Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XX Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: August 11 Thu, 2022

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17 de agosto de 2022 

XX Domingo del Tiempo Ordinario, año C 

Luca 12,49-53

El domingo pasado, Jesús nos habló de la riqueza y las posesiones, y nos dijo que el corazón de un hombre es donde tiene su tesoro. 

Hoy parece cambiar su discurso, y habla de sí mismo, de su misión: dice que ha venido a traer fuego a la tierra (Lc 12,49), y que está impaciente por que se cumpla su misión. Como si dijera que, por el contrario, su corazón está aquí, su tesoro es esta misión que el Padre le ha confiado. 

Pero, ¿qué significa esta expresión y por qué Jesús utiliza esta imagen? 

En el Antiguo Testamento, la imagen del fuego se utiliza para expresar la presencia de Dios en medio de los hombres. Dios no puede ser visto, por lo que se hace presente y visible a través de ciertos símbolos, como el fuego. 

Pensemos en Moisés y su experiencia de la zarza ardiente: Moisés ve un fuego que arde sin consumirse, se acerca a ella y oye la voz de Dios que le habla (Ex 3,2). 

Pero pensemos también en la salida de Israel del desierto: el pueblo en su camino fue guiado por Dios mismo, que caminaba a su cabeza. Y el pueblo podía verlo como una columna de fuego de noche y como una nube de día (Ex 13:21s). 

Hay otras bellas imágenes que describen la obra de Dios en nosotros como un fuego que no se puede apagar. Pensemos, por ejemplo, en la experiencia del profeta Jeremías: el profeta está cansado, decepcionado, querría olvidarse de Dios, pero no puede, porque Dios, en él, es como un fuego, como algo que no se puede resistir, como algo que arde en él (Jer 20,9). 

Si la imagen del fuego indica la presencia de Dios, entonces podemos concluir que hoy Jesús dice que vino a traer a Dios entre los hombres, a ser su presencia en la tierra. 

Vino para eso, para inaugurar el Reino de Dios, para anular la distancia entre el hombre y su Creador. 

No es una misión fácil, y por eso Jesús se refiere a su Pasión, que llama "bautismo", al momento en que Jesús se sumergirá en la muerte: será el momento decisivo en que el fuego brillará en todo su esplendor. 

En efecto, en el Antiguo Testamento, la imagen del fuego recuerda no sólo la presencia de Dios, sino también la purificación, la decisión y el juicio. La cita del profeta Malaquías (3,2) es bien conocida: "¿Quién podrá resistir cuando se manifieste? Porque es como el fuego de la fundición, como la lejía de los limpiadores. 

Jesús nos dice que, por supuesto, es la presencia de Dios en medio de nosotros, como un fuego, pero es una presencia ante la cual, sin embargo, debemos tomar una decisión, expresar un juicio. El encuentro con el fuego no deja las cosas como estaban antes. Cuando uno trae al Señor a su vida, todo se transforma. El encuentro con el Señor sólo puede cambiarnos. 

Solemos pensar que cuando Dios se da a conocer, todo va bien, que resuelve todos nuestros problemas. En realidad, no es así. No podemos acoger al Señor si no consentimos su obra, que es la obra del fuego que purifica, que quema todos los apegos enfermos a los que nuestro corazón está tan apegado, todas las falsas riquezas y todos los falsos tesoros. 

Cuando el Señor viene, purifica y divide, como lo hace el fuego. Y los lazos más queridos e íntimos, los familiares, también están marcados. Aquí también el fuego trabaja para crear algo nuevo, donde todo lo antiguo es llevado a su plenitud, a su verdadero significado. Incluso los lazos familiares, los lazos tribales, los lazos nacionales... todos los lazos, en definitiva, necesitan ser evangelizados, juzgados, purificados, salvados por la presencia de Jesús. 

Al hablar del fuego, Jesús dice también cuál es el fuego que arde en su interior: también él, como Jeremías, tiene un fuego que arde en su interior, que en cierto modo le consumirá hasta el final, hasta la obra de la que Jesús no se arredra, y que es el amor del Padre, su voluntad de bien para todo hombre. 

Este es el fuego que Jesús vino a encender. 

+Pierbattista