Meditación de S. B. Mon. Pierbattista Pizzaballa: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año C

By: Pierbattista Pizzaballa - Published: September 22 Thu, 2022

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25 de septiembre de 2022

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, año C

Lucas 16, 19-31

El pasaje evangélico de la liturgia de este domingo (Lc 16,19-31) forma parte del capítulo 16 del Evangelio de Lucas, en el que, como decíamos el domingo pasado, el evangelista relata las intervenciones de Jesús sobre ese tema fundamental para la vida de toda persona que es el uso de los bienes.

Para comprender este pasaje, utilizaremos la clave de lectura que nos ha acompañado durante los dos últimos domingos, a saber, la imagen de la casa: el domingo pasado, vimos al administrador deshonesto que, sorprendido en el acto, hizo todo lo posible para que, en caso de necesidad, alguien le acogiera en su casa (Lc 16,4). Y hace dos domingos, la protagonista fue la casa del padre, una casa que vuelve en el deseo de su hijo distanciado, que lo ha perdido todo (Lc 15,17).

Incluso hoy, en el fondo de la parábola de hoy, hay una casa.

Es la casa de un hombre rico cuya vida está llena de ropas preciosas y comida suculenta. Es interesante que no se diga el nombre de este hombre rico: no nos interesa realmente quién es, sino lo que tiene, lo que posee, una forma de decir que su vida gira en torno a su riqueza.

Fuera de esta casa, está Lázaro, un pobre que no tiene nada, que espera recibir algo que caiga de la mesa de los ricos; pero de esta casa, para él, nunca sale nada.

Es extraño: Lázaro, por un lado, está muy cerca del dueño rico, ya que sólo les separa una puerta. Pero en realidad, está lejos, porque el rico no lo ve ni lo siente. Lázaro está ahí, pero es como si no estuviera.

Por eso no nos sorprende que en la segunda parte de la parábola se produzca exactamente la misma escena, el mismo abismo que separa a los dos. Sólo que esta vez las partes se invierten, y ya no es el rico quien se encuentra en la consolación, sino Lázaro, que por fin ha encontrado un hogar, en el seno de Abraham.

Así, ayudado también por el Evangelio del domingo pasado, el mensaje es muy claro.

El rico, después de la muerte, va al infierno no porque haya sido rico en vida, no porque haya disfrutado de sus bienes, sino porque no vio a los pobres, no los hizo amigos (Lc 16,9). No utilizó sus posesiones para consolar a los necesitados, ni abrió su casa para que todos entraran.

Por el contrario, en su vida marcó los abismos, las fronteras, cerró las puertas.

En los Evangelios, la imagen de la casa aparece con frecuencia: y cada casa dice algo sobre las personas que la habitan.

Pues bien, donde hay personas que han conocido la salvación, la casa está abierta, las barreras caen y hay un banquete para todos. Pensemos, por ejemplo, en la casa del publicano Mateo, la casa de Zaqueo, la casa de los amigos de Jesús en Betania.

Pero donde no ha entrado la salvación de Jesús, la casa permanece cerrada, hermética, una casa donde el extranjero es juzgado, incomprendido, no bienvenido, excluido.

Es la casa de los que todavía tienen algo que defender, porque no han encontrado la verdadera riqueza, el verdadero tesoro.

La parábola nos dice algo sobre lo que nos espera después de la muerte: y lo importante es entender que, en cierto modo, no será una sorpresa, ya que encontraremos exactamente lo que hemos hecho aquí.

Si hemos construido lazos, puentes de amistad, los encontraremos allí, y eso será nuestra salvación.

Si hemos construido abismos, si hemos mantenido las puertas cerradas, encontraremos abismos y puertas cerradas.

Un último punto: el domingo pasado, el Evangelio hablaba de las riquezas ilusorias y de las moradas eternas, tocando así un tema importante, profundamente ligado al de las riquezas, el tema de la muerte.

La riqueza, de hecho, puede utilizarse como un antídoto engañoso contra la muerte, puede dar la ilusión de poder superar la muerte, de poder alejarla. El rico de la parábola llena su vida, festejando todos los días (Lc 16,19), sin pensar en nada, como si no hubiera nada más que esa vida.

Pero la riqueza no es eterna. Eterna, de nuevo, es sólo la amistad, y sólo el amor permanece y tiene el poder de superar la muerte.

El rico se deja seducir por la riqueza, hasta que la muerte lo pone en la verdad de un hombre totalmente desprovisto de posesiones: no sólo ya no tiene riqueza, sino que ya no tiene amigos, ni una familia, por lo que ya no puede hacer nada.

+Pierbattista