia, de nuestras limitaciones: necesidades que, lejos de ser un obstáculo para la oración, son su fuerza.

Pero si sólo conociéramos la profundidad de nuestra necesidad, y no conociéramos la bondad de Dios, si no supiéramos que nuestra hambre es de interés para alguien, nuestra vida sería desesperante.

Y Jesús responde a los discípulos revelando y compartiendo con ellos lo que alimenta su vida: el Padre.

Dios "Padre" es el fundamento de la oración y de la vida.

Y en este camino de la vida, donde el Padre es el origen y el fin, Jesús muestra cómo el Padre nos alimenta.

Estas son las cinco peticiones del Padre Nuestro: en el centro, precisamente, la petición sobre el pan de cada día.

Los otros cuatro nos dicen qué sabor tiene el pan de Dios, con qué pan nos alimenta el Padre, qué necesitamos realmente para vivir.

Necesitamos el nombre de Dios para ser santificados (Lc 11,2). En el nombre de Dios, está Dios mismo; pero ¿quién se atrevería a pronunciar un nombre sagrado con labios impuros? La referencia al Antiguo Testamento se encuentra en Ezequiel 36,23, donde Dios mismo se preocupa de santificar su nombre, deshonrado entre los hombres, con un amor mayor, para que este Nombre no permanezca inaccesible, pronunciado sólo por los puros. Y lo hace dándonos un corazón nuevo, un corazón capaz de llevar él mismo Su nombre. Santifica su nombre para que sea una fuente de santidad para todos.

Necesitamos que venga su reino (Lc 11,2): porque nuestros reinos son los que tenemos delante cada día, que traen muerte y violencia. El reino del Padre es aquel en el que uno da la vida por el otro.

Necesitamos el perdón, recibido y compartido (Lc 11,4), es decir, necesitamos que Dios afronte con nosotros una de las cuestiones fundamentales de la vida, que es la presencia del mal. Necesitamos una nueva forma de afrontarlo, una forma que alimente la vida. Y ese camino es el perdón.

Y por último, necesitamos que Dios cuide de nuestras vidas, para que en la vida no caigamos en la tentación. Es interesante observar que en el episodio de las tentaciones de Jesús (Lc 4,1-13), vuelve a surgir el tema del pan: cuando tenemos hambre, si nos falta el pan, podemos ceder a la tentación de buscarlo fuera de la relación con el Padre, de hacerlo nosotros mismos. Sólo quien sabe que Dios es Padre sabe esperarlo de Él.

Por eso Jesús cuenta la parábola del amigo inoportuno, y sigue diciendo que hay que insistir en pedir.

Es como si quisiera invitarnos a no conformarnos con cualquier pan, sino a insistir en la búsqueda del adecuado. Insistir significa tener hambre, hasta que el pan de Dios nos alimente. Es el acto de fe de quien no se rinde ante el silencio del Padre, porque sabe que el Padre dará necesariamente la vida, de la manera y en el momento que sea mejor para nosotros.

Allí, durante este tiempo, la relación crece, se vuelve verdaderamente nutritiva. De lo contrario, es mágico.

Así, Jesús educa nuestro deseo, nuestro paladar, para que sepa reconocer el sabor del verdadero pan, para que sepa pedirlo, para que sepa esperarlo. No todo el pan nos alimenta, sino sólo el que sabe a la santidad del nombre del Padre, el que sabe a su reino, el que sabe al perdón, el que espera de Él la salvación.

+Pierbattista