Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: September 08 Thu, 2022

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11 de septiembre de 2022

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, año C

Lucas 15, 1-32

Podemos leer el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 15,1-32) a la luz del primer versículo: "En aquel momento, todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaron a Jesús para escucharle.

El pasaje se abre con esta imagen, en la que vemos que donde está Jesús hay también recaudadores de impuestos y pecadores, y se acercan a él para escucharle.

En este versículo, nos centramos en un adjetivo, referido precisamente a esta categoría de personas que el evangelista llama "recaudadores de impuestos y pecadores", diciendo que todos ellos se acercan a Jesús: "todos".

Y podríamos decir que todo esto es precisamente lo que escandaliza a una segunda categoría de personas presentes en la escena, compuesta por fariseos y escribas: lo que les escandaliza es precisamente eso, que Jesús también acoja a los pecadores, es decir, que Jesús acoja a todos.

Las tres parábolas que cuenta Jesús se basan, entre otras cosas, en estos adjetivos de cantidad, de número.

En la primera, encontramos a un hombre que tiene cien ovejas y pierde una de ellas. Deja a las noventa y nueve y va a buscar a la que se ha perdido. La encuentra, la lleva a casa, la devuelve con las demás; parece que no puede estar en paz hasta que las tiene a todas de vuelta.

La segunda trata de una mujer que tiene diez monedas, pierde una de ellas; también va a buscarla y no está tranquila hasta que vuelve a tener las diez, hasta que las tiene todas.

En la tercera, hay un padre. Este padre tiene dos hijos, uno de los cuales se va. Luego, tras haber hecho cuatrocientos movimientos, vuelve; pero entonces es el otro hijo el que se va, no quiere quedarse en casa con su hermano que acaba de volver. Y el padre de estos dos hijos no estará en paz hasta que los dos hijos estén de nuevo con él.

Con esta lectura clave, nos queda claro que el problema está aquí, en que seamos "todos".

Por un lado, está Dios, que lleva en su corazón este deseo de salvación, para todos.

Lo escuchamos desde las primeras páginas del Evangelio de Lucas: cuando Jesús es presentado en el templo por sus padres, pocos días después de su nacimiento, un anciano lleno del Espíritu Santo lo ve y reconoce en él el don que Dios hace a la humanidad para la salvación de todos los pueblos (Lc 2,31).

Por otra parte, está el hombre, dividido entre dos tendencias que se oponen sólo en apariencia: está el hombre que se pierde, como el hijo menor; y está el hombre escandalizado, que se niega a ser considerado como el que se pierde. Estos son los que piensan que merecen la salvación, como los fariseos que encontramos en el versículo 1.

Ambos cometen un error, se equivocan en su forma de ver la situación, no tienen una buena perspectiva.

El primero piensa que ya no tiene derecho a volver a casa; el segundo piensa que sólo él tiene ese derecho. Y ambos se equivocan porque ninguno tiene derecho, pero para todos ellos, estar en casa es una gracia y un regalo de la vida.

Por tanto, este deseo de salvación de Dios sólo puede realizarse en un camino en el que el hombre vuelva a vivir en una fraternidad en la que nadie quede excluido, un camino en el que el hombre renuncie a definir quién tiene derecho a salvarse y quién no.

Por eso Jesús elimina todas las categorías: para él no hay fariseos, ni publicanos, ni pecadores, y todos son igualmente hijos, perdidos y encontrados, llamados a ser hermanos, a formar, juntos, esta nueva familia, en la que hay lugar para todos.

En su viaje a Jerusalén, Jesús da hoy un paso más y arroja nueva luz sobre el sentido de su viaje: en Jerusalén, Jesús dará su vida por todos, para que la humanidad dispersa y dividida vuelva a reunirse en una sola familia, sin divisiones, clasificaciones ni distinciones.

Pero la acogida de esta escandalosa novedad es la puerta estrecha por la que se entra en la casa: como hemos visto en domingos anteriores (cf. XXI Domingo C), no se quedan fuera los que se han equivocado, sino los que se creen por encima de los demás, o que merecen algo mejor, los que tienen celos del hermano que es acogido en la casa libre y festivamente.

+Pierbattista